El juego de la tentación (Chicas de barrio nº 9) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Tu geografía es mi juego favorito

El cuero gastado del sofá del taller cruje bajo mi peso, frío durante medio segundo hasta que el calor arrollador del cuerpo de Izan borra cualquier rastro de invierno en este rincón de Conde Duque.

La claraboya industrial del techo filtra una luz ámbar, limpia y tibia, proyectando las sombras de las farolas madrileñas sobre el suelo de tarima.

Izan no me da tiempo ni a parpadear tras la carrera desde la sala de escape.

Se arrodilla entre mis piernas abiertas, mirándome como si contemplara el mayor descubrimiento de toda su carrera.

Su torso ancho, esculpido y dorado, sube y baja al compás de una respiración densa, mientras sus ojos claros me escanean despacio, sin prisa, devorando cada rincón de mi anatomía.

—Ni se te ocurra taparte, Carla —murmura con una voz ronca, rota por una devoción salvaje que me desarma de cuajo.

Sus dedos grandes y ásperos por las barras de gimnasio buscan el cierre delantero de mi sujetador de encaje granate. Salta con un clic suave. La tela cede y mis pechos caen libres, generosos, llenos y marcados por las pecas que me salpican la piel.

Izan suelta un taco entre dientes, cerrando los ojos un instante antes de volver a clavarlos en mi escote. No hay prisa. No hay torpeza. Sus dos palmas inmensas y ardientes se posan bajo mis senos, sopesando su volumen con una firmeza reverencial que me hace arquear la columna.

—Madre mía... qué barbaridad —dice en un susurro áspero que me quema los oídos—. ¿Tú eres consciente del monumento que tienes aquí montado, pelirroja?

—Izan... —gimo, intentando aferrarme a un resto de control.

No me deja terminar. Baja la cabeza con lentitud y su boca reclama mi piel.

La lengua caliente me rodea el pezón con una cadencia deliberada, succionando con un hambre pausada y profunda que envía una corriente eléctrica directa al bajo vientre.

Mis manos suben por instinto a su pelo rubio revuelto, tirando de los mechones mientras arqueo la espalda contra los almohadones del sofá.

Las caricias bajan. Su mano derecha se desliza por mis costillas, deteniéndose en la plenitud rotunda de mi vientre.

Hunde las yemas de los dedos en la suavidad de mi carne, sin vacilar, sin saltarse una sola curva.

Me recorre la piel con una cadencia firme, dibujando con el pulgar la cresta de mi cadera de la talla 46.

—Tanta tontería con las dietas de las narices en la Castellana y resulta que la gloria bendita era esto —masculla contra mi cuello, besándome la comisura de la mandíbula antes de morder con suavidad el lóbulo de mi oreja—. Pura carne de verdad. Toda para mí.

Mis vaqueros y mis braguitas ya son historia, abandonados en una esquina del suelo junto a sus pantalones técnicos.

La brisa fresca que entra por el respiradero de la pared acaricia mis muslos desnudos, pero el frío dura un suspiro: los dedos de Izan se abren paso por la cara interna de mis piernas, separándolas con una delicadeza firme que me hace perder el sentido.

Toca mi humedad con un roce lento, seguro, arrancándome un gemido agudo que rebota contra las vigas de hierro del local.

—Mírame, Carla —ordena con dulzura implacable.

Abro los ojos. Entre la penumbra ámbar, su rostro está tenso por la contención. Se acomoda sobre mí, apoyando los antebrazos a ambos lados de mi cabeza para no aplastarme con sus ochenta y cinco kilos de puro músculo, pero buscando el contacto total.

Cuando entra en mí, lo hace despacio, con una profundidad que me llena por completo y me corta la respiración.

Un temblor compartido nos sacude de arriba abajo.

Mis uñas se clavan en la carne firme de sus hombros y cruzo los tobillos en la parte baja de su espalda para anclarlo a mi cuerpo.

La fricción de su piel sudada contra mis pechos y la presión de sus caderas marcando un compás pausado y rotundo rompen cualquier defensa que me quedara en pie.

—No hay acertijo que supere esto —gruñe Izan contra mis labios, acelerando el ritmo con una sincronía perfecta que me arrastra al borde del precipicio—. Eres perfecta, joder. Eres mi sitio en Madrid.

El clímax me alcanza como una tormenta eléctrica, sacudiéndome las caderas en espasmos continuos mientras grito su nombre contra su hombro.

Izan aprieta las manos en la carne de mis nalgas, hunde la cadera por última vez con un gemido sordo que le nace del fondo del pecho y se derrama en mi interior mientras su frente queda pegada a la mía, jadeando al unísono.

Pasan los minutos y el silencio de Conde Duque vuelve a llenar la estancia, roto solo por el crujido suave del cuero viejo y el rumor de nuestras respiraciones acompasadas.

Izan no se aparta. Se deja caer de costado, arrastrándome consigo sin soltarme de su abrazo.

Pasa un brazo pesado sobre mi cintura, acomodando mi cabeza en el hueco de su hombro y hundiendo la nariz en mi melena cobriza revuelta.

Suelta un suspiro largo, limpio, de alivio absoluto.

—El mejor acertijo de mi vida, pelirroja —dice con voz pastosa y tranquila, acariciándome la curva de la cadera con el pulgar cansado—. Y de aquí no pienso salir ni con orden judicial.

Sonrío contra su piel caliente, cerrando los ojos y sintiendo que, por primera vez en treinta años, no necesito ningún cortafuegos para estar a salvo.