CAPÍTULO 32
El asalto coordinado de las amigas
El silencio en el taller tras la estampida de Izan de mi acera no trajo paz; trajo un vacío espeso, de esos que te caen sobre los hombros como plomo derretido.
Me quedé sentada en el suelo de tarima junto a la cancela bajada, con la espalda apoyada en la pared de ladrillo y la pantalla del móvil encendida sobre el regazo.
El último mensaje de Martina en el chat de WhatsApp parecía arder contra el cristal: «El rubio de la Castellana acaba de llamar a mi despacho llorando como una magdalena.
Me voy a la agencia con Lucía ahora mismo. Tú no te muevas de ahí».
Diez minutos después, el teléfono empezó a vibrar con el aviso de una llamada entrante en el grupo «LAS PECADORAS DE MADRID: LA CUMbrE».
Deslicé el icono verde con el pulgar tembloroso y me llevé el terminal a la oreja sin atreverme a decir palabra.
—¡Carla María, calladita y escucha! —la voz de Martina me llegó en un susurro cortante y metálico—.
Tengo el altavoz puesto con el micrófono de la mesa de conferencias silenciado para que no nos oiga respirar.
Adrián tiene el chivato del pasillo encendido.
El maromo acaba de entrar en la sala de juntas de Gran Vía. Y como parpadees, te pierdes el juicio.
Se escuchó el chasquido sordo de una puerta pesada cerrándose y el eco de unas pisadas apresuradas sobre el suelo técnico de la agencia.
—Sentaos, por favor —la voz de Martina cambió de registro, adoptando de golpe esa frialdad quirúrgica con la que despacha a directores de marketing y ejecutivos agresivos.
—No me voy a sentar, Martina —la respuesta de Izan me atravesó el tímpano con la fuerza de un calambre.
No era la voz pausada, canalla y segura del entrenador que me había arrinconado contra el mostrador. Sonaba rasposa, rota por la tensión, como si llevara días respirando grava.
—No he venido a pedir una campaña de publicidad ni a que me hagáis un plan de medios —continuó él, y se oyó el roce violento de su respiración contra el ambiente de la sala—. He venido porque sé que vosotras sois su familia en Madrid y necesito que me escuchéis antes de que me vuelva loco del todo.
—Tú verás lo que largas por esa boquita de anuncio, rubio —intervino Lucía.
El tono de la pastelera punk era puro filo de cuchillo jamonero—.
Porque como se te ocurra soltar una sola milonga corporativa, bajo a la pastelería, subo el rodillo de amasar de Bea y te pongo ese lomo de gimnasio mirando para Cuenca.
Un golpe seco y contundente retumbó en la línea, haciendo vibrar el cristal templado de la mesa de juntas.
—¡Que no hay ninguna milonga, joder! —estalló Izan, y la rabia contenida le quebró la voz en una sacudida que me encogió el estómago en Conde Duque—.
Lo que Carla escuchó en ese pasillo fue el final de una bronca monumental.
Roberto Santamaría quería quedarse con las patentes de su Escape Room para meterlas en la ampliación de capital de mi club.
Me puso un cheque de tres millones sobre la mesa y me amenazó con que, si no se lo firmaba, el fondo retiraba la financiación y nos íbamos a concurso de acreedores.
Apreté el teléfono contra mi oído con las dos manos, clavando las rodillas en la madera vieja. El corazón me latía tan fuerte que me costaba procesar el eco de sus palabras.
—¿Y qué le respondiste tú, campeón? —inquirió Martina desde la pantalla, con una calma calculada que pretendía arrancarle la verdad sin filtros.
—Le dije que se metiera los tres millones por donde le cupieran —soltó Izan sin titubear un solo segundo—.
Le dije que el software de Carla era sagrado, que su talento no se vendía para hacerle masajes a cuatro estirados de Serrano y que yo ponía mi propio patrimonio personal y mis avales antes de dejar que nadie le tocara una sola línea de código.
¡Rompí la carpeta en sus narices en mitad del vestíbulo!
Se hizo una pausa rota. Un silencio denso en el que solo se distinguía el carraspeo convulsivo de Izan al tragar saliva.
—Carla solo oyó que yo necesitaba que ella confiara en mí antes de poner las cartas sobre la mesa —continuó él, y el tono bajó a un susurro quebradizo, cargado de una desesperación tan cruda que sentí una punzada viva en el pecho—.
Y era verdad. Necesitaba que confiara en mí para proponernos como socios al cincuenta por ciento, fuera del fondo, fuera de Roberto y fuera de toda esa mierda corporativa.
Porque estoy enamorado de ella hasta las trancas.
De su cabeza brillante, de su genio, de sus pecas...
de cada centímetro de su cuerpo. No puedo dormir, no puedo respirar y no pienso permitir que un malentendido de despacho me robe a la única mujer real que me ha devuelto a la vida en esta ciudad.
El silencio que cayó sobre la sala de Gran Vía fue tan sepulcral que por un instante creí que se había cortado la conexión. Me llevé el dorso de la mano libre a los ojos, empapándome los dedos de lágrimas tibias mientras la muralla de sospechas que me había fabricado se desmoronaba en pedazos.
—Bueno —la voz de Martina rompió la calma, arrastrando las vocales con esa satisfacción de quien acaba de ganar un litigio por goleada—. Parece que el titán de las mancuernas tiene sangre en las venas y no solo batidos de proteínas.
—Sangre y un par de narices bien puestas —añadió Lucía, y se escuchó una palmada seca y sonora que debió de sacudirle la espalda al propio Izan—. Menos mal, rubio, porque ya me veía bajando a la Castellana a quemarte el banco de pesas.
Se oyó el tintineo metálico de un bolso abriéndose y el deslizamiento de algo sobre el cristal.
—¿Qué es esto? —preguntó Izan, desconcertado.
—Tu última oportunidad —sentenció Martina con autoridad ejecutiva—.
Una copia de la tarjeta magnética de la cancela de Conde Duque que Carla me dejó hace un mes por si fallaba la domótica, y el pase de prensa para la inauguración oficial de esta noche a las nueve.
Te infiltras en la sala cuatro antes de que apaguen las luces.
Y como no le dejes las cosas claras y la beses como si te fuera la vida en ello, te perseguimos nosotras doce por toda la Castellana hasta que pidas asilo político en Vallecas. ¿Entendido?
—Clarísimo —respondió Izan con un golpe de aire firme que me erizó el vello de los brazos—. Decidle que vaya preparando los extintores.
La llamada se cortó con un pitido seco.
Me quedé sentada en la penumbra de mi local, mirando la pantalla apagada con el pulso a mil por hora, consciente de que en menos de tres horas las puertas de la sala cuatro iban a cerrarse... y esta vez no iba a haber código en el mundo capaz de protegerme de él.