El juego de la tentación (Chicas de barrio nº 9) CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

Un jugador infiltrado en la sala a oscuras

La compuerta metálica de mantenimiento encaja en su marco con un chasquido sordo, tragándose de golpe el murmullo de las copas de cava, las carcajadas de los periodistas culturales y el rumor festivo de la calle Conde Duque.

La negrura que me envuelve no es una sombra cualquiera; es esa oscuridad absoluta, líquida y sin grietas que diseñé al milímetro para desorientar los sentidos. Aquí dentro, los paneles fonoabsorbentes amortiguan hasta el crujido de mis tacones bajos de charol.

Tranquilízate, Carla María, que esto es solo una derivación de masa en la regleta. Ni fantasmas, ni hackers, ni gaitas.

Mantengo la linterna de servicio apagada entre los dedos para no reventarles la experiencia inmersiva a los redactores que están en el habitáculo contiguo.

Camino despacio, rozando con los nudillos la pared técnica para guiarme hacia la consola secundaria del cuadrante sur.

Mi respiración suena demasiado fuerte en mitad del aislamiento acústico.

El mono negro de punto elástico me comprime el pecho rotundo y dibuja la curva sin complejos de mis caderas de la talla 46, pero bajo la tela siento la piel helada por culpa de los nervios.

Estiro el brazo derecho a tientas. Calculo que la caja de conexiones empotrada tiene que estar justo a la altura de mi cintura.

Sin embargo, las yemas de mis dedos no tropiezan con chapa galvanizada ni con cables fríos.

Chocan de lleno contra algo ancho, sólido, ardiente y cubierto por una capa de algodón elástico que sube y baja a un ritmo desbocado. Un torso humano que irradia un calor salvaje.

El aire se me atasca en la garganta. Abro la boca para soltar un grito que alerte a todo el barrio, pero antes de que pueda emitir un solo fonema o dar un paso atrás sobre la tarima, dos brazos inmensos me rodean por la cintura en la sombra.

El agarre es limpio, rotundo e implacable.

Me tira hacia atrás con una fuerza firme que me deja sin respiración, estampando mi espalda directamente contra un muro de puro músculo funcional.

El impacto encaja la curvatura generosa de mis caderas y mis nalgas contra su pelvis con una precisión quirúrgica que me hace temblar las pestañas tras las gafas de carey.

Entonces, una boca caliente se inclina sobre mi nuca. Unos labios húmedos rozan la piel sensible justo debajo de mi oreja, y ese aroma inconfundible a menta fresca, madera y sudor limpio me satura los pulmones de golpe, prendiéndole fuego a cada una de mis defensas.

—Has cambiado las contraseñas del servidor, programadora —me susurra Izan con una voz rota, rasposa y tan cargada de devoción que me eriza hasta el último vello del cuerpo—. Pero te has olvidado de que esta sala la inauguramos tú y yo.

El corazón me da un vuelco tan violento que me parece escuchar el eco de mi propio pulso rebotando en el techo.

—¡Izan! —exclamo en un hilo de voz estrangulado.

Apoyo las palmas en sus antebrazos duros como vigas de acero, intentando empujarlo, intentando zafarme para recuperar un ápice de cordura.

Pero mis dedos se clavan en sus tendones y mi cuerpo entero se niega a obedecer la orden de retirada.

La colisión térmica entre mi piel fría y su fuego de atleta me desmorona el sistema operativo por completo.

—¿Qué... qué haces aquí? —balbuceo, girando apenas el cuello en la penumbra líquida mientras trato de recuperar el aliento—. ¿Cómo demonios has entrado? ¡He cambiado los códigos de la cancela y las tarjetas maestras!

Izan no afloja el abrazo ni un solo milímetro; al contrario, hunde sus manos grandes en los costados de mi cintura, abarcando la plenitud de mi cuerpo con una posesión hambrienta y desesperada que me pega todavía más a su pecho. Siento el temblor que le sacude los hombros anchos.

—Tu tribu tiene más llaves de este local que el cerrajero de guardia, Carla —responde él contra mi sien pecosa, dejando un beso húmedo que me hace cerrar los ojos—.

Martina y Lucía me han hecho pasar un tercer grado en Gran Vía del que casi no salgo vivo, pero me han dado el pase. He venido a jugar mi última baza.

—Izan, por favor... fuera está la prensa, están los críticos...

—Me da exactamente igual la prensa, me da igual el club y me da igual la Castellana entera —gruñe él con una vehemencia que le quiebra las palabras, girándome despacio entre sus brazos en mitad de la negrura hasta que quedamos frente a frente—.

David me ha dicho que te llamó. Ya sabes que mandé a paseo a Roberto, que rompí el contrato millonario y que no voy a permitir que nadie le ponga una mano encima a tus proyectos.

Pero eso es lo de menos. Lo que me está matando es que creyeras que yo era capaz de fingir lo que siento cuando te toco.

Alarga una mano temblorosa en la oscuridad.

Sus dedos ásperos por las barras de gimnasio me buscan la mejilla, acariciando la línea suave de mi mandíbula hasta acunar mi rostro con una reverencia que me hace soltar un sollozo ahogado.

—No hay ningún contrato, pelirroja —continúa en un susurro ardiente que me quema los labios sin llegar a rozarlos—.

No hay farsa de conveniencia, ni postureo de gimnasio pijo, ni mentiras.

Solo estoy yo, perdiendo la cabeza por una mujer de bandera que me ha desmontado la vida.

Estoy enamorado de ti, Carla. De tu mala leche, de tu inteligencia descomunal y de cada una de estas curvas tuyas que me tienen sin dormir.

Trago saliva con dificultad, notando el calor de sus lágrimas mezclándose con las mías en la penumbra.

—Izan... —susurro, apoyando las manos temblorosas en su pecho desnudo bajo la camiseta.

—Y de esta habitación a oscuras no salgo sin ti ni aunque llamen a los bomberos de Chamberí —remata él, pegando su frente a la mía con una urgencia salvaje.