El juego de la verdad 2
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– ¿ Q uieres venir a mi casa después de clase? —me preguntó Linda tan solo una semana después de conocernos.

Vi cómo un destello de miedo le atravesaba el rostro en cuanto esas palabras salieron de su boca, y por eso decidí ir.

Nunca me habían invitado a casa de nadie, salvo al cumpleaños de Jimmy O’Mahony el año pasado, aunque no contaba porque su madre se había empeñado en invitar a toda la clase.

La señora Mahony le confesó a mi madrastra que recordaba lo doloroso que había sido que la rechazasen en la escuela como si hubiese sucedido ayer y que por eso no quería excluir a nadie.

Sue puso los ojos en blanco al contármelo: «Por Dios, alguien debería decirle a esa mujer que no es para tanto. Algunos tenemos problemas de verdad».

—Tengo que pedirle permiso a mi madrastra —le dije a Linda.

—¿Eres adoptada ?

Suspiré de forma exagerada, de la misma forma que le había escuchado a Sue cuando mi padre decía algo que ella consideraba una estupidez.

—¿De verdad eres tan corta? —Era toda una imitadora en miniatura.

Linda vivía en el mismo barrio que yo, se podía ir a pie al colegio y a nuestras respectivas casas.

Le conté a Sue que la madre de Linda nos llevaría a casa, aunque Linda ya me hubiese asegurado que no iba a ser así.

Su madre no se encontraba bien, siempre estaba igual.

Fingimos seguir a una de las madres por las puertas del colegio y nos mezclamos con el resto de críos.

Linda me confesó que hacía lo mismo todos los días.

La respeté un poco más por eso, aunque solo fuese algo pasajero.

Por el camino fuimos tirándonos castañas brillantes la una a la otra.

Bueno, yo era la que las tiraba y Linda las esquivaba riéndose.

Cuando llegamos a la puerta de entrada, se quedó petrificada un segundo.

Ese comportamiento tan raro me gustó y me exasperó, aunque me dije que era mi primera y única mejor amiga.

A simple vista, nuestras casas parecían iguales: un retrato robot de unas cajas blancas con una puerta marrón cutre justo en medio y ventanas de aluminio con un solo panel a ambos lados.

Pero fuera de la nuestra había gatos callejeros que disfrutaban de unas parcelas de asfalto calentadas por el sol y unas jardineras en las ventanas con flores alegres en cualquier estación.

Sue juraba que cualquier día de estos pintaría la puerta de entrada de un tono intenso de fucsia.

Nos desmarcaríamos del resto de vidas asfixiantes de barrio (¿es que no sabía que ya estábamos marcadas ?).

Eché un vistazo a la casa de Linda, que se acurrucaba sobre su propia sombra, con la pintura resquebrajada y desconchándose, y a los ásperos hierbajos que se abrían paso por la entrada de grava.

La observé ponerse de puntillas para introducir la llave en la cerradura.

Se movía despacio, con rigidez, como si estuviese luchando contra una fuerza invisible.

En el interior, las gruesas cortinas marrones estaban echadas. Hacía más frío dentro que fuera.

—Hola, mami —saludó Linda a una silueta tumbada en la casi penumbra.

La seguí hasta el salón enmoquetado con una alfombra de color pardo con estampado de remolinos; su madre estaba tumbada en el sofá, frágil.

Tenía una nariz prominente y estaba arrebujada en una manta con estampado de tartán, con la vista clavada en la tele mientras la luz artificial parpadeaba y le iluminaba el rostro grisáceo y unos destellos repentinos la dotaban brevemente de vida.

Casi ni se inmutó de nuestra presencia, excepto para despacharnos con un movimiento de muñeca si nos entrometíamos en su campo de visión.

Éramos unas moscas molestas. Bajo la peste a jabón antibacteriano, que Linda me contó que a su madre le gustaba usar cuando se bañaba, se percibía un olor nauseabundo.

