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L inda y yo pasamos de la infancia a la adolescencia juntas, con algún tropiezo, pero intactas.
En primero, me dieron el papel de Winnie the Pooh y Linda hizo de un árbol que se mecía en el fondo; en tercero, fui Alicia en el País de las Maravillas y ella un hongo venenoso tambaleante; en sexto, hice de Annie y ella de huérfana anónima.
Y así siguió la cosa, que culminó conmigo representando el papel de Ana en Ana y el rey en secundaria, mientras ella hacía de una de mis criadas.
Después de eso, no quiso aparecer más en la función del instituto y prefirió quedarse entre bambalinas, desde donde me iba pasando mi atrezo con entusiasmo cuando, bajo la luz de los focos, interpreté a la decepcionada Hedda Gabler de Ibsen a los dieciséis, y todos me dedicaron un aplauso unánime, mientras que ella se quedó observándome desde los márgenes.
Durante mucho tiempo, la consideré un apéndice, y no me cuestionaba si en algún momento dejaría de serlo.
A medida que fui convirtiéndome en una adolescente de trece años malhumorada y malhablada, Sue se volvió una tirana menopáusica, celosa de nuestra floreciente belleza y resentida por su juventud, que se marchitaba; o así fue como lo interpreté desde mi visión distorsionada de adolescente.
Fue como estar ebria por culpa del torrente de hormonas que me deformaba el cuerpo y hacía que sangrase.
La ira se cernió sobre nuestro hogar, una entidad que hacía que pasasen cosas: las puertas se cerraban de un portazo, había gritos, palabrotas, ojos en blanco, pisotones y, lo peor y más desolador de todo, silencios furiosos.
—Que te den. —Solía soltarle a cualquiera que se me pusiese por delante, pero sobre todo a Sue.
—Cómo te atreves… Ten un poco de respeto —contestaba ella.
—¿Que te respete ? ¿A ti , a la mujer que papá abandonó ? —Soltaba con una risita, aunque me doliese el pecho.
—Mocosa desagradecida y…
—Venga, acaba la frase… —decía, en un intento por provocarla.
En ese momento, Sue se marchaba.
Después venían las evasivas.
Linda se hizo más pequeña. Tenía esa capacidad para cambiar de forma, para desaparecer. No me imagino lo difícil que debió de ser para ella perder ese espacio seguro.
Desarrollé una fuerte antipatía por la vida y por mis seres queridos.
Cualquier cosa sobre Linda me irritaba, pero aun así no podía librarme de ella, ni tampoco quería; sin ella, yo no existía.
Durante un tiempo, culpé de todo a Sue: la culpé por el abandono de mi padre, los calambres, mi humor de perros y, sobre todo, por la forma en la que me hacía sentir responsable de su tristeza.
No logro averiguar en qué momento empezó a repelerme, pero ese mismo patrón se ha repetido en todas y cada una de mis relaciones íntimas desde entonces: un periodo de devoción y, después, un giro de noventa grados, el asco, que termina con el abandono de la relación y de nosotros mismos.
Dice mucho de Sue que no se marchase, que sigamos estando la una en la vida de la otra, sin importar lo frágil y raro que sea, o lo mucho que intente alejarme.
La doctora Collins, Sophie, se inclina hacia adelante.
—No estoy segura de que esto sea el panorama en conjunto.
—¿Alguna vez lo es? —Estoy canalizando a mi adolescente interna.
—Creo que te vendría bien tener un poco de compasión con tu yo adolescente. —Para Linda tengo, pero no para mí—. Vuelve a encarnar a esa chica y habítala sin juzgar. —Me esfuerzo por no poner los ojos en blanco—. Cuando escribas, hazlo apreciando a todo el mundo, pero sobre todo a ti.
—¿O qué?
—O te quedarás atascada en un presente helado.
Un presente helado . Doña Frígida. Él nunca lo dijo, pero quería haberlo hecho.
—Debes cambiar la percepción que tienes de ti misma. —Quiero decir que es irremediablemente mala , pero me lo guardo para mí—. Debes creer que existe la posibilidad de ampliar tus horizontes.
—A veces no consigo distinguir entre lo que es real y lo que no —confieso.
—Es normal. Sírvete de recuerdos concretos. La verdad se esconde en los detalles…
Algunos momentos destacan más que otros, claro.
Recuerdo cuando el entretenimiento vespertino de Sue pasó rápidamente de jugar a los disfraces a beber vino blanco del cartón cuando cumplí los catorce, el año en el que empezaron a crecerme los pechos.
Creo que la marca era Blue Nun, un vino cargado de azúcar, mortal.
Una tarde, cuando ya se había tomado tres copas, dijo:
—Si tu padre te viese ahora mismo, estaría avergonzado.
Era algo sorprendentemente cruel para venir de Sue.
Se estaba refiriendo al conjunto nuevo que llevaba puesto: una minifalda de ante verde y un crop top que me había comprado en una tienda de segunda mano ese mismo día en el centro con la paga que me había dado y que apenas podía permitirse.
