CAPÍTULO 31
Izan pierde los papeles (y la compostura)
El taller de Conde Duque sigue oliendo a cerrado, a polvo en suspensión y a plástico recalentado.
Tengo la persiana metálica echada hasta el zócalo de la acera con el cerrojo manual de dos vueltas pasado por dentro, dejando la nave sumida en una penumbra espesa que apenas me deja adivinar las teclas del teclado mecánico.
Llevo un buen rato sentada frente a la pantalla del servidor intentando compilar una rutina de depuración, pero las manos sobre el plástico me tiemblan como si me estuviera dando una bajada de azúcar.
Sobre la mesa metálica, justo al lado del ratón, sigue la muñequera de felpa gris de Izan.
Desprende ese aroma suyo a madera, sándalo cálido y sudor limpio de entrenamiento duro que me perfora las aletas de la nariz.
Una quemadura fantasma.
Cada vez que la miro se me revuelven las tripas y me arde la cintura, como si sus manos grandes y ásperas siguieran ancladas con devoción en la curva rotunda de mis caderas de la talla 46.
¡PUM, PUM, PUM!
El impacto hace temblar la chapa galvanizada con una violencia que me saca el corazón por la boca. Doy un respingo en la banqueta ergonómica, tirando al suelo un conector de fibra óptica.
¡PUM, PUM, PUM!
—¡Carla! ¡Abre la maldita puerta, Carla! ¡Sé que estás ahí dentro!
La voz no tiene nada que ver con el tono seguro, canalla y seductor del entrenador estrella de la Castellana. Es un grito desgarrado, ronco, quebrado por la desesperación más absoluta.
Me levanto de la silla sintiendo que las piernas se me aflojan bajo la falda vaquera.
Camino despacio sobre la tarima vieja hasta pegarme al marco de la entrada.
A través de las pequeñas rendijas de ventilación que hay perforadas en la parte media de la persiana, asomo los ojos tras mis gafas XL de carey.
El cuadro en la calle Conde Duque es para que me dé un patatús.
Bajo el sol de justicia de las cinco de la tarde de este sábado asfixiante, con el asfalto despidiendo ese bochorno pesado que huele a tubo de escape y polvo reseco, está Izan Serrano.
El hombre que jamás pierde la compostura en sus vídeos de Instagram parece que acaba de salir de una trinchera.
Lleva la camiseta blanca de tirantes empapada de sudor y pegada a los pectorales, los pantalones oscuros manchados de polvo en una rodilla y el pelo rubio totalmente despeinado, cayéndole sobre la frente en mechones húmedos.
Tiene los ojos claros enrojecidos, desencajados por la angustia.
A su alrededor, el barrio sigue su curso: el dueño de la floristería de la esquina se ha asomado con las tijeras de podar en la mano, y dos señores que se toman una caña en el velador de enfrente lo miran como si fuera un enajenado. Pero a él le da exactamente igual el circo público.
Apoya las dos palmas de las manos contra la chapa caliente.
—¡Carla, escúchame de una puñetera vez! —suplica, pegando la frente al metal—. ¡No te vayas! ¡No me dejes fuera! Te juro por mi vida que todo lo que escuchaste fue una encerrona de Roberto. ¡No es lo que crees! ¡No he jugado contigo en la vida, joder!
Apoyo la espalda contra la pared interior de ladrillo y me deslizo hacia abajo hasta sentarme en el suelo frío. Me llevo las manos a la cabeza, apretándome las sienes con fuerza mientras dos lagrimones calientes me resbalan por las mejillas pecosas.
Cierra los ojos, Carla. No caigas otra vez. Es un manipulador con buena mandíbula. Te vio las curvas, olió la oportunidad de negocio y te engatusó para salvarle el culo a su club de ricos.
Durante casi cincuenta minutos interminables, Izan no se mueve de la acera.
Los golpes en la chapa se van espaciando, pero sus ruegos continúan, roncos, rotos, ahogados por el esfuerzo.
La angustia en su voz es tan viva y tan desgarradora que me clava alfileres en el estómago.
Me tapo las orejas con los codos apoyados en las rodillas, tiritando en mitad del bochorno, partida en dos entre el pánico a que me rompan el corazón y la necesidad física de levantar el pestillo y arroparme en su pecho.