Linda contuvo el aliento y pasó de puntillas a su lado hasta llegar a la cocina, donde preparó un tentempié que consistía en galletas saladas y queso de untar.

El queso tenía una capa verde en l a parte superior, que quitó sin hacer ningún comentario. Gritó hacia el salón:

—Mami, ¿quieres galletas con queso?

Dispuso la comida en un círculo perfecto en los bordes del plato y volvió a entrar al salón.

La observé desde la puerta mientras su madre aceptaba la comida y le daba un bocado a la galleta sin romper el trance en el que estaba con la tele.

La escupió sin mediar palabra. Linda volvió a la cocina, me abrazó y me estrechó contra su cuerpo esquelético.

Sentimos como si nos fusionásemos. Creía que se me iba a salir el corazón del pecho.

Ese día, firmamos un acuerdo tácito. Me convertiría en su hermana, en su defensora, en su salvadora.

El volumen de la tele subió y unos balbuceos, suspiros, gritos y sollozos se colaron en el aire que nos rodeaba.

Al día siguiente, fuimos a mi casa, que, pese a estar marcada por la ausencia de mi padre, estaba cargada de la risa estridente de mi madrastra y de su fijación por el rosa, las velas con olor a vainilla, los cojines mullidos de Laura Ashley y las canciones pop animadas o música moñas: ópera, rhythm and blues y musicales sensibleros.

Cuando estaba animada, ponía su canción favorita de Abba, «Waterloo», en bucle.

Linda tenía los ojos como platos y brillantes, estaba empapándose de todo como si se hubiese adentrado en un mundo a todo color después de haber conocido hasta ese momento uno disuelto en tonos marrones.

Sue la acogió como si de uno de sus gatos se tratase.

—Elegid lo que queráis, pequeñinas —declaró antes de darnos de merendar una «tostada de Nutella, pizza con kétchup o un Weetabix con mantequilla de cacahuete, o lo que sea».

Linda estaba abrumada por la cantidad de opciones disponibles y no se decidía.

Sue le tendió una tostada caliente que goteaba chocolate—.

Come, corazón. Te mueres de ganas por probarlo… todo.

Linda masticó despacio mientras miraba a Sue como si fuese uno de esos personajes de una de las telenovelas de su madre. Metí el brazo por debajo de la mesa y la pellizqué por primera vez. Es mía . Eso la hizo retorcerse y sonreír.

—¿A tu madre no le preocupa dónde puedas estar? —preguntó Sue después de que Linda viniese a casa cuatro días seguidos.

—Le parece bien que me quede aquí —respondió a la vez que negaba con la cabeza, le aterraba que le dijesen que ya no podía venir más.

—Le alegra poder librarse de ti —contesté.

—Cómo vas a decirle algo tan horrible a tu amiga —replicó Sue.

—Es verdad —espetó Linda.

—A la madre de Linda no le gusta ser madre —afirmé.

—¿Te lo ha dicho ella? —Sue se frotó el pecho con la mano, como si le doliese mirar a Linda.

Linda comenzó a balbucear y a decir que su madre le había dicho que era un error, y que, cuando sucedió, se quedó estancada con un bebé llorón en las afueras con un hombre al que no aguantaba.

La forma en la que pronunció «las afueras» indicaba que no entendía del todo lo que significaba, incidió demasiado en su maldad y lo hizo sonar como una especie de purgatorio, o como el infierno.

—Fui un agujero en un condón. —Parecía aún más confundida.

—Jesús, alguien debería denunciar a esa mujer —declaró Sue—. ¿Sabes qué? Eso significa que eres un milagro. —Salió de la habitación como si tuviese una misión.

—¿Qué es un condón? —preguntó Linda.

—Algo asqueroso —respondí sin tener ni idea.

—¿Tu madre acabó denunciando a la de Linda? —pregunta la doctora Collins.

He vuelto a la habitación monocromática.

