CAPÍTULO 24
De la mano por conde duque sin testigos
El cielo de Madrid a las seis y media de la tarde lucía ese azul limpio, rotundo e insolente que parecía pintado al óleo por Velázquez.
Dejaba atrás el asfalto recalentado de la Castellana y el ambiente aséptico de los gimnasios pijos para devolvernos a la escala humana de aceras estrechas, portales con historia y olor a café torrefacto saliendo de los bares de siempre.
A mi lado, Izan Serrano parecía otro hombre.
Llevaba unas deportivas desgastadas de edición limitada, vaqueros oscuros rectos y una sudadera gris claro con las mangas remangadas hasta los codos, dejando a la vista esos antebrazos fibrosos y venosos que tantas veces me habían dejado sin respiración en la penumbra del taller.
Caminaba con un paso lento, elástico y relajado, con los hombros bajos y la mirada curiosa clavada en las fachadas de ladrillo visto y balcones de hierro forjado.
No había rastro de la prisa ejecutiva de Serrano ni de esa compostura forzada que le exigían sus socios millonarios.
—La gente aquí camina despacio, Carla —dijo él, volviendo el rostro hacia mí con esa sonrisa luminosa que arrugaba las comisuras de sus ojos claros—. En mi acera todo el mundo parece estar huyendo de un embargo o persiguiendo una prima de beneficios.
—Esto es Conde Duque, rubio —repliqué, dándole un suave codazo de camaradería mientras cruzábamos frente al cuartel—. Aquí la gente vive, no hace audiciones para salir en una revista.
Izan soltó una carcajada limpia que resonó en la esquina. Y entonces, con una naturalidad pasmosa que me paralizó la glotis, estiró el brazo derecho hacia abajo.
Deslizó sus dedos largos y ásperos entre los míos.
No fue un roce fugaz ni un agarre de compromiso para cruzar el paso de peatones. Entrelazó su mano con la mía, apretando la palma caliente y llena de callosidades contra mi piel suave con una firmeza incuestionable.
Sentí el latigazo térmico subiéndome por la muñeca hasta alojarse en el fondo del estómago.
Por puro acto reflejo, giré el cuello a ambos lados.
Busqué con la mirada si había algún fotógrafo indiscreto, clientas del club o algún coche de la alta sociedad patrullando la zona.
Pero no había nadie fuera de lo común: doña Carmen paseaba a su teckel con impermeable, el quiosquero colocaba las revistas de la tarde y dos señoras charlaban animadamente junto a la frutería.
Nadie nos prestaba la menor atención.
—¿Qué buscas por ahí, paranoica? —preguntó Izan con voz ronca y divertida, tirando suavemente de mis dedos para pegarme un poco más a su costado.
—Comprobaba si teníamos público, genio —mascullé, tragando saliva para disimular el sofoco que me teñía las pecas de carmín—. En el contrato de la libreta no había ninguna cláusula sobre pasear de la mano por el barrio un lunes por la tarde.
—Esa libreta ardió anoche en el sofá de tu taller, Carla —me espetó él sin pestañear, clavando sus pupilas en las mías con una fijeza que me desarmó por completo—. Y si te agarro la mano es porque me da la real gana, no para montar ningún circo.
El corazón me dio un brinco en el pecho, pero antes de que pudiera buscar una réplica sarcástica para esconderme, un olor denso, glorioso e inconfundible nos frenó en seco.
Aroma embriagador a masa frita crujiente, aceite limpio de oliva hirviendo a borbotones y chocolate espeso con canela.
—Frena los caballos —ordenó Izan, deteniéndose ante la cristalera impoluta de una churrería de toda la vida, con sus azulejos blancos biselados y el escaparate metálico donde humeaba una rueda recién sacada de la freidora—. Dime que ese olor sale de ahí dentro.
