CAPÍTULO 26
La beta privada es un bombazo
El zumbido de los servidores auxiliares en la cabina técnica se funde con los gritos de euforia que amortiguan los paneles insonorizados.
Tras cuatro días esquivando las miradas intensas de Izan, toreando sus silencios sobre la dichosa reunión con Don Fernando y dejándome las pestañas picando código a deshoras para tener el software a punto, por fin era viernes.
A las diez y cuarto de una noche de verano en Conde Duque, el local no parece un taller de software en pruebas; parece la sala de calderas de una nave espacial en pleno despegue.
Miro el muro de seis pantallas divididas en cuadrículas.
Los diez usuarios seleccionados —cinco frikis de la facultad de informática adictos al código y cinco jugadores expertos en salas de escape de Madrid— están resolviendo el último acertijo de la sala temática en penumbra con las manos pegadas a los sensores biométricos.
Las gráficas telemétricas en tiempo real suben limpias, la caída de tensión simulada ha funcionado como un reloj suizo y el algoritmo de reconocimiento cardíaco no ha registrado ni un solo falso positivo.
—¡Faltan dos minutos, equipo rojo! —la voz de Izan retumba por el sistema de megafonía interna con una potencia y un carisma que harían aplaudir hasta a los porteros de discoteca de la Castellana.
A través de la cámara del vestíbulo lo veo apoyado con descaro contra el marco de la recepción.
Lleva una camiseta técnica negra de manga corta que le ciñe el pecho de atleta como si fuera una segunda piel, unos vaqueros elásticos oscuros y esas zapatillas impecables de edición limitada.
Tiene el micrófono inalámbrico de diadema ajustado a la mandíbula cuadrada, el pelo rubio revuelto y una sonrisa de dientes blancos que podría iluminar media Gran Vía sin necesidad de bombillas.
Ha estado dinamizando a los dos grupos con una soltura bárbara, guiándolos entre bromas castizas, indicaciones justas y ese aire de seguridad física que hace que hasta los programadores más tímidos se sientan capaces de levantar un coche.
¡CLAC!
El electroimán de la puerta principal de la sala temática se desactiva con un golpe seco.
La hoja se abre de par en par y los diez participantes salen al pasillo entre aplausos ensordecedores, carcajadas y felicitaciones.
—¡Brutal, Carla! —grita Marcos, mi colega de desarrollo web, con los ojos como platos mientras se seca la frente—. ¡Lo de tener que acompasar las pulsaciones a oscuras para que ceda el cerrojo magnético es una auténtica salvajada de diseño! ¡De locos!
—¡Y el tío de recepción te mete una presión que te cagas! —añade otra chica con gafas de montura redonda—. ¡Montad esto ya para el público general, que os forráis en dos fines de semana!
Izan choca los puños con todos, reparte pegatinas con el logo de la beta y los acompaña hasta la cancela de salida de Conde Duque con esa cortesía impecable que tiene de serie.
Cuando la última carcajada se disuelve en el adoquín de la calle y la cancela metálica se cierra, el silencio vuelve a caer sobre el local. Un silencio cargado de olor a plástico caliente, a perfume cítrico de hombre y a la adrenalina residual de quien acaba de ganar una final olímpica.
Salgo de la cabina técnica frotándome los ojos tras las gafas XL de carey. Llevo mi falda vaquera elástica de botones delanteros bien ceñida a las caderas de la talla 46 y una camiseta básica de punto negro de escote holgado que deja al descubierto las pecas de mis clavículas.
Izan se quita la diadema del micrófono, la tira sobre la mesa y se gira hacia mí.
—¿Has visto eso, pelirroja? —suelta con los ojos claros deslumbrantes por el entusiasmo—. ¡Sesenta minutos exactos! ¡Ni un solo fallo en la compuerta domótica, ni un segundo de lag en la nube y la gente gritando como si acabaran de salir de la final de la Champions!
—Cero errores de compilación, rubio —digo, dejando escapar un suspiro que me desinfla el pecho entero mientras se me dibuja una sonrisa que no puedo frenar—. Ha salido redondo. De verdad de la buena.