—¿Y qué iba a decir exactamente? —Suelto un bufido despectivo sin querer—.

Era una época en la que a las mujeres se les recetaba Valium en lugar de anticonceptivos y donde tenían aventuras con sus vecinos solo para sentir que estaban vivas.

Una época de hacer viajes arriesgados a Inglaterra para abortar en sitios clandestinos o celebrar bodas exprés i gual de arriesgadas; una época en la que se servía vino barato durante las comidas, tenías dos canales locales y jugabas al golf los domingos, donde se publicaban anuncios de neumáticos con modelos en topless a tres páginas en el periódico dominical; una época anterior a la de la adicción a las redes sociales, que podía reestructurar un presente tedioso para convertirlo en una caja brillante de verdades reconstruidas.

Éramos de clase media, vivíamos en los suburbios del Dublín de los setenta; en vez del amor libre y la filosofía hippy , estábamos controlados y nos asfixiaban.

—¿Quién, la Iglesia? —pregunta la doctora Collins, pese a saber la respuesta.

Mi monólogo me sorprende. No sabía que tenía una opinión tan contundente sobre este tema. No sabía que empatizaba con los problemas de mis padres, con sus tristes vidas que se fueron al garete.

Puede que por eso nunca haya querido tener hijos.

O quizá porque sabía de lo que era capaz.

—¿Y qué hay de tu casa? —pregunta la doctora Collins.

—Era la hostia —contesto.

Uno de los juegos preferidos de Sue era ponerse los trajes de mi padre, que había guardado en el armario que compartían y que jamás sacaría de ahí; como éramos diminutas, nos hundíamos en el espacio de las mangas de la chaqueta y de las piernas de los pantalones.

Sue echaba de menos las fiestas tan salvajes que solían dar, en las que ella era «la anfitriona ideal», como la apodaba papá; eso hacía que se pusiese manos a la obra y disfrutase de la aprobación que tan pocas veces solía dispensarle.

Mi padre sabía perfectamente lo que hacía.

Ahora se había rebajado a montar una fiesta con dos crías, después de que todos los amigos de papá la hubiesen dejado de lado (no parecía tener amigos propios).

—Sois las muñequitas disfrazadas de hombre más monas del mundo —decía mientras nos remangaba los pantalones, las mangas, nos sujetaba la cintura con sus cinturones de charol y nos embadurnaba las mejillas y labios sonrosados con un pintalabios rosa perlado.

A nosotras nos encantaba que Sue expresase el duelo de una forma tan extraña y tensa.

Ponía uno de los antiguos vinilos de Motown de papá: The Miracles, The Supremes, The Temptations, Martha and the Vandellas…

Nuestro favorito era «Papa was a Rollin’ Stone».

Bailábamos sin control, meneábamos el culo y movíamos las caderas de manera sincopada.

Solíamos inventar palabras como «domingástico» y «pompicioso» y acabábamos por los suelos muertas de risa.

Cuando papá se largó —«Hasta nunca, maldito malnacido»—, Sue me contó que era el típico victimista/mártir/manipulador que sacaba la carta de viudo para colarse en su corazón y en sus pantalones.

Cuando le pregunté por la familia de mi padre, me dijo: «Mejor no acercarse a ellos».

Yo nunca preguntaba por mi madre fallecida, era lo bastante lista como para no hacerlo.

No la echaba de menos, ya que no la había conocido.

Tenía algo parecido a unos abuelos: la madre y el padre de Sue, que casi nunca nos visitaban, pero que, cuando lo hacían, dejaban huella con los vasos repiqueteantes siempre llenos de hielo que tintineaba y las palabrotas.

—Pero mira cómo se les marca el culo a esas criaturas —soltó la abuela un día cuando Linda y yo nos dimos la vuelta para salir de la habitación. Hasta Sue pensó que se había pasado de la raya.

—Son solo niñas, por Dios bendito. Estás siendo grosera. —Después de eso, no quiso que se acercasen a nosotras.