—Es la mejor churrería de este distrito postal, majo —dije con orgullo de barrio—. Pero te recuerdo que tú vives de pechuga hervida y batidos verdes de espinacas. Como tus clientes te huelan a grasa te retiran el carné de entrenador estrella de la Castellana.
—Que le den morcilla a mis clientes y a los batidos verdes —zanjó él con un brillo pícaro en la mirada—. Dos docenas de churros y una taza de chocolate para compartir en la mesa alta de la acera. Venga, pide tú mientras me peleo con el taburete.
Tres minutos después estábamos plantados junto a una mesa redonda de chapa en mitad de la acera.
El plato de cerámica blanca contenía una montaña humeante de churros dorados, crujientes por fuera y tiernos por dentro, junto a un tazón humeante de chocolate oscuro y denso que olía a pura gloria bendita.
Izan cogió un churro sin dudarlo. Lo sumergió en el chocolate hasta cubrir la mitad y, en lugar de llevárselo a su propia boca, lo sostuvo en el aire, acercándolo a mis labios con deliberada parsimonia.
—Abre la boca, pelirroja —ordenó con suavidad, con una voz profunda que me provocó un escalofrío inmediato en el vientre.
—Sé comer sola, rubio...
—Que abras la boca, Carla.
Obedecí, hipnotizada por la intensidad de sus ojos.
Mordí la masa caliente; el crujido salado de la fritura mezclado con la dulzura amarga del cacao caliente me inundó el paladar en una explosión deliciosa.
Sin embargo, la densidad del chocolate hizo que una gota espesa me manchara la comisura derecha del labio.
Iba a buscar una servilleta de papel con la mano izquierda, pero Izan fue más rápido.
Dejó el resto del churro en el plato y levantó su mano derecha.
Su pulgar, firme y caliente, se posó con infinita lentitud sobre mi labio inferior, deslizándose despacio para retirar la mancha de chocolate.
La yema rugosa de su dedo me rozó la piel húmeda con una cadencia deliberada que me cortó la respiración.
Luego, sin apartar la mirada de mis ojos, se llevó el pulgar a los labios y se lo chupó con un descaro tan sensual y provocador que sentí que la falda vaquera me apretaba las caderas de golpe.
—Riquísimo —murmuró, con la voz rota por una devoción tan tangible que el ruido del tráfico pareció desvanecerse.
Tragué saliva, incapaz de mover un solo músculo.
—Eres un peligro público, Izan Serrano —susurré con un hilo de voz que intentó ser firme y se quedó en temblor.
Él apoyó los codos en la mesa alta, acortando el espacio hasta que su olor a cedro y menta se fundió con el chocolate.
—Me gusta esto, Carla —dijo, y la media sonrisa burlona desapareció, sustituida por una verdad aplastante que le iluminaba las facciones—. Tú, yo, el asfalto de tu calle y cero tonterías de apariencias. Aquí no hay poses que mantener.
Una oleada cálida y salvaje de alivio me recorrió el pecho, derritiendo las últimas defensas que me quedaban en pie. Estaba a punto de sonreírle y decirle que a mí también me gustaba esa versión suya sin filtros cuando un destello metálico llamó mi atención desde la calzada.
Por el rabillo del ojo vi cómo un sedán de alta gama negro azabache, con cristales tintados y matrícula del barrio de Salamanca, aminoraba la marcha bruscamente junto a nuestra acera.
La ventanilla del copiloto bajó apenas tres centímetros.
Dentro, con traje gris marengo y gafas de carey idénticas a las mías pero firmadas por un diseñador italiano, asomaba el rostro serio y escrutador de Don Fernando, el inversor principal de Apex Performance.
Sus ojos pasaron del plato grasiento de churros a la mano de Izan apoyada con posesión sobre mi muñeca.
El coche se detuvo un instante y luego aceleró con un zumbido sordo calle arriba.
El estómago se me encogió en un nudo frío: el mundo de la Castellana acababa de invadir mi trinchera.