El juego de la tentación (Chicas de barrio nº 9) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Cerrar sesión, borrar caché y echar la persiana

La persiana metálica de mi taller en Conde Duque cae con un estruendo seco que resuena en todo el callejón.

«Necesitaba que confiara en mí antes de poner las cartas sobre la mesa».

La frase de Izan me sigue taladrando las sienes como una broca oxidada. Me la repito en bucle mientras cruzo el vestíbulo tropezando con una caja de conectores.

Idiota. Eres una ingenua de manual, Carla María. Te creíste que el pibón de portada de revista se volvía loco por tus michelines y resulta que solo quería usar tu código para salvarle el pellejo financiero a su club de pijos estirados.

Entro en la cabina técnica, me dejo caer en la silla ergonómica y arranco el terminal del servidor central.

La pantalla parpadea arrojando un resplandor azul gélido sobre la mesa de trabajo, donde el estaño frío y el polvo de escayola forman una película grisácea.

Mis dedos, todavía temblorosos por la humillación, vuelan sobre el teclado mecánico.

El chasquido de los interruptores llena el habitáculo en un repiqueteo furioso.

Abro el panel de administración.

Comando uno: revocar credenciales de desarrollador a la cuenta vinculada de Apex Performance. Intro. Permiso denegado.

Comando dos: cambiar los certificados SSL y la clave maestra de la compuerta domótica del Escape Room. Intro. Acceso bloqueado.

Comando tres: purgar base de datos de calibración.

Busco el identificador biométrico «IS_01_TEST» —el perfil con su peso, su masa muscular de atleta, su pulso en reposo y aquellas ciento treinta pulsaciones por minuto que me creí que eran de pura devoción carnal— y pulso la tecla de supresión sin titubear.

Registros eliminados del servidor local.

—A tomar por saco la sincronización, rubio —mascullo entre dientes, con la voz rota por un sollozo que me niego a soltar.

Sobre la repisa metálica, mi móvil empieza a vibrar contra el cristal de un vaso vacío con una insistencia demencial.

La pantalla se ilumina: Izan (17 llamadas perdidas).

Entra un mensaje de voz. Luego otro. Y otro.

Doce notificaciones de audio en fila india.

Ni siquiera les doy al play. Con un movimiento seco del pulgar, deslizo hacia la izquierda y los borro del buzón de entrada uno tras otro, sintiendo que cada archivo eliminado es un portazo que le meto en las narices a la Castellana entera.

Me levanto de la silla sintiendo que las piernas me pesan una tonelada. Camino a tientas hacia el fondo del taller, buscando un botellín de agua en la nevera auxiliar, pero mis pasos se frenan en seco antes de llegar a la trastienda.

El sofá de cuero desgastado sigue allí.

La luz dorada que baja por la claraboya ilumina los cojines hundidos donde hace apenas unas noches me abrió las piernas, veneró mi vientre sin un ápice de complejo y me prometió que no pensaba salir de ese laberinto ni con orden judicial.

El recuerdo del calor de su pecho aplastando mis senos y de sus manos grandes hundiéndose con una firmeza hambrienta en mis caderas me sacude las entrañas como una descarga eléctrica.

Una quemadura fantasma. Me toco la piel del costado por encima de la tela negra, y me arde como si sus dedos siguieran clavados ahí.

De pronto, un destello blanco entre los pliegues del respaldo me llama la atención. Me acerco despacio, con el estómago encogido en un nudo ciego, y estiro la mano temblorosa.

Es una muñequera deportiva de felpa gris. La que usaba Izan para las series de dominadas.

La recojo. Está limpia, pero al acercármela a la cara el aroma me golpea de lleno con la violencia de un tren: madera, sándalo cálido y ese mentol fresco tan suyo que se me ha quedado impregnado en las sábanas del ático.

Aprieto la tela en el puño con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos.

La rabia me cede el paso a un desconsuelo salvaje y me derrumbo de rodillas sobre la tarima de madera vieja.

El frío de las tablas me traspasa la falda, congelándome las piernas mientras entierro la frente en el cuero del sofá y suelto por fin el llanto que llevaba atascado en el esternón.

Soy la tía más idiota de todo Madrid. Treinta años esquivando a los tíos superficiales para acabar cayendo de bruces en la trampa del entrenador más cotizado de Serrano.

¡TOC, TOC, TOC!

Tres golpes metálicos, secos y atronadores hacen retumbar la persiana de chapa desde la calle.

Doy un respingo en el suelo, soltando la muñequera como si quemara. El corazón me da un vuelco de pánico pensando que Izan ha conseguido llegar desde Chamartín. Me quedo inmóvil en la penumbra, conteniendo la respiración con la esperanza de que quien esté fuera se canse y se largue.

Pero no es un hombre el que está al otro lado de la cancela.

—¡Carla María, abre esta persiana ahora mismo o llamo a Nico para que se traiga el camión de bomberos de Chamberí y nos eche la puerta abajo con la cizalla! —la voz de Martina Vega retumba en todo Conde Duque con una potencia que hace temblar los marcos de aluminio.

—¡Y no se te ocurra fingir que no estás, que Jimena tiene el taxi en doble fila tapando la calle y los municipales nos van a empapelar! —remata la voz inconfundible de Lucía desde la acera.

Me paso el dorso de la mano por los ojos húmedos, me ajusto las gafas de carey y me pongo en pie despacio sobre la tarima.

La tribu de Malasaña ha aterrizado en mi trinchera.