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C uando la conocí, sentí como si me hubiesen secuestrado el corazón.
Tuve las mismas ganas desesperadas de tirarle de la raquítica coleta que de abrazarla hasta asfixiarla.
Su aliento era agridulce. La profesora con papada me estaba mirando, le temblaba el pliegue del cuello a modo de advertencia. Me senté sobre las manos.
—Eres la chica más guapa de la clase —afirmó la chica nueva al sentarse en el pupitre que estaba a mi lado mientras organizaba meticulosamente sus lápices pequeños y gruesos.
Tenía una cara pequeña y pálida, salpicada de pecas.
Le olía la ropa a humedad y a desinfectante.
Tenía los ojos grises o verdes, dependiendo de cómo incidía la luz en ellos y de su humor.
La goma de borrar de la parte superior de los lápices casi había desaparecido.
—Y tú eres la más patética —contesté. Una palabra que no comprendía del todo, pero que había escuchado a menudo en casa y me gustaba decir. Compuesta por todas esas consonantes marcadas, explosivas.
Sonrió como respuesta al insulto, como si el mismísimo sol estuviese iluminándola a ella y solo a ella.
Moví la silla y giré el cuerpo para darle la espalda.
Estaba acostumbrada a ser una loba solitaria.
Acercó el pupitre, arrastrando las patas de metal por el suelo de cemento. Noté cómo se me pegaba.
—¿Cómo te llamas?
—Jessica —respondí sin darme la vuelta.
—Tienes pinta de Jessica.
Pensé que era una memez, puesto que nunca había conocido a otra Jessica y habría apostado que ella tampoco.
Era nombre de actriz, me lo habían puesto por una rubia estadounidense que se llevaba todos los premios.
Era la única chica irlandesa que conocía que le hacía justicia al nombre.
Por lo visto, mi madre tenía una imaginación desbordante, aspiraciones e ideas que iban más allá de las de su clase.
Me la imaginaba como una persona regia, preciosa.
—Ojalá fuese adoptada —dijo.
— Ciúnas —indicó la profesora tras llevarse un dedo a los labios.
—¿Y quién iba a adoptarte? —susurré, y volví la cabeza para mirarla.
Asintió, como si esa réplica fuese algo predecible por mi parte.
—Me llamo Linda —suspiró—. Aunque me gustaría llamarme de otra forma.
—No te culpo, es un nombre bastante común. —Me estaba provocando, incitando a ser cruel.
—Tus ojos son del color del mar —dijo mientras se acercaba para mirarme más de cerca—. En un día soleado.
—Pues los tuyos son de uno nublado. —Tenía los ojos moteados, pálidos bajo el fuerte brillo del fluorescente situado sobre nuestras cabezas. Parecía como si se hubiesen atenuado tras haber visto demasiado.
Seguí la dirección de su mirada por la ventana. Las dos nos quedamos mirando las gruesas gotas de lluvia que se deslizaban por el cristal.
—El cielo está llorando otra vez —anunció—. Son las lágrimas de Dios.
—Eh, bueno, es que estamos en Dublín —contesté para hacerme la lista de la misma forma que hacía mi madrastra con mi padre cuando se sentía insegura, que era la mayor parte del tiempo antes de que se largase.
Papá solía decirme todos los días lo lista, guapa y especial que era. Era su ojito derecho, su princesita de piel y pelo dorados. Así que, ¿cómo pudo marcharse?
—¿De dónde has salido como para no saber que aquí no para de llover? —le pregunté a la nueva en un intento por responderle de forma mordaz, como hacía todos los días con mi madrastra. La imitación es la forma más sincera de adulación, papá.
—Vengo del espacio exterior —respondió. Lo dijo con una expresión superseria; y después, me sacó la lengua, con la punta fina y afilada como una flecha. El corazón me dio un vuelco. Sí que parecía de otro planeta.
La profesora, que estaba garabateando algo ilegible en la pizarra, nos miró mientras negaba con la cabeza y zarandeaba ese saco de pelícano.
Esbocé una sonrisa deslumbrante, estudiada y amplia, que resaltaba el único y tierno hoyuelo que mi padre adoraba.
Después de repasar las tablas de multiplicar —algo que se me daba de pena pese a tener lo necesario para ser la primera de la clase, así como una testarudez y un espíritu competitivo patológicos— llegó la hora de comer.
Cuando abrí la fiambrera, estaba llena de manjares: un pastelito recién horneado, una barrita Mars, un paquete de Rancheros (con sabor a beicon ahumado), una manzana verde crujiente y un sándwich de mayonesa con queso cheddar .
Linda llevaba una bolsa de plástico con sándwiches de pan de molde que parecían estar secos y duros.
Le ofrecí la mitad del pastelito. Ella negó con la cabeza, avergonzada; se había puesto como un tomate.
Esa tarde, al llegar a casa con mi madrastra, la abracé y le dije:
—Gracias, gracias, eres la mejor. —Eso la hizo sospechar, pero al mismo tiempo le encantó—. Tengo una nueva mejor amiga.
—Qué bien, cariño —contestó a la vez que apartaba la mirada. Me percaté de que su voz tenía un deje de celos, algo que ya había notado cuando papá seguía por aquí y me prestaba demasiada atención. Desde que él se fue, se había centrado únicamente en mí.
Pobre Sue . Había sacado la habilidad de decir palabras bonitas de mi padre.