A medida que iba pavoneándome por la cocina aquella tarde, disfrutando de mi modelito de infarto, Sue me miró como si estuviese destrozada.
Tomé la mano de Linda y le besé el dorso una y otra vez con teatralidad, ella me apoyaba.
Sue puso una expresión de puro abatimiento. Detesto lo culpable que me hizo sentir.
—¿Ves algún patrón de triangulación? —La doctora Collins interrumpe mi hilo de pensamiento—. Primero tu padre, Sue y tú. Después, Linda, Sue y tú.
Tiene razón.
—¿Y eso de qué sirve? —pregunto.
—El conocimiento aporta consciencia y cambio —contesta ella.
—No pretendo meterme en otra relación.
—Los patrones pueden cambiar, incluso aquellos que están muy arraigados.
Asiento para seguirle la corriente, aunque no me lo trague ni por un segundo. Pero a pesar de la reticencia, he de admitir que hay algo de poder en esto de escribir las cosas en un folio.
Cuando me estaba probando la mini, minifalda en la tienda de segunda mano aquel día, la dependienta me dijo que era «la caña», y Linda afirmó que estaba «fantabulosa».
Disfruté de su aprobación mientras daba piruetas delante de un espejo que parecía cantar una alabanza a mi reflejo.
Alan White, un tío insulso de clase, casi se desmayó cuando me vio en el autobús de vuelta a casa.
Miré a los ojos a ese mediocre, ese chico que hasta entonces solo había tenido ojos para Maeve Whelan.
Una vez, Maeve intentó hacer migas con Linda, intentó arrebatármela. Iba a darle una lección.
Los únicos detalles que puedo recordar son los pósteres de su minúscula habitación, pósteres de motos, coches de carreras y el grupo Take That, con las esquinas despegadas, tan frikis que no podía creerme que no hubiese subido pitando las escaleras para quitarlos antes de que yo entrase en su guarida.
Apestaba a sudor de tío y a algo metálico, como es lógico.
Le pedí que abriese la ventana; no podía respirar.
Me guiñó el ojo y me dijo que mejor que no nos escuchasen los vecinos.
Debería haber salido por la puerta a toda velocidad en aquel momento, pero ya me había decidido y era una cabezota: vamos a despacharlo cuanto antes.
No estaba mojada y no consiguió ponerme cachonda con los dedos, y mucho menos con la lengua.
Tiré de su cabeza hasta la mía y le dije que se limitase a metérmela —por lo visto, él pensó que era lo más sexi que había oído en su vida—, y entonces me la metió de una embestida y se puso a hacer unos sonidos insoportables y yo me morí de la vergüenza.
Recuerdo que no conseguí distinguir su dedo de su polla.
No tenía a nadie con quien hablar del tema porque Linda nunca había dejado que un chico se le acercase de esa forma, y el resto de chicas de nuestra clase me habían dado la espalda con gusto después de haberme convertido en una «zorra robanovios…
de cuidado». Antes de eso, yo había sido una persona digna de admiración, desde la distancia.
Ser la mejor de la clase, la más guapa y la única que provenía de una familia mo noparental con una madrastra me señalaba como algo singular, y nadie, salvo Linda, quería verse relacionado con ese nivel de extrañeza.
El resto de la clase no eran más que clones de los suburbios de clones de los suburbios, un peñazo, tras peñazo, tras peñazo.
No le conté a Sue lo de que perdí la virginidad porque me enteré de que estaba leyendo mis diarios a escondidas, así que no merecía saber mis secretos.
Sabía que Linda creía que lo que había hecho era horrible, aunque nunca me lo reprochó, como tampoco ninguna otra cosa.
A veces deseaba que lo hubiera hecho. Me habría gustado tener algo contra lo que rebelarme.
La doctora Collins, Sophie, no deja de hablar sobre los «límites» y la falta de ellos en casa.
VALE, no tendrían que haberme dejado comer Weetabix con mantequilla de cacahuete para merendar cuando me viniese en gana.
Y mi madrastra no debería haber leído mi diario.
Aun así, pobre Sue. Después de haber conocido a los raritos de sus padres, no podía imaginar que su casa fuese un sitio seguro donde pudiese expresarse y en el que la tuviesen en cuenta, y decir «NO» cuando le apeteciese.
Linda no perdió la virginidad hasta los dieciséis, y para entonces ya llevaba un año con su «novio», al que le dejaba darle la mano, el memo de Stu .
Todo sobre su persona me irritaba, sobre todo esos modales falsos, la amabilidad con la que la trataba y lo mucho que se controlaba conmigo.
Estaba en una espiral de celos. Daba igual lo mucho que le insistiese a Linda para que me contase si lo habían hecho o no, se cerraba en banda y adoptaba una actitud de mojigata.
—Venga, soy tu mejor amiga, puedes contarme lo que sea; de hecho, deberías hacerlo.
Ella simplemente se sonrojaba y se encogía de hombros, y no reaccionaba cuando le sujetaba la muñeca y se la pellizcaba con fuerza para que le escociera la piel y así dejarle una marca.