CAPÍTULO 35
La contraseña correcta siempre fuiste tú
Izan no me suelta. Desliza despacio sus manos grandes por mis costillas cubiertas por el mono negro, subiendo con una parsimonia deliberada hasta alcanzar mi mandíbula.
Me acuna el rostro entre sus dos palmas cálidas, anchas y ásperas por los callos del gimnasio.
Me gira despacio en la penumbra hasta ponerme frente a él.
Siento el calor arrollador de su cuerpo de atleta envolviéndome como un radiador de hierro forjado a plena potencia.
—Mírame a la cara, Carla —me pide con un hilo de voz quebrado por una angustia viva—. Aunque no me veas en esta oscuridad, mírame.
Trago saliva con dificultad. Tengo las monturas de las gafas XL de carey ligeramente torcidas sobre el tabique y el estómago del revés.
—Te estoy mirando, rubio —susurro, y el labio inferior me tiembla sin que pueda remediarlo.
—Tienes que escuchar la verdad entera antes de que me dé un infarto en este callejón de Conde Duque —suelta él, y el aliento a menta silvestre me roza la boca entrecortada—.
La bronca en el despacho de la Castellana no fue para venderte; fue para mandarlos a paseo.
Roberto Santamaría quería comprar tus patentes para montar masajitos sensoriales de lujo y quitarte el control creativo del Escape Room.
Me puso un cheque de tres millones delante de las narices y me soltó que, si no te convencía para firmar, el fondo retiraba el capital y Apex entraba en concurso de acreedores.
Hago un amago de apartarme, pero sus dedos se hunden con firmeza protectora en mis mejillas.
—No te muevas, joder, escúchame —me ruega, pegando su frente a la mía con una devoción desesperada—.
Le dije a Roberto que se metiera sus tres millones por donde amargan los pepinos.
Rompí la carpeta del contrato en pedazos en mitad del vestíbulo principal, delante de los socios estirados de Serrano.
Mandé a freír espárragos a Vanessa, a los inversores y a todo el postureo de escaparate.
He puesto mi patrimonio y mis avales para salvar el club por mi cuenta.
A mí me da exactamente igual la pasta si para conservarla tengo que tocar una sola coma de tu trabajo o hacerte daño a ti.
El aire se me atasca en el pecho. Me quedo helada bajo su tacto.
—¿Rompiste el contrato?
—Lo hice trizas —asegura Izan con un nudo en la garganta que le hace bailar la mandíbula—.
En mi puñetera vida he sentido por nadie lo que siento por ti, Carla.
Jamás. Estoy fascinado por esa cabeza prodigiosa que tienes, por tu mala leche y por ese descaro de barrio que no se compra en ninguna tienda de Serrano.
Pero no solo por eso... Me vuelven loco cada una de tus curvas.
Me obsesiona la curva monumental de tus caderas de la talla 46, me desarma la suavidad viva de tu vientre y me da la vida perder las manos en tu cuerpo.
Contigo he aprendido lo que es respirar de verdad sin fingir un personaje para que me aplaudan cuatro pijos.
Entonces, una gota tibia resbala desde su mejilla y choca contra el pómulo pecoso de mi cara.
Una lágrima de él.
El gigante del fitness madrileño, el hombre que parecía tallado a mano para salir en revistas deportivas, está llorando en mitad de un pasillo técnico a oscuras, desarmado por el pánico a perder a una friki de la informática con sobrepeso y gafas de empollona.
La muralla de rencor, de código defensivo y de autosabotaje que levanté durante diez años para protegerme de los hombres normativos salta por los aires en una milésima de segundo.
El orgullo se me evapora por completo. Se me escapa un sollozo húmedo, alzo los dos brazos y le rodeo el cuello ancho con una fuerza desesperada, hundiéndome en su pecho de puro músculo.
—Eres un desastre de jugador, rubio... —le susurro directamente al oído, empapándole la piel de la nuca con mis propias lágrimas—. Pero eres el mío.
Izan suelta un gemido áspero, victorioso y roto.
No pierde un segundo más. Su boca cae sobre la mía en un beso voraz, desatado y hambriento que me arranca un suspiro tembloroso desde el estómago.
Me devora los labios con una urgencia cinematográfica, mezclando el sabor salado de nuestras lágrimas con el carmín cereza y la menta fresca de su lengua reclamando la mía.
Baja las manos con una posesión arrolladora.
Clava las palmas en la carne rotunda de mis caderas y de mis nalgas por encima del mono elástico, apretando mi volumen sin remilgos ni complejos, y me alza en vilo del suelo con una potencia limpia que me estampa contra los paneles de madera.
Enredo mis muslos anchos alrededor de su cintura, pegando mi vientre a su pelvis dura mientras le devuelvo el beso con la misma furia salvaje.
¡PIIIIIIIII!
El zumbador del temporizador domótico de la Sala 4 llega a cero.
¡CLAC!
Los electroimanes de la compuerta de acceso principal se desactivan de golpe con un golpe metálico y seco.
La pesada hoja de la sala sensorial se abre de par en par.
Un torrente de luz dorada, cegadora y cálida procedente de la recepción de Conde Duque inunda el habitáculo técnico de golpe, barriendo las sombras.
La claridad nos pilla en pleno vuelo: yo en vilo, con el mono negro ceñido a mis curvas, las piernas enroscadas en sus caderas y la melena cobriza totalmente deshecha; Izan con la camiseta empapada, la espalda en tensión sosteniéndome como si fuera su tesoro más preciado y su boca sellada a la mía sin la menor intención de aflojar el agarre.
—¡¡¡TOMA YA, COÑO!!! —el alarido castizo de Lucía atrona el local entero—. ¡QUE LA INFORMÁTICA HA METIDO EL GOL POR LA ESCUADRA!
Un estallido ensordecedor de aplausos, risas y vítores revienta en el vestíbulo.
Martina encabeza la comitiva con una copa de cava en alto y una sonrisa de oreja a oreja; Bea se lleva las manos a las mejillas soltando un gritito de emoción pura; Elena asiente con solemnidad mientras aplaude con elegancia procesal, y la decena de periodistas culturales inmortaliza el cuadro con los flashes de sus cámaras parpadeando a todo trapo.
Izan baja despacio mis pies a la tarima, pero no me suelta. Pasa su brazo derecho por mi cintura, pegándome a su costado ante la mirada de todo Madrid, y me mira con los ojos claros brillándole de puro orgullo.
—Prueba superada, jefa —murmura contra mi sien.
Sonrío, limpiándome el carmín corrido de la comisura con el dorso de la mano. La contraseña correcta jamás estuvo en el software; siempre fue atreverse a saltar sin red.