CAPÍTULO 25
Mancuernas vacías al cierre del gimnasio
A medianoche, el Paseo de la Castellana parece una pista de aterrizaje desierta flanqueada por rascacielos de cristal oscuro y farolas de luz blanca que no perdonan nada. El bochorno del asfalto aún sube en oleadas, pero dentro de Apex Performance el silencio impone respeto.
Empujo la puerta acristalada que Izan me ha dejado entornada con la tarjeta magnética de servicio.
La nave principal de entrenamiento es inmensa, cavernosa y está casi en penumbra.
Solo tres focos halógenos de cortesía alumbran la zona de peso libre, recortando hileras interminables de mancuernas cromadas que brillan como lingotes fríos.
Huele a caucho vulcanizado, a magnesio en polvo y a ese desinfectante cítrico tan caro que usan para limpiar las máquinas suizas.
Y en mitad de ese santuario desierto, está él.
Izan cuelga de la barra alta de dominadas.
Su espalda, ancha y esculpida como un bajorrelieve clásico, se tensa en una contracción perfecta que hace bailar los dorsales bajo una fina película de sudor brillante.
Lleva únicamente un pantalón corto de compresión negro; ni camiseta, ni toalla, ni adornos.
Sube la barbilla por encima del hierro con un esfuerzo sordo, baja despacio marcando cada músculo y repite la serie con una facilidad insultante.
El impacto visual me frena en seco junto a la columna de carga.
Madre mía del amor hermoso. Si alguna vez me da un infarto en este club, que pongan esta vista en mi esquela.
El sonido de mis suelas sobre el suelo engomado delata mi presencia.
Izan suelta la barra de golpe y cae sobre la lona con la agilidad silenciosa de un felino de presa.
Se gira hacia mí jadeando suavemente, pasándose el antebrazo por la frente para retirar los mechones rubios empapados.
Al verme parada allí con la mochila en la mano y mis gafas XL de carey reflejando la penumbra, la expresión concentrada de atleta de élite se le desarma por completo.
Despliega esa sonrisa cansada, íntima y rendida que solo tiene cuando estamos a solas.
—Has venido, pelirroja —dice con voz ronca, acortando los metros que nos separan con zancadas tranquilas.
—Te dije que te traía los esquemas de la base de datos antes de que cerraras los servidores —replico, tratando de mantener mi tono pragmático de programadora mientras el calor limpio de su cuerpo empieza a invadir mi espacio vital—.
Aunque veo que estabas muy ocupado reventando el récord olímpico de la Castellana.
Izan no responde con chulerías. Al llegar a mi altura, me quita la mochila de la mano con una suavidad pasmosa, la deja caer al suelo sin mirar y me toma de la cintura para guiarme hacia uno de los bancos tapizados de cuero negro.
Nos sentamos juntos, hombro con hombro. Su piel arde, desprendiendo ese olor a menta fresca, madera y esfuerzo real que me nubla el juicio en tres segundos.
Apoya los codos en las rodillas y mira hacia el espejo frontal gigante, donde nuestras dos figuras quedan reflejadas: su metro ochenta y cinco de pura fibra dorada sentado junto a la contundencia rotunda de mis curvas, mi melena cobriza revuelta y mis pecas iluminadas por la luz cenital.
—Estoy harto, Carla —suelta de pronto, y el tono es tan crudo, tan desprovisto de esa máscara brillante de entrenador estrella, que se me encoge el corazón.
—¿De entrenar a deshoras?
—De todo esto —hace un gesto vago hacia las máquinas mudas y los carteles publicitarios con fotos de modelos retocadas con aerógrafo—.
De vender una mentira que asfixia a la gente.
Aquí vienen ejecutivos con el colesterol por las nubes y señoras de Serrano que se gastan cuatro mil euros al mes para que les diga cómo tener un cuerpo que en el fondo odian.
Nadie busca salud ni bienestar; buscan un pase VIP para sentirse por encima del resto.
Y yo... yo me convertí en el muñeco perfecto para ese escaparate.
Trago saliva, escuchando el eco de su respiración rebotar contra los cristales.
—Izan, tú eres el mejor en lo tuyo...
—No, escúchame —me corta despacio, girándose en el banco para quedar frente a mí.
Clava sus ojos claros en los míos con una intensidad desarmada—.
Con Vanessa fue peor. No había ni un ápice de verdad.
Me utilizaba como un complemento en sus vídeos para cerrar patrocinios de suplementos y batidos de mierda.
Para ella yo era unos abdominales simétricos y una mandíbula para las fotos de parejas fitness en Bali.
Llegué a pensar que nadie iba a mirarme nunca más allá de este chasis.
Alarga su mano grande y áspera por los callos de las mancuernas. Sus dedos calientes se posan en mi mandíbula, acariciando la línea suave de mi mejilla con una devoción tan limpia que se me hace un nudo en la garganta.
—Y entonces llegaste tú con tus zapatillas de lona, tus cajas de cables y ese descaro de barrio que no compra nadie con dinero —continúa en un susurro quebrado que me eriza la piel—.
Llegaste tú con esa mente brillante que me deja en ridículo a la primera frase y con este cuerpo...
con estas curvas tuyas monumentales que me devuelven a la vida cada vez que te toco.
A tu lado no tengo que fingir nada, Carla.
A tu lado siento que por fin respiro aire limpio.
La vulnerabilidad en sus palabras me desarma todas las defensas que me quedaban en pie. Ya no hay miedos de talla, ni complejos de friki de extrarradio, ni armaduras de código. Solo dos personas desnudándose el alma en mitad de una sala de entrenamiento a oscuras.
Izan acerca su rostro despacio.
Me sostiene la cara con ambas manos, hundiendo los pulgares con infinita ternura en mis sienes pecosas, y me besa.
No es el beso voraz y urgente del portal; es una entrega pausada, honda, cargada de una reverencia silenciosa que me sabe a promesa y a verdad compartida.
Sus labios húmedos y tibios se mueven sobre los míos con un compás tranquilo que me hace suspirar contra su boca, mientras mis dedos suben por sus costillas desnudas para aferrarse a la firmeza de sus hombros sudados.
El eco de nuestro beso se funde con el zumbido lejano del aire acondicionado.
Pero la calma dura lo que tarda un relé en dispararse.
Al fondo del pasillo, sobre el mostrador de mármol blanco de la recepción desierta, la pantalla panorámica del ordenador central cobra vida con un destello azulado.
¡Ding!
Un tono de notificación corporativa resuena en la nave vacía, amplificado por la acústica cavernosa de los techos altos. En el centro del monitor parpadea en rojo una alerta prioritaria de la bandeja de entrada:
DE: GERENCIA GENERAL / FONDO INVERSOR APEX (D. FERNANDO)
PARA: IZAN SERRANO - DIRECCIÓN TÉCNICA
ASUNTO: URGENTE - CONVOCATORIA EXTRAORDINARIA DERECHOS PROPIEDAD INTELECTUAL APP Y COLABORACIÓN ESCAPE ROOM
Izan frena el beso despacio, sin apartar la frente de la mía, pero la mandíbula se le tensa en una línea dura como el acero al escuchar el aviso.
La tregua ha terminado. Los trajes de corbata de la Castellana han decidido entrar en la partida.