El juego de la tentación (Chicas de barrio nº 9) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Cumbre de emergencia en la cava baja

El taxi de Jimena me soltó en la esquina de la Puerta de Moros como quien descarga un saco de escombros de una reforma de urgencia.

Apenas tuve tiempo de pisar el adoquín cuando Martina y Lucía ya me tenían agarrada de cada brazo, escoltándome a paso de maniobra militar cuesta abajo por La Cava Baja.

Eran las dos y media de un domingo radiante y el cielo lucía ese azul Velázquez implacable que parecía reírse en mi cara pecosa.

El mediodía madrileño ardía en su punto exacto: terrazas hasta arriba de personal haciendo el tardeo, camareros esquivando peatones con bandejas en alto y ese bullicio denso, alegre y ensordecedor que te mete en la cabeza que la vida sigue adelante aunque a ti se te haya caído el servidor de cuajo.

Entramos en nuestra taberna de cabecera.

El aire dentro del local era pura gloria bendita: olía a fritura limpia de torrezno ibérico recién crujido, a madera añeja de las barricas de roble, a vermú de grifo con su toque de naranja y a ese lúpulo amargo y frío de la Mahou que resucitaba a los muertos.

—¡Al fondo, que Elena ya ha conquistado el territorio! —ordenó Martina por encima del jaleo, abriéndose paso con una seguridad que apartaba a los turistas sin pestañear.

En la esquina más ancha, junto a una columna de ladrillo visto, nos esperaba la mesa alta de madera maciza.

Elena presidía la posición con un traje de chaqueta azul marino impecable que marcaba la firmeza de su talla 50, las gafas de diseño en la punta de la nariz y un cuaderno de anillas con renglones pulcros abierto junto a un vaso de agua con gas.

A su derecha, Bea ya había desplegado una servilleta de tela con el mandil todavía manchado de azúcar glas de «La Pecadora».

Me empujaron hacia el taburete central. Mis caderas de la talla 46 encajaron en la madera con un crujido rotundo, todavía enfundadas en la falda vaquera arrugada y la camiseta negra con la que salí huyendo de la Castellana.

Bea me rodeó los hombros de inmediato con su calor de madre protectora, estrujándome contra su pecho generoso mientras me plantaba un beso ruidoso en la sien.

—Toma, mi niña, límpiate esos ojos —me susurró Bea con infinita ternura, pasándome una servilleta de papel con el dibujo de una ensaimada—. Estás blanca como la cera. Ahora mismo te entra el azúcar en vena y se te recolocan las ideas.

—¡Manolo! —bramó Lucía con ese vocejón de obrador punk que hizo callar a tres señores de la barra—.

¡Saca dos bandejas gigantes de torreznos ibéricos con corteza de esa que cruje hasta en Alcalá de Henares y cinco cañas bien tiradas, con dos dedos de crema y que la jarra sude hielo!

¡Que tenemos aquí un juicio sumario de los gordos!

—Silencio procesal, por favor —intervino Elena, dando dos toques secos con el capuchón de su estilográfica sobre la libreta—.

Carla, estás en un espacio seguro. Necesitamos que depongas los hechos con la mayor exactitud cronológica posible.

Nada de valoraciones subjetivas sobre tu anatomía ni suposiciones sobre la buena fe de terceros. Hechos probados.

El camarero plantó cinco vasos empañados sobre la madera con un golpe seco. Agarré el mío con las dos manos temblorosas y le di un trago largo, desesperado, sintiendo el amargor helado de la cerveza despeñarse por mi garganta como un bálsamo bendito.

—Los hechos son que soy gilipollas de nacimiento, Elena —solté, sorbiéndome la nariz mientras me recolocaba las gafas XL de carey—.

Fui a llevarle el lector de frecuencias y la tarjeta de acceso a Apex para pedirle explicaciones por lo del inversor.

La puerta del despacho estaba entreabierta.

Roberto Santamaría estaba allí dentro apretándole las tuercas... y escuché a Izan a voces con él.

Martina se inclinó sobre la mesa, con los ojos echando chispas y los aros dorados tintineando contra su cuello.

—¿Y qué dijo exactamente el maromo de los batidos, Carla? —inquirió Martina en un susurro afilado—. Sin adornos.

—Dijo que mi valor era incalculable para el club —dije, sintiendo que la quemadura en el pecho volvía a inflamarse al recordarlo—.

