CAPÍTULO 27
La sombra del tiburón financiero
El frío de la calle Conde Duque se cuela de golpe por la cancela abierta, cortando el bochorno madrileño y el calor ardiente que nos envolvía en el mostrador de recepción.
—Por el amor de Dios, Izan, bájame —le susurro contra la mandíbula con la voz rota y un nudo en la garganta.
Izan no me suelta con prisa ni con vergüenza.
Desliza la mano con lentitud calculada por la cara interna de mi pierna, me sostiene firme por la cintura y me posa en el suelo con una soltura atlética impecable, interponiendo de inmediato su hombro ancho y su metro ochenta y cinco entre el recién llegado y yo.
Me aliso el bajo de la falda vaquera con los dedos temblorosos, colocándome las gafas sobre la nariz para esconder el fuego que me tiñe las pecas. Mi corazón va desbocado, no por el deseo de hace un minuto, sino por la figura implacable que tenemos delante.
Roberto Santamaría no camina: invade.
Avanza tres pasos con la lentitud pausada de quien está acostumbrado a que en Madrid le abran las puertas de par en par sin enseñar el carné.
Pasea sus ojos grises y afilados por las canaletas de PVC, las bobinas de cable sueltas, los folletos pisoteados de la beta de Citas a ciegas extremas y los dos botellines vacíos de Mahou clásica.
Su boca delgada dibuja una mueca de asco aristocrático que me revuelve las tripas.
—Vaya antro pintoresco para esconderse, Serrano —suelta el inversor, arrastrando las erres con esa cadencia estirada del barrio de Salamanca—.
Si no fuera porque Fernando me dio el aviso tras veros merendar churros en la acera como dos chiquillos de instituto, juraría que habías decidido tirar tu carrera a la basura en este rincón de mala muerte.
Izan da un paso al frente. Tiene los puños apretados a los lados de los vaqueros y la camiseta técnica negra tan pegada al pecho que se le marca cada latido furioso.
—Buenas noches, Roberto —dice Izan, y la voz le sale baja, cortante, desprovista de cualquier cortesía de gimnasio pijo—.
Estás interrumpiendo una prueba privada y cerrada al público.
Te agradecería que si tienes algo que decirme sobre el club, lo hablemos mañana a las nueve en el despacho de la Castellana.
—No me hagas perder el tiempo con horarios de oficina, muchacho —replica Santamaría, abriendo los cierres metálicos de su maletín con dos chasquidos que retumban en el vestíbulo silencioso—. Lo que tengo entre manos no puede esperar a que abras las taquillas.
El tiburón financiero saca una carpeta gruesa de cartulina negra con membrete dorado y la estampa con desdén sobre la madera del mostrador, justo al lado de mi teclado técnico.
Miro la portada. En letras mayúsculas plateadas destaca el título del documento:
PROYECTO SENSUS:
ADQUISICIÓN INTEGRAL DE PATENTES BIOMÉTRICAS Y DOMÓTICA DE ESCAPE ROOM.
Se me congela el aliento en los pulmones.
—Vanessa me puso sobre la pista tras el aniversario de Apex —continúa Santamaría, mirándome de reojo con una sonrisita cínica que no le llega a los ojos—.
Me habló de una informática con talento rústico que le estaba solucionando la vida a Izan con un software de reconocimiento cardíaco para parejas a oscuras.
Al principio me pareció una tontería de barrio, pero mis analistas han revisado los registros del servidor esta tarde. Es brillante. Una mina de oro.
—El software es mío —espeto, dando un paso al frente para ponerme al lado de Izan.
La voz me tiembla al principio, pero me planto sobre mis dos zapatillas con la cabeza alta y la barbilla firme—.
Está registrado a mi nombre y en fase beta.
Nadie ha autorizado a la gerencia de su club a meter las narices en mis bases de datos.
Santamaría suelta una risita seca, paternalista y exasperante.
—Señorita... disculpe, no recuerdo su nombre...
Carla, ¿verdad? —dice, pasando una página satinada con el dedo pulgar—.
No se ponga a la defensiva. He venido a hacerla rica.
El fondo ofrece tres millones de euros por la cesión total y exclusiva de las patentes del sistema domótico y la app.
Vamos a replicar el concepto de escape room biométrico como reclamo vip en los centros de Apex Performance de Madrid, Barcelona y Marbella.
Un circuito de lujo, masajes sensoriales y citas exclusivas para socios de cuota platino.
Parpadeo, descolocada tras mis gafas. Tres millones de euros. La cifra es un disparate que solucionaría mi vida, la hipoteca de mi buhardilla y las obras del local para los restos. Pero entonces bajo la vista y mis ojos cazan las cláusulas en negrita del contrato:
«Cláusula Cuarta: Cesión total de derechos morales e intelectuales. La parte vendedora renuncia al control creativo, diseño de acertijos y explotación del código fuente, asumiendo un rol optativo de consultoría técnica externa bajo supervisión de la dirección de marca».
«Cláusula Séptima: Rediseño temático. Supresión de la narrativa de barrio para su homologación con los estándares estéticos y de imagen corporativa de Apex Luxury».
El estómago se me encoge en un nudo de hielo y vinagre.
—Esto es un insulto —suelto, empujando la carpeta lejos de mi ordenador con la punta del dedo como si tuviera la peste—.
Quieren convertir un juego pensado para que la gente normal conecte a oscuras sin juzgarse el físico en otro escaparate estúpido de postureo para ricos desnutridos.
Mi proyecto no se vende para que sus socios liguen entre batidos detox. La respuesta es no. Rotundamente no.
Santamaría ni pestañea. Desvía despacio la mirada de mi rostro pecoso y la clava directamente en Izan. La media sonrisa que asoma a su boca es pura ponzoña corporativa.
—Vaya, qué conmovedor arrebato de orgullo proletario —murmura el inversor, acomodándose los gemelos de oro en los puños de la camisa—.
Pensé que ya lo habías hablado con tu socia, Izan.
Al fin y al cabo, esta compraventa es la condición indispensable que ha puesto el comité para aprobar la ampliación de capital de tu club.
Si este contrato no se firma antes del lunes a mediodía, retiramos la financiación de la sede de la Castellana y tus instalaciones entran en concurso de acreedores.
El silencio que cae sobre el taller de Conde Duque es una losa de hormigón armado.
Me giro en redondo hacia Izan.
El aire se me atasca en el pecho. Izan no grita.
No desmiente al inversor de inmediato. No le tira el maletín por la puerta ni lo manda a paseo como esperaba.
Se ha quedado rígido, con la mandíbula apretada hasta el dolor y una sombra espesa de incomodidad y duda cruzándole los ojos claros.
Baja la vista hacia la carpeta abierta sobre la madera un milisegundo antes de volver a mirarme.
Un milisegundo.
Eso es todo lo que necesita mi cerebro para que el suelo se abra bajo mis pies. Las caricias bajo la farola, la devoción desesperada en el sofá a oscuras, el café de puchero por la mañana y los churros compartidos en la acera se desdibujan en una niebla venenosa.
¿Ha sido todo esto una maniobra? ¿Un circo de seducción para ablandarme y salvarle el pellejo financiero a su gimnasio de pijos?
—Izan... —susurro, y el dolor que me raspa la garganta me quema más que cualquier fuego—. Dime que tú no sabías nada de esto.
Él da medio paso hacia mí, estirando la mano con desesperación, pero se frena en seco cuando ve el abismo de desconfianza que acaba de dinamitar el espacio entre los dos.