Izan no se conforma con las palabras. Da dos zancadas felinas hacia la nevera pequeña de la trastienda y saca dos botellines de Mahou clásica con el cristal cubierto por una fina capa de escarcha.
Abre las dos chapas contra el borde metálico de la estantería con un gesto seco de muñeca y me tiende uno.
—Por la mejor ingeniera de software de todo Madrid —brinda, chocando su botellín contra el mío con un chasquido rotundo—. Y por la jefa más brillante que he tenido en mi vida.
—Por el animador más exagerado de la Comunidad —replico, dándole un trago largo al lúpulo amargo y frío que me calma el temblor de los labios.
Dejo el botellín sobre el mostrador, pero antes de que me dé tiempo a dar un paso atrás, las manos de Izan me atrapan la cintura por los costados. No avisa.
Sus dedos anchos se hunden en mi carne con una fuerza limpia e insolente que me arranca un chillido ahogado y me alza en volandas del suelo sin el más mínimo esfuerzo.
Me sube en vilo y me sienta de golpe sobre la madera del mostrador de recepción, barriendo de un empujón los folletos de la beta y los albaranes de los sensores.
—¡Izan, los papeles! —protesto, riéndome con las mejillas encendidas.
—Al diablo los papeles, Carla —gruñe él con la voz completamente rota por la euforia.
Se mete entre mis piernas abiertas, obligándome a rodearle las caderas con mis muslos rotundos.
La fricción de su pelvis contra la mía borra cualquier rastro de decoro profesional.
Sus manos grandes no titubean: suben por debajo de mi falda vaquera, clavándose en la piel desnuda y caliente de mis piernas para anclarme a su torso de piedra.
Se inclina hacia delante y su boca se estrella contra la mía en un beso hambriento, salvaje y descarado.
Me sabe a cerveza fría, a victoria compartida y a esa devoción primitiva que me nubla el juicio cada vez que me toca.
Le enredo los dedos en el pelo rubio de la nuca, tirando de él mientras mi espalda arqueada busca el roce abrasador de su camiseta mojada de sudor contra mis pechos.
—Eres increíble, joder... —murmura él contra mis labios entrecortados, mordiéndome suavemente el labio inferior antes de volver a devorarme—. Lo hemos reventado, Carla. Tú y yo.
—Tú y yo —repito sin aliento, pegando mi frente a la suya mientras me tiemblan las pestañas por la intensidad del momento.
Entonces, la campanilla de la cancela tintinea con violencia.
La puerta de cristal de la calle Conde Duque se abre de golpe, rebotando contra el tope del suelo sin que nadie haya llamado al timbre ni pedido permiso.
El frío de la calle corta la burbuja térmica del vestíbulo.
Freno en seco, apartando la boca de la de Izan. Mis piernas siguen enredadas en sus caderas y la mano de él permanece posesivamente enterrada bajo mi falda. Giramos la cabeza al unísono hacia el umbral de entrada.
Bajo la luz blanca de los tubos fluorescentes de la recepción hay un hombre de unos cincuenta años, alto, impecablemente peinado con gomina hacia atrás y enfundado en un traje sastre gris marengo de tres piezas con corbata de seda azul marino.
Lleva un maletín de cuero italiano en la mano derecha y una gabardina doblada al brazo.
Nos mira con una expresión afilada, impasible, y una sonrisa gélida que no llega a rozarle los ojos.
Roberto Santamaría, el inversor estrella y socio mayoritario del fondo de Apex Performance.
—Vaya, qué conmovedora escena de celebración obrera —dice con un tono aristocrático y seco que hiela el aire de la habitación—.
Espero no interrumpir el reparto de dividendos, Serrano.
Tenemos que hablar sobre la propiedad de las patentes que Don Fernando vio el otro día en esta acera.
Despacha a tu empleada y vámonos a mi coche.
La mandíbula de Izan se tensa con un chasquido sordo que me hace vibrar la piel de los muslos.