El juego de la tentación (Chicas de barrio nº 9) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

Alarma biométrica en la sala cuatro

La calle Conde Duque parecía una verbena patronal en pleno mes de mayo.

A las diez menos cuarto de la noche, el aire templado olía a perfume dulce de fiesta, a laca fijadora y al efluvio burbujeante del cava brut que los camareros servían en copas de cristal fino sobre la acera.

Una hilera de sesenta personas aguardaba pacientemente frente a la cancela acristalada, mientras tres redactores de cultura de diarios madrileños y un par de fotógrafos con cámaras réflex inmortalizaban el neón azul eléctrico que presidía la fachada: Citas a ciegas extremas: El juego sensorial.

Detrás del mostrador de recepción, yo intentaba mantener una sonrisa corporativa que se me caía a pedazos por las comisuras.

Me había embutido en un mono negro de punto elástico denso, una prenda escotada en uve que Martina me había hecho comprar en rebajas.

La tela se ceñía con una autoridad casi militar a mi cintura rotunda, dibujando la curva sin complejos de mis caderas de la talla 46 y marcando la plenitud de mi pecho pecoso sin pedir perdón por el espacio ocupado.

Llevaba la melena cobriza recogida en un moño alto impecable, los labios teñidos de carmín cereza y mis gafas de pasta XL de carey bien asentadas sobre el tabique.

Iba vestida para triunfar, pero por dentro me sentía como un servidor a punto de reventar por exceso de temperatura.

—Carla María de mi corazón, como no respires te vas a desmayar sobre el teclado y la prensa va a pensar que forma parte del espectáculo —soltó una voz arrolladora que se abrió paso entre los flashes.

Martina apareció en primera línea escoltada por Bea, Elena y Lucía.

Martina llevaba un ramo gigantesco de gerberas naranjas que me estampó en el pecho; Bea me pasó un paquetito de celofán con dos tartaletas de frambuesa recién horneadas en «La Pecadora»; Elena examinaba con expresión seria el libro de reclamaciones obligatorio sobre la repisa, y Lucía guiñaba un ojo mientras disimulaba un bostezo de puro agotamiento.

—Estás para que te hagan una estatua en la Glorieta de San Bernardo, tía —añadió Lucía, dándome un codazo de complicidad—. Menudo chasis gasta hoy la informática. Tienes a los plumillas de la prensa cultural atontados.

—Gracias, chicas... de verdad —murmuré, abrazando las flores mientras tragaba saliva con dificultad—. No sé qué haría sin vosotras.

—Triunfar, que es lo que te toca esta noche —zanjó Martina con una seguridad tajante, ajustándose un pendiente de aro dorado mientras sus ojos oscuros escaneaban la puerta con un brillo pícaro que en ese instante no supe descifrar—.

Venga, que el grupo VIP ya está dentro del túnel de acceso. A darles candela.

A las diez en punto, la primera tanda de periodistas y críticos de ocio cruzó la compuerta hermética de la Sala 4: el laberinto sensorial a oscuras.

Bajé la mirada hacia la consola táctil del mostrador.

Mis dedos teclearon la secuencia de arranque.

Las luces interiores de cortesía se apagaron de forma automática, los altavoces comenzaron a emitir las frecuencias binaurales de baja intensidad y los ocho sensores de presión del suelo registraron el peso de los ocho participantes distribuidos por los cuadrantes.

Todo marchaba con una precisión matemática asombrosa.

Sin embargo, a los diez minutos de partida, cuando el grupo intentaba coordinar a ciegas el primer acertijo de tacto sobre los paneles de roble, la pantalla central de mi terminal emitió un pitido seco y agudo.

¡Bip! ¡Bip! ¡Bip!

Una ventana emergente de color carmesí bloqueó el mapa interactivo en tiempo real:

ALERTA DE HARDWARE: ANOMALÍA CRÍTICA EN PANEL SENSORIAL SALA 4

MOTIVO: VARIACIÓN DE MASA Y PRESIÓN NO CALIbrADA (CUADRANTE SUR)

PERFIL NO REGISTRADO: SUJETO DE 85 KG EN MOVIMIENTO HACIA EL EJE CIEGO

El estómago se me encogió en un puño.

Ochenta y cinco kilos. Ese peso exacto no correspondía a ninguno de los redactores que acababan de entrar.

—Maldita sea... —mascullé entre dientes, sintiendo que una gota de sudor frío me bajaba por la nuca pecosa—. Lo que me faltaba para coronar la velada: un fallo en la galga extensométrica en mitad del estreno de prensa.

Miré hacia la entrada de la recepción. Martina charlaba animadamente con un fotógrafo de espaldas a mí; Lucía y Bea repartían copas de cava con desparpajo, y nadie parecía percatarse de la avería técnica que amenazaba con abortar el pase estelar.

No podía arriesgarme a que la compuerta de seguridad saltara por protocolo y dejara a los invitados encerrados con las luces de emergencia parpadeando.

Me agaché tras el mostrador, saqué del cajón inferior la linterna led de servicio y el destornillador de precisión, y me deslicé con paso rápido hacia el lateral derecho del vestíbulo. Desbloqueé el teclado numérico de la escotilla de mantenimiento técnico.

La pequeña hoja metálica cedió con un chasquido inaudible.

Me colé por el túnel de servicio, cerrando la chapa a mi espalda.

De golpe, el murmullo de las risas, las copas de cava y los flashes de Conde Duque quedaron amortiguados tras el aislamiento de lana de roca.

El aire aquí dentro era denso, tibio, con un silencio casi sepulcral donde solo vibraba el zumbido distante de los transformadores.

Encendí la linterna. El haz blanco recortó las vigas del techo y las canaletas de datos.

Di tres pasos hacia el cuadrante sur de la Sala 4, bordeando el tabique que separaba el pasillo técnico de la zona de juego en tinieblas. La anomalía biométrica seguía marcando una presencia fija a escasos dos metros de mi posición.

—A ver dónde está el falso contacto... —susurré para darme ánimos, apuntando la luz hacia la caja de conexiones empotrada en el zócalo.

Iba a agacharme sobre mis rodillas cuando un crujido suave en la tarima, justo a mi espalda, me heló la sangre en las venas.

Antes de que pudiera girarme o alzar el haz de la linterna para defenderme, una corriente de aire caliente me envolvió por completo.

El aroma me golpeó el pecho con la violencia de un huracán conocido e implacable: notas frescas de menta silvestre, sándalo cálido y ese fondo amaderado que tenía grabado a fuego bajo la piel.

Una mano inmensa, firme y de dedos ásperos emergió de la penumbra líquida, cubrió con delicadeza la lente de mi linterna apagando la luz y me rodeó la cintura con una fuerza limpia que me dejó sin aliento contra un pecho ancho y de pura piedra.