El juego de la verdad
© inepub.com
Prólogo
– ¿ Q ué te trae por aquí, Jessica?
Observo a la mujer que tengo delante. Su tranquilidad alimenta mi inquietud. Me quito las gafas de sol de la cabeza y empiezo a darles vueltas. Son una imitación cutre de Gucci. La mentira resulta obvia para quienquiera que se moleste en fijarse.
La mujer tose. Me revuelvo en el asiento, me siento sobre las manos y echo un vistazo a mi alrededor.
Es decepcionante: una sala desierta con una paleta monocromática y mobiliario cromado, aunque últimamente todo me resulta decepcionante.
Adopto la misma máscara de neutralidad que lleva ella.
¿Para qué he venido…? Estoy triste, soy incapaz de tener un orgasmo, de disfrutar de ningún tipo de placer.
Mi marido había dicho más de una vez que estaba «muerta por dentro».
Y tenía razón. Salvo por esa fuerte punzada de emoción que sentí la semana pasada, cuando se bajó el telón al terminar la última obra de Mark Whitman y el público se puso en pie.
En ese momento, se produjo una descarga violenta y me inundó un batiburrillo estremecedor de sentimientos y recuerdos.
—Mi marido me dejó.
Parece algo lógico que decir, una explicación razonable de por qué he venido, décadas después del acontecimiento que me dio forma, que nos la dio a todos.
—Debe ser muy duro —contesta ella.
Miro por la ventana. Las vistas dejan que desear: una pared de ladrillo atestada de liquen o de moho que prácticamente roza el cristal. Supongo que habrá insectos escondidos en su interior, brillantes e indestructibles, de esa clase que prospera en la oscuridad.
—Se veía venir —contesto, inexpresiva. Estoy acostumbrada a que la gente me deje tirada y a hacer lo mismo con ellos. Al fin y al cabo, soy igualita que mi padre.
La doctora Collins, «llámame Sophie», no deja de mirarme, esta vez con un atisbo de curiosidad que no logra ocultar.
—¿Puede que sientas apatía? La indiferencia suele ser una respuesta común cuando las emociones nos abruman…
Menuda decepción . ¿Qué creía que iba a pasar?
Mi historia y la repetición constante de la misma me ha definido tanto que soy incapaz de convertirme en algo distinto.
¿Acaso creo que merezco otro desenlace, que merezco ser feliz, empezar de cero?
Atisbo una cornisa alta, la única característica del edificio con pasado georgiano que no ha desaparecido, y me transporto a esas salas enormes que susurraban promesas seductoras. La Universidad Wilde.
Estoy de vuelta en mi primer año, en esos nueve meses decisivos en los que se produjo mi, nuestra , gestación.
El Quinteto infame: Mark, Linda, Jonathan, Jacques y yo.
Puedo escuchar la voz de Mark engatusándonos, esa voz sarcástica, sardónica y seductora al mismo tiempo.
Él se habría burlado de esa aliteración.
Era excesiva, pero eso era lo que inspiraba él, así como la crueldad: «Escritor, director y creador de mundos pequeños y delirantes donde unas personas violentas usan su dolor como arma arrojadiza con el resto», así fue como un crítico describió su obra. La precisión era asombrosa.
En muchas ocasiones me he preguntado en qué tipo de frecuencia vibraba Mark, y si alguna vez tuvimos alternativa para alejarnos de él.
¿Había sensores en nuestros jóvenes y febriles cuerpos que se mandaban señales los unos a los otros para desencadenar un cambio inconsciente e irresistible que nadie salvo nosotros podía sentir?
La voz de la doctora Collins se entromete:
—¿Adónde te has ido, Jessica? —Echo un vistazo a la mujer que tengo delante y pienso que su actitud insulsa y, sin duda, su vida insulsa, indican que ni siquiera puede hacerse una idea de hasta dónde llega mi depravación—. Quizá podrías tratar de escribir sobre tu matrimonio.
¿Cómo le digo que no me apetece diseccionar cómo había fracasado mi relación?
Lo único que siento por mi marido es respeto por haberse largado y alivio por volver a estar sola.
Al final, se dio cuenta de que soy una actriz.
No estoy hecha para la intimidad o para el amor. Como tampoco para la amistad.
Pienso en Linda y se me cierra la garganta. ¿Verá la obra? Ese pensamiento va acompañado de una serie de clics en mi interior, el sonido de unas puertas cerrándose por dentro. ¿Y los demás, asistirán a la obra? ¿La representación de Mark sobre aquella noche coincidirá con las suyas?
La buena de la doctora me hace preguntas sobre mi madre, mi padre, hijos, carrera, humor del uno al diez: muerta, no nos hablamos, cero, nada de lo que hablar y en negativo. Negativo, negativo, negativo. El tiempo pasa y yo ni lo noto. Mi mente sigue volviendo a la obra, al pasado.
«¡En qué pecado tan horrendo he caído que me avergüenza ser hija de mi padre!». Escucho la voz estudiada de Mark, que me da indicaciones para el papel de mi tocaya en esta «versión moderna, prometedora y sexi de El mercader de Venecia » (una de las primeras reseñas de un crítico lameculos).
Me juró que siempre sería su estrella principal y al mismo tiempo me fue arrebatando cualquier vestigio de bondad que me quedaba. Y aseguraba que él siempre vivía ciñéndose a la verdad. ¿Qué nos queda cuando desaparece la verdad? Ficción.
La voz de la doctora Collins me devuelve al presente.
—Empieza por anotar tus recuerdos.
«Atreverse es perder el equilibrio momentáneamente». Veo la expresión aturdida de mi amiga, deformada por una especie de miedo eufórico al balancearse en la cuerda floja que era esa rama antes de dar el arriesgado salto.
Ese era el estilo de Mark Whitman; surrealista y aterrador, con una ejecución apasionante. Su marca personal era: «Nunca se lo pongas fácil al público; deja que siga sufriendo». Igual que hacía con sus creaciones.
Nadie ha desembuchado. Por ahora.
—Empieza por el principio. —La voz de la doctora Collins me persigue a medida que salgo de la habitación.