3 #2
—Te mereces mucho más que ese patético memo —le dije un día que estaba inusualmente callada y distante.
Me reí. Ella se obligó a seguirme la corriente.
Lo único que tuve que hacer fue una campaña silenciosa contra el memo de Stu: criticar su forma de hablar vacilante e ininteligible, sobre todo en mi presencia, su ortografía espantosa, los granos, el aliento apestoso.
Acabó cortando con él, a pesar de sus quejas y declaraciones de amor, y del hecho de que Linda sí que lo echó de menos después.
Tras nuestros primeros intentos fallidos en las relaciones y el sexo, las dos decidimos priorizar los estudios; en realidad, fui yo la que decidió por ambas.
Incluso durante mis primeros y turbulentos años con la regla, conseguí dar con una especie de alivio centrándome en los estudios.
La necesidad de ser la primera de la clase era tan intensa que no podía dejar que nadie me arrebatase el puesto, mi identidad como la mejor de la clase.
Así que, poco después, Linda y yo quedamos en que los chicos eran unos perdedores y que teníamos que centrarnos en nuestro futuro, cuyo rumbo sería yo quien decidiría.
Sue estaba silbando al compás de «You Can’t Hurry Love», de The Supremes; estaba teniendo un buen día.
Linda y yo estábamos preparándonos una merienda, que consistía en una tostada de atún con mayonesa y vino blanco (amarillo) barato que habíamos comprado gracias a una oferta en Tesco, en nuestra cocina de color amarillo botón de oro desvaído con superficies de formica y suelo brillante de linóleo, del que Sue se arrepentía día sí y día también mientras decía lo resentida que estaba con mi padre por habernos abandonado y por vivir en la miseria como si fuésemos plebeyas .
Sabía perfectamente qué clase de cocina deberíamos tener: estilo Shaker con un toque moderno.
Tenía recortes de la revista Woman’s Way de su casa ideal pegados en el frigorífico, lo que en mi opinión era algo cruel para sí misma.
—Algún día —solía decir—, conoceré a un hombre que sepa ver lo que valgo.
No le dije que ese tiempo ya había pasado y que quizá era el momento de que se buscase un trabajo, porque yo no tardaría en mudarme.
Pero ¿qué iba a hacer? Era demasiado vieja para trabajar como dependienta, recepcionista o camarera y no le quedaban ahorros para volver a formarse.
Me juré a mí misma que no acabaría igual que ella.
Linda y yo estábamos en último curso, a punto de salir del instituto, y habíamos conseguido restaurar una especie de equilibrio en casa.
Sue se acomodó a los cambios por los que nosotras estábamos pasando y, en cierto modo, también ella, aunque recuerdo que en aquella época le desaparecieron las arrugas y su frente lisa y brillante la hacía parecer mayor.
Creo que era el contraste con el cuello.
Hoy en día me pregunto de dónde sacaría los medios para pagarse esa frente inmóvil a perpetuidad cuando no podía permitirse pintar la cocina.
Por aquel entonces le gustaba contarnos que había sido un bellezón deslumbrante y que cualquier hombre habría caído rendido a sus pies; era un cliché andante.
—Y mirad lo que me endilgaron —decía si estaba de mal humor—. Chicas, no os conforméis con menos ni os lancéis al primero que pase. Teneos en muy alta estima. Merece la pena luchar por trofeos como vosotras.
Esa clase de mensaje no era algo que muchas fuesen a escuchar de sus madres en esa época, y es evidente que Linda jamás lo escucharía de la señora Cabbott, que solía decirle que se «tapase un poco» cuando estaba cerca de su padre.
¿Pretendía excitarle, provocarle, ponerle cachondo ?
Las etiquetas «puta», «zorra» y «fresca» se decían a la ligera en esos tiempos, y solían ser las mujeres mayores las que tildaban de eso a las chicas que solían recibir atención, sobre todo si se las veía «presumir de ello».
Yo estaba decidida a valorarme mucho, a deshacerme de mi primera experiencia sexual chabacana y de pacotilla, y a sustituirla por algo increíblemente bonito.
—Bueno, chicas, ¿habéis decidido a qué universidad queréis ir? —preguntó Sue.
La hostilidad que sentía hacia ella se había transformado en un respeto reticente, o puede que incluso en un amor vertiginoso, alentado por nuestro gusto común por el alcohol.
—Vamos a ir a Wilde.
Linda me miró. Acababa de enterarse. Para ir a un sitio así, tienes que saber de qué va la cosa .
Me decidí en cuanto Maeve Whelan (que había vuelto con Alan White, qué patético ) declaró en una comida en la que todos estábamos entusiasmados por la cantidad de oportunidades: «Solo las personas que se creen especiales querrían asistir a esa uni para estirados. Está llena de artistas pretenciosos».
No había forma de que no asistiese.
Sue aplaudió con ganas. No podía evitar quererme, a pesar de mi campaña de terror adolescente.
—Ay, sí, tenéis que ir; el glamur, el romanticismo de estar allí. Lo disfrutaré a través de vosotras. —Sue no me merecía; era la terrible hija de mi padre.
—Pero si cuesta un ojo de la cara —soltó Linda.
—Se puede solicitar una beca, y algunas cubren todo. —Ya había investigado.
—Deberías solicitar una para francés, yo no voy a conseguir entrar.
Tenía razón. Mi manejo de todo lo relativo al oh, là, là, era ejemplar.
—No pienso ir sin ti —afirmé.
Linda se mordió el labio inferior con fuerza, le brillaban los ojos. La querían.
Quería abrazarla y pellizcarla al mismo tiempo, pero había dejado de marcarla el día de nuestra fiesta «conjunta» para celebrar los dieciséis, que Sue organizó solo para las tres (aunque entre nuestros cumpleaños había cuatro meses de diferencia).
En un momento de sensiblería ebria y de una perspicacia apabullante, Sue me obligó a prometer que jamás volvería a hacerle daño a mi «hermana».
¿Tienes idea de lo vulnerable, de lo herida… ?
Alargué los brazos en su dirección y la estreché con fuerza. Noté su corazón desbocado contra el mío.
—Siempre puedes sacar la suficiente nota como para meterte a Sociología o algo así —dije. En ese momento, la sociología no estaba nada solicitada.
—Te ayudaré a conseguir esa beca del Gobierno, Linda.
Se me da de perlas rellenar formularios y conseguir dinero gratis —intervino Sue.
Se apoderó de la botella de vino barato, vertió el contenido por el fregadero con una floritura y, después, fue al aparador alargado donde escondía su alijo de bebidas para ocasiones especiales, abrió una botella de prosecco y luego otras dos más, una para cada una—.
Brindo por vosotras —dijo, y nos lanzó un par de besos al aire—.
Y que le jodan a tu padre, ese narrrcisssissta…
—Hizo que sonase supersexi. Todas brindamos.