El juego de la tentación (Chicas de barrio nº 9) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Confesión en ráfaga a las pecadoras

El beso de despedida de Izan en el quicio de la puerta de mi ático de Conde Duque no fue un beso de cortesía entre socios; fue una demolición programada con premeditación y alevosía.

Me agarró de la nuca con esa mano grande y caliente de levantar pesas, me pegó a su pecho un segundo entero y me selló la boca con una lentitud tan salvaje que las rodillas me temblaron como si se me hubiera caído el servidor central.

—A las diez tengo sesión en la Castellana, Carla —murmuró rozándome los labios hinchados con los suyos—. Luego vengo a buscarte. No te escapes.

La puerta de madera se cerró con un chasquido seco.

Me quedé allí clavada, descalza sobre la tarima de pino, vistiendo todavía su camiseta técnica gris marengo que me tapaba media pierna y me rozaba la piel sensible de las caderas de la talla 46.

En cuanto sus pasos atléticos dejaron de oírse escaleras abajo, el pánico escénico me cayó encima como una losa de hormigón.

La has liado, Carla María. Pero liada a nivel nuclear.

Caminé a trompicones hacia el sofá, me dejé caer de espaldas entre los cojines y agarré el teléfono móvil de la mesa de centro con las dos manos temblándome a doscientas pulsaciones por minuto. La taza de café de puchero humeaba con desgana al lado, pero a mí se me había cerrado el estómago.

Abrí WhatsApp con dedos torpes. Busqué el grupo que gobernaba mi salud mental y disparé el comando de socorro sin respirar:

[Carla]: Chicas, se me ha caído el servidor. Anoche nos quedamos encerrados en el taller y... pasaron cosas. Muchas cosas.

El teléfono convulsionó sobre mi regazo antes de que pudiera parpadear. El chat explotó en una ráfaga simultánea que casi me desconfigura la pantalla:

[Martina]: ¡¡¡LO SABÍA!!! ¡¡¡QUE ME DA ALGO AQUÍ EN LA AGENCIA!!! ¡Adrián, quítate del medio y tráeme una tila que la pelirroja ha triunfado! ¡LO SABÍA PORQUE YO LO SÉ TODO!

[Lucía]: ¡Olé ese chasis! ¡Vaya pibón de maromo te has agenciado, joder! Cuéntalo todo con pelos y señales. ¿Esos bíceps aprietan como parece o qué? ¡Que me tienes en ascuas en el obrador!

[Elena]: Por favor, confirmadme que el consentimiento fue explícito e inequívoco. Aunque conociendo tu carácter, me alegro infinitamente por ti, Carla. Disfruta de la situación con cautela procesal.

[Bea]: ¡Ay, mi niña! Te mando una docena de palmeras de hojaldre por repartidor ahora mismo para asimilar el shock. ¡Viva el amor y vivan los cuerpos serranos bien alimentados! ¡Que no te falte azúcar en vena!

[Valeria]: Qué ilusión, Carla... Disfrútalo sin pensar en lo que vendrá después. Te mereces que te miren como a una reina y que te quieran con cada una de tus curvas.

[Sara]: otro drama en directo. martina hiperventilando y carla con cara de no saber si reiniciar el módem. a ver, programadora, suelta prenda: ¿el rubio sabe lo que hace o es puro postureo de gimnasio?

Me ajusté las gafas XL de carey con el dedo corazón y tragué saliva, sintiendo que las mejillas me ardían bajo las pecas. Las manos me sudaban sobre el cristal. Era el momento de soltar el bicho que llevaba royéndome las entrañas desde que vi la luz del sol entrar por la ventana.

[Carla]: Sabe lo que hace... Vaya si lo sabe.

Ese no es el problema. El problema es que me he vuelto loca.

Izan vive en un escaparate de la Castellana rodeado de tías de catálogo, con clientas que no pasan de la talla 36 y exnovias que comen batidos de aire.

Yo soy una friki de Conde Duque con curvas de la talla 46, vivo entre soldadores y no sé moverme en su mundo de postureo.

¿Y si para él esto solo ha sido un calentón por la adrenalina del encierro? No pinto nada en su vida de Serrano.

El chat se quedó mudo durante cuatro segundos eternos.

Y entonces, la pantalla se congeló para dar paso a una barra de audio verde de cuarenta segundos.

Martina.

Le di al play con el corazón en la garganta. La voz de mi excompañera de facultad atronó en el salón abuhardillado con el eco firme de quien no piensa tolerar tonterías de trinchera:

—Carla María, escúchame muy bien y límpiate las orejas —soltó Martina con tono de ultimátum, mientras de fondo se escuchaba a Adrián suspirar con resignación en el despacho de Gran Vía—.

Izan Serrano no está contigo por tu código postal ni por tus dioptrías.

Ni te ha llevado a su cama por caridad ni por la adrenalina de tus acertijos a oscuras.

Ese maromo está colgado de ti hasta las trancas porque le has prendido fuego a su vida gris de postureo.

Ha visto tus caderas, ha visto tu cabeza y se le han caído los palos del sombrajo.

Deja de boicotearte con la dichosa talla y de esconderte detrás de los cables, que estás para hacerte un monumento en la Plaza de España.

¡Como vuelva a leerte una sola duda sobre lo que vales, me planto en tu buhardilla con las tijeras del pan y te quito el miedo a bofetadas!

El audio se cortó con un golpe seco sobre la mesa de la agencia.

Solté un suspiro tembloroso, largo y limpio, que me desinfló el pecho.

Apoyé la cabeza en el respaldo del sofá, cerrando los ojos con una sonrisa boba asomando por la comisura de los labios.

La tribu de mujeres reales no te dejaba caer; te arreaba una colleja cariñosa y te ponía en pie antes de que te diera tiempo a cavar una trinchera.

En ese preciso instante, la parte superior de la pantalla desplegó una notificación privada.

Un mensaje individual de un número que ya no necesitaba mirar para saber de quién era:

«Ponte zapatillas cómodas esta tarde. Nos vamos a merendar por el barrio y no acepto excusas de trabajo».

El calor me subió directo desde el bajo vientre. Me mordí el labio inferior, sintiendo el aroma residual a cedro de su camiseta abrazándome la piel, y tecleé una respuesta corta con la barbilla bien alta:

«Pagas tú, rubio».