—¿Qué significa grosera ? —preguntó Linda aquella tarde en mi habitación.

—Algo guarro —contesté.

—Pero nosotras no somos guarras.

—Pero la abuela y el abuelo sí. —Después, arrugué la nariz—. Deberías darte un baño.

—Vamos a bañarnos juntas. —A Linda le encantaban los fragrantes y suaves baños de burbujas que nos preparaba Sue porque no hacían que le picase la piel.

—Estás siendo grosera —dije, a pesar de que ya nos habíamos bañado juntas muchas veces. Me gustaba ser impredecible.

Aquella noche, Sue preparó un baño de burbujas con olor a rosas mientras cantaba una cancioncilla tonta: «Ay, soy doña Impoluta, laralalá, lorololó» y removía el agua con la mano antes de dejar que nos metiésemos una en cada extremo de la bañera y nos sentásemos.

—Había… una vez… tres niños, Joe, Beth y Frannie…

—comenzó con una floritura. Puse los ojos en blanco; otra vez El árbol muy, muy lejano , estaba obsesionada .

Yo ya tenía siete años, era demasiado mayor para ese cuento.

Me entretuve sacando puñados de espuma y tirándoselos a Linda a soplidos, pero ella no me los devolvió—.

Vale ya, mi hadita enfurruñada —me regañó Sue con esa voz tan irritante de presentadora de televisión infantil—.

Deja al Hada de Seda en paz. —Hizo un gesto para señalar a Linda, que tenía las pupilas tan dilatadas como si hubiese entrado en otro reino.

Intenté que jugásemos con los pies, pero ella estaba cautivada y no me hizo ni caso.

Le di una patada en las espinillas con fuerza, pero apenas lo notó—.

Ten cuidado, hada traviesa, o llamaré a doña Azotes para que venga a ocuparse de ti.

—Levantó la mano en el aire como si fuese una amenaza, pero sabía que nunca me pondría la mano encima.

Me puse bizca, saqué la lengua y Sue se rio, luego retomó la voz falsa y cantarina:

—Es un árbol realmente enorme… Su copa llega hasta las nubes y… Rick, encima del árbol siempre hay algún país extraño…

—¿Cómo de alto es el árbol? —Linda parecía que iba a desmayarse del anhelo y el miedo.

—Es muy, muy alto —contesté mientras observaba su expresión para ver cuánto miedo tenía. —Se rodeó el cuerpo con los brazos y levantó la vista bien arriba, en dirección a algún reino lejano—. Hay muuuuucha distancia hasta el suelo —dije. Y luego, pronuncié una cita del libro tal cual—: Ay, Rick…

Linda se percató de que le tocaba y preguntó, con el cuerpo y la voz temblorosos:

—¿En qué país estamos?

—En el País de los Cumpleaños, el País de las Golosinas, el País de Llévate-Lo-Que-Quieras, el País de Haz-Lo-Que-Te-Venga-En-Gana y el País del Carrusel…

Para cuando Linda salió de la bañera, las uñas se le habían puesto moradas y tenía la piel de gallina.

Sue se agachó y le besó la frente mientras decía: «Mi pequeña Hada de Seda», y pensé que Linda se desharía d e anhelo.

Tuve un extraño presentimiento al ver a mi temblorosa amiga envuelta en una toalla gigantesca y mirando a mi madrastra con tanto amor como si no quedase nada más en su interior.

Estaba fuera de sí. Sue tenía razón, Linda se moría por probarlo …

todo. Se me vino a la cabeza una de las enseñanzas de papá: «Ir a hacer la compra cuando te estás muriendo de hambre es letal».

Miré a mi amiga y a sus huesos protuberantes y pensé que a veces mi padre decía cosas con sentido, pero no me permití pensar en él, no se lo merecía.

Me apreté una zona irritada de la garganta y otra clase de dolor sustituyó al de echarle de menos.