CAPÍTULO 22
Desayuno con ojeras y café de puchero
La luz de las ocho de la mañana en Madrid no entra con timidez; se cuela a lo bestia por los tragaluces inclinados de mi ático en Conde Duque, proyectando franjas doradas y limpias que hacen brillar cada veta de la tarima de pino viejo.
Parpadeé despacio contra la almohada, desorientada durante dos segundos hasta que el cuerpo me pasó la factura de la noche anterior: un dolor muscular delicioso en la cara interna de los muslos, la piel de los hombros pecosos hipersensible y una pesadez tibia en las caderas que me confirmó que lo del sofá no había sido ningún sueño provocado por un fallo del sistema.
Apenas recordaba el viaje de vuelta desde el taller.
A las cuatro de la madrugada, cuando el sudor se nos enfrió sobre la piel desnuda y el cuero viejo del tresillo amenazaba con destrozarnos las lumbares para los restos, Izan me había obligado a buscar la ropa a tientas entre cajas de conectores y cables sueltos.
Me había ayudado a embutirme las bragas y el peto entre risas tontas y tropiezos, me había plantado su camiseta gris por la cabeza y me había subido en volandas por los cuatro tramos de escalera de mi edificio para traerme a una cama de verdad, jurando entre dientes que mis curvas merecían un colchón de primera y no un banco de tortura de la posguerra.
Me revolví entre las sábanas de lino deshechas.
Llevaba puesta únicamente esa camiseta técnica gris marengo suya, una prenda de algodón elástico de primera calidad que en su torso de un metro ochenta y cinco quedaba ceñida como un guante, pero que a mí me cubría holgadamente hasta la mitad del muslo, dibujando sin apretar la curvatura rotunda de mi talla 46.
Olía a él de una forma casi insultante: madera, sándalo cálido y ese mentol limpio que ya se me había instalado en las neuronas para los restos.
Desde la cocina abierta, separada del dormitorio por una barra de ladrillo visto, llegaba un borboteo rítmico y familiar.
Me incorporé sobre los codos, apartándome la melena cobriza de los ojos.
Izan estaba de espaldas, descalzo, vistiendo solo su pantalón de chándal gris, caído peligrosamente sobre la curva de sus caderas estrechas.
El espectáculo de sus dorsales moviéndose bajo la luz matutina, anchos y dorados, era para denunciarlo en comisaría.
Tarareaba entre dientes una canción pop pegadiza que sonaba por la radio pequeña del alféizar, moviendo los hombros con una soltura doméstica tan insultante que parecía llevar viviendo en mi buhardilla desde la época de la Movida.
—Ese puchero es una reliquia de mi abuela, rubio —solté con la voz ronca, pastosa por el sueño, arrastrando las palabras—. Como le quemes el culo de porcelana, te cobro el desperfecto en horas de entrenamiento.
Izan se giró despacio, sujetando una cuchara de madera.
Al verme asomar entre las sábanas, los ojos claros se le iluminaron con esa chispa canalla y luminosa que me desarmaba cada vez.
Me recorrió de arriba abajo, deteniéndose en el escote de su propia camiseta resbalando por mi clavícula pecosa y en el volumen generoso de mis piernas desnudas sobre el colchón.
—Buenos días, dormilona —dijo, apoyando la cadera en el mueble con una sonrisa de oreja a oreja—.
Tu puchero está intacto. Y el café está colado como Dios manda, con su poso y su aroma a café de verdad, nada de cápsulas modernas de esas que saben a plástico.
Venga, arriba, que las tostadas se enfrían.
Salí de la cama con las piernas ligeramente temblorosas.
El frío de la madera bajo las plantas de los pies me arrancó un estremecimiento, pero en cuanto di tres pasos hacia la mesa baja del salón, el calor que desprendía el cuerpo de Izan al cruzarse en mi camino me envolvió de lleno.
Me rodeó la cintura con un brazo sin pedir permiso, atrayéndome hacia su pecho desnudo para plantarme un beso sonoro y húmedo en la coronilla.
—Tienes cara de haber dormido tres horas —se mofó con ternura, rozándome la nariz con la suya.
—Tú tienes la culpa, pedazo de animal —mascullé, pero la sonrisa boba se me escapó antes de poder frenarla—. Me has dejado el chasis para el desguace.
Nos sentamos en los cojines grandes del suelo, alrededor de la mesa baja de centro.
Había tostado una hogaza entera de pan de pueblo, restregada con tomate de huerta y un chorro generoso de aceite de oliva virgen extra que brillaba bajo el sol de Madrid.
Entre sorbo y sorbo de café ardiente, Izan estiró su pierna derecha por debajo de la madera, rozando con la dureza de su empeine la suavidad de mi pantorrilla desnuda.
Cada roce era una descarga eléctrica pequeña y tibia, una complicidad tan perfecta, tan orgánica y fácil, que durante veinte minutos me creí que éramos dos personas normales viviendo una mañana de lunes cualquiera.
Hasta que bajé la mirada hacia la esquina del salón.
Apoyada junto al mueble de la televisión descansaba la mochila deportiva de cuero negro de Izan. Y justo al lado, sobre el revistero, destacaban las tapas duras de mi libreta técnica, con la esquina doblada y el bolígrafo de cuatro colores enganchado en el lomo.
El pacto.
El estómago se me cerró en un nudo de plomo tan violento que casi me atraganto con la corteza de pan.
La cláusula de «cero derecho a roce fuera de guion». El límite de dos eventos sociales para torear a la ex influencer. El intercambio estrictamente comercial de la aplicación de Apex Performance a cambio de los sensores biométricos para mi Escape Room.
Habíamos pulverizado cada línea, cada condición y cada norma de seguridad en cuestión de horas. La farsa profesional no es que se hubiera desdibujado; es que había saltado por los aires como un condensador quemado en mitad de la noche.
¿Y ahora qué, Carla?, me taladró una voz cínica y helada en el fondo del cerebro.
¿Te crees que este maromo de portada de revista va a quedarse aquí cuando se pase la resaca de adrenalina?
Anoche estabais a oscuras, encerrados, muertos de ganas...
Pero la luz de la mañana no perdona. Fuera de esa sala temática, tú sigues siendo una informática de barrio con curvas de la talla 46 y él sigue siendo el entrenador de los pijos de Serrano.
La rigidez se me instaló en la espalda de golpe. Retiré la pierna de debajo de la mesa despacio, cortando el contacto con su piel, y apreté los dedos alrededor de la taza humeante de loza.
Izan notó el cambio al segundo. Dejó la tostada en el plato, frunció el ceño con preocupación y estiró la mano para apartarme con infinita delicadeza un mechón cobrizo que se me había pegado a la mejilla pecosa.
—¿Qué pasa por esa cabeza brillante, Carla? —preguntó en un susurro dulce, cargado de una paciencia que me hizo sentir aún más vulnerable.
Forcé una sonrisa torpe, bajando la vista al plato para no delatarme tras la falta de mis gafas de carey.
—Nada... cosas del curro —mentí con un hilo de voz hueco—. Que hoy entran los primeros betatesters al local y se me acumula el jaleo.
Izan me miró en silencio durante tres segundos interminables, con sus ojos claros escaneándome el alma, mientras en mi pecho una sirena de alarma berreaba a todo volumen: el peligro real no era que el pacto hubiera caducado; el peligro era que me estaba enamorando como una idiota de un hombre que tarde o temprano recordaría a qué mundo pertenecía.