CAPÍTULO 28
Fuga de datos y malentendido de despacho
El bochorno de las dos de la tarde en el Paseo de la Castellana cae a plomo, como si alguien hubiera puesto una tapa de puchero gigante sobre Madrid.
El rugido de los cuatro carriles de tráfico me taladra las sienes mientras cruzo la acera a paso ligero, apretando contra mi costado la mochila de lona negra.
Dentro llevo la tarjeta magnética de acceso maestro a Apex Performance y el lector de frecuencias cardíacas que Izan se dejó anoche en el mostrador tras el número de circo de Roberto Santamaría.
Vengo a devolverlo todo en mano, a exigirle una explicación mirándole a esos ojos claros suyos y a cortar por lo sano antes de que mi dignidad termine en el desguace.
No me detengo en la recepción. Subo los escalones de diseño hacia la planta superior, donde la moqueta gris amortigua mis zancadas torpes de zapatilla de lona.
Al llegar al final del pasillo, la puerta acristalada del despacho de dirección técnica está entornada un par de dedos. Me detengo en seco junto al zócalo para recuperar el aire, pero el tono encendido y áspero que llega desde dentro me congela la sangre en las venas.
—¡Es que no entiendes nada, Roberto! —la voz de Izan retumba contra los paneles de vidrio con una violencia que jamás le había escuchado—. ¡El valor de Carla es incalculable para este club!
Apoyo la espalda contra la pared, clavando las uñas en la tela de mi bolso. El corazón me da un vuelco salvaje.
—No me hables de valores intangibles, muchacho —le rebate la voz gélida y aristocrática de Santamaría—. Es un software de reconocimiento sensorial para un nicho de barrio. Si no firma la cesión exclusiva, se cae el plan.
—¡Si firmamos con su software cerramos la ronda de inversión y nos salvamos el cuello!
—grita Izan, dando lo que parece un golpe sordo sobre la mesa de madera noble—.
¡Llevo semanas trabajando en esto! ¿Crees que me he metido en ese juego por gusto?
¡Necesitaba que confiara en mí antes de poner las cartas sobre la mesa!
El mundo se me apaga de golpe.
Las palabras se me clavan en el pecho como esquirlas de cristal templado. Necesitaba que confiara en mí. Nos salvamos el cuello.
Todo el aire de mis pulmones se esfuma. La penumbra del taller de Conde Duque, sus dedos grandes hundiéndose con adoración en la carne viva de mis caderas, las confesiones con pizza fría en el suelo, las risas bobas comiendo churros en la acera...
Nada de eso era verdad. Ni la atracción descarada por mis curvas, ni la complicidad sin filtros, ni ese deseo voraz que juraba no poder frenar.
Pura estrategia corporativa. Un anzuelo de seducción milimétrico para desarmar a la friki ingenua de extrarradio y salvarle las cuentas bancarias a su gimnasio de pijos en la Castellana.
Idiota, Carla. Eres una idiota redomada.
La náusea me sube de golpe por la garganta, quemándome hasta las muelas. Un temblor incontrolable me sacude las manos; pierdo el agarre de la mochila y la carpeta técnica de cartulina se me escurre entre los dedos.
¡CLAC!
La tarjeta magnética choca contra el suelo y resbala dos palmos, golpeando el marco metálico de la entrada con un chasquido que retumba en el silencio del pasillo.
La conversación dentro del despacho se corta en seco.
—¿Carla? —se escucha la voz de Izan, quebrada de inmediato por el pánico.
La puerta de cristal se abre de golpe.
Izan aparece en el umbral, con la camisa blanca desabrochada en el pecho, las mangas remangadas y el pelo rubio totalmente revuelto.
Al ver los papeles esparcidos sobre la moqueta y mis ojos anegados en lágrimas tras los cristales de carey, la cara se le descompone en una máscara de espanto absoluto.
—Carla, no... joder, espera —balbucea, estirando los brazos hacia mí con desesperación—. No es lo que crees, déjame que te explique...
—No te me acerques, Izan —suelto con un hilo de voz que me desgarra la garganta.
Doy un paso atrás, luego dos, y echo a correr por el pasillo enmoquetado hacia las escaleras mecánicas.
—¡Carla, para! ¡Escúchame, por favor! —brama él a mi espalda con un grito desgarrador que hace que dos monitores de sala se asomen alarmados.
No me giro. Me niego a mirarlo. Las lágrimas me desbordan los párpados, empañándome las gafas XL y resbalando calientes y saladas por mis mejillas pecosas. Llego a la planta baja a trompicones, empujo los tornos metálicos con la cadera y salgo disparada a la calle.
El bochorno asfixiante de la Castellana me envuelve de nuevo como una bofetada caliente, mientras el nudo de la traición me estrangula el estómago y el eco de los pasos desesperados de Izan se pierde bajo el estruendo de los coches de Madrid.