¡RIIIIING! ¡RIIIIING!
El timbre estridente del teléfono fijo del taller —un cacharro analógico que solo uso para que me facturen los proveedores de domótica— empieza a sonar en la pared de la oficina.
Me pongo en pie con torpeza, tambaleándome sobre las zapatillas de lona. Cruzo la estancia y descuelgo el auricular de plástico con la voz temblorosa.
—¿Sí?
—¿Carla? ¡Madre mía de la Paloma, menos mal que me lo coges!
—la voz al otro lado no es la de un proveedor.
Es David, el recepcionista de Apex Performance, el chaval estirado de los trajes impolutos que siempre me miraba con condescendencia tras su mostrador de mármol de la Castellana—.
Oye, perdona que te llame al fijo del taller, pero busqué el albarán técnico en la base de datos...
Esto es una auténtica locura. ¡Un jaleo de campeonato!
—David, no tengo nada que hablar con nadie de vuestra empresa...
—¡No cuelgues, por Dios bendito! —me corta el chico, jadeando como si acabara de presenciar un tiroteo—.
Tienes que saber lo que ha pasado aquí nada más salir tú corriendo de la Castellana.
Izan se ha vuelto completamente loco. ¡De locos, te lo juro!
Ha bajado hecho una fiera del despacho persiguiéndote.
Al perderte en los tornos ha encarado a Roberto Santamaría en mitad del vestíbulo principal, delante de dos miembros del consejo y de varias clientas VIP de Serrano.
Trago saliva con dificultad. Se me seca la boca.
—¿Qué dices?
—¡Lo que oyes! —continúa David, bajando el tono como si temiera que lo pillaran espiando—.
Le ha gritado a Roberto que era un carroñero sin escrúpulos.
Ha agarrado la carpeta del contrato del «Proyecto Sensus» —esa en la que os ofrecían los tres millones para compraros la patente— y la ha roto en pedazos en la cara de Santamaría.
¡La ha hecho trizas! Ha dicho a gritos que él no necesita el dinero sucio de nadie para salvar el gimnasio, que se va a concurso de acreedores si hace falta, pero que ni Dios le pone una mano encima al software de Carla ni la relega a ser una comparsa.
Ha tirado las llaves maestras sobre el mármol y ha salido disparado hacia Conde Duque como un misil.
Tienes que hablar con él, Carla. Lo ha mandado todo al garete por ti.
El auricular resbala entre mis dedos. Lo cuelgo casi por inercia.
Me quedo inmóvil, con la mirada perdida en las vigas del techo y el pulso latiéndome en las sienes.
Ha roto el contrato. Delante de los inversores. Ha tirado su estatus, su seguridad y su club por la borda... para protegerme a mí.
Un silencio repentino cae sobre el callejón de Conde Duque. Los golpes en la cancela han cesado.
Camino despacio hacia la entrada y me asomo otra vez por las rendijas de chapa.
Izan ya no está pegado a la puerta. Camina con pasos lentos y derrotados hacia la esquina de la Plaza de los Guardias de Corps.
Lleva los hombros caídos, la cabeza gacha y el móvil temblando entre sus dedos torpes mientras intenta marcar un número.
El hombre invencible, el atleta perfecto de la Castellana, parece un juguete roto arrastrando los pies sobre el adoquín madrileño.
En ese preciso instante, el teléfono que llevo en el bolsillo trasero de mi falda empieza a sacudirse.
Lo saco de un tirón. No es una llamada. Es una notificación directa de WhatsApp en un chat privado:
[Martina]: ¡¡¡CARLA MARÍA, EL RUBIO DE LA CASTELLANA ACABA DE LLAMAR A MI DESPACHO LLORANDO COMO UNA MAGDALENA!!! ¡LLORANDO, TE LO JURO POR MI VIDA! ¡QUE ME DA UN SÍNCOPE AQUÍ EN GRAN VÍA! ME VOY A LA AGENCIA CON LUCÍA AHORA MISMO. TÚ NO TE MUEVAS DE AHÍ NI SE TE OCURRA REINICIAR EL MÓDEM.
Aprieto la pantalla contra mi pecho rotundo. Cierro los ojos, sintiendo que la armadura de cinismo y código que construí durante diez años se ha hecho pedazos para siempre.