Dijo: «Si firmamos con su software cerramos la ronda de inversión y nos salvamos el cuello».

Y remató diciendo que necesitaba que yo confiara en él antes de poner las cartas sobre la mesa.

El silencio cayó en el corro como una losa de hormigón, roto únicamente por el crujido de la primera bandeja de torreznos dorados que el camarero acababa de aterrizar entre los vasos.

Me pasé los dedos por las mejillas, notando la salitre seca de la vergüenza.

—Lo entendí todo en un segundo —continué con la voz quebrada, mirando la espuma blanca descender por el cristal—.

Me ha estado engatusando desde el primer día.

El falso noviazgo, el vestido verde en su fiesta, el revolcón en el sofá de mi taller...

Todo fue una maniobra de distracción para ganarse mi confianza, quedarse con el código fuente y salvar de la quiebra su negocio de la Castellana.

¿Cómo me iba a desear de verdad un tío que parece sacado de un anuncio de colonia cara?

A las tías como yo no nos bajan la luna por la cara, chicas. Nos usan de alfombra.

Elena soltó la pluma despacio sobre el papel pautado. Cruzó los dedos de las dos manos sobre la mesa, levantó la barbilla y me clavó esa mirada implacable con la que tumba a los fiscales más estirados de los juzgados de Plaza de Castilla.

—Carla María —carraspeó la abogada con una serenidad cortante que me heló el estómago—.

¿En algún momento de esa disputa verbal escuchaste a Izan Serrano afirmar que su relación contigo carecía de veracidad emocional?

¿Dijo expresamente que no te quería o que planeaba despojarte de tus patentes contra tu voluntad?

Parpadeé dos veces, desconcertada tras las monturas de carey.

—No... no con esas palabras exactas, pero el contexto era evidente...

—¡De evidente nada, coño! —estalló Lucía, arreándole un manotazo a la madera que casi hace volcar el plato de corteza ibérica—.

¡Me cago en mi estampa, Carla, que te has marcado una sentencia con tribunal fantasma sin dejar que el chaval declare!

¿Tú has visto cómo te mira ese tiarrón? ¡Que yo vi los vídeos del photocall y las fotos que subió la agencia de la gala, y ese rubio te miraba el culo como si fuera el santo grial de la repostería fina!

¡Ese tío tiene los ojos nublados por tus curvas desde que entraste por la puerta!

¡Ningún hombre de metro ochenta y cinco con ese lomo finge temblores de piernas en un sofá a oscuras por una aplicación de móvil, joder!

—Lucía tiene razón, cariño —apuntó Bea con voz suave, empujándome un torrezno templado hacia la boca con una sonrisa llena de comprensión—.

El miedo es muy traicionero cuando una lleva años levantando muros para que no le hagan daño.

Te has asustado porque lo que sientes es de verdad y has preferido huir antes de comprobar si él daba la cara por ti.

Me quedé clavada en el asiento, mirando la burbuja solitaria que subía por el centro de mi caña. La cabeza me daba vueltas a mil revoluciones por minuto. Las palabras de Elena y los gritos de Lucía empezaban a abrir una grieta en la muralla de mi orgullo herido.

¿Y si había sido yo la que había apretado el gatillo antes de tiempo?

En ese preciso segundo de silencio absoluto, el bolso de mano de Martina, abierto sobre el velador, empezó a vibrar con una sacudida frenética.

La pantalla de su iPhone se encendió arrojando destellos blancos sobre las jarras de cerveza. Un número largo, sin registrar en la agenda de la publicista, bailaba en la interfaz bajo el identificador de llamada entrante.

Martina estiró la mano, miró el panel y se le congeló la respiración. Levantó la vista hacia mí con los ojos negros desorbitados.

—Es él, Carla —susurró Martina con una tensión que hizo que hasta los camareros de la barra bajaran la voz a nuestro alrededor—.

Es el teléfono corporativo de Apex Performance.

Lleva cuarenta y ocho horas llamando a la agencia, a la pastelería de Bea y a medio registro mercantil buscándote como un perro sin dueño.

Deslizó la yema del pulgar a un milímetro del botón verde de la pantalla y me miró fija, seria como pocas veces la había visto.

—¿Le cuelgo de un portazo... o dejamos que este maromo mueva ficha de una puñetera vez?