El juego de la tentación (Chicas de barrio nº 9) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Candados rotos y defensas desarmadas

En mitad de esa negrura ciega y líquida, con el eco sordo de mi propia voz flotando entre las paredes insonorizadas de Conde Duque, no hubo ni un segundo de tregua.

Alcé los dos brazos. Mis dedos temblorosos se abrieron paso a tientas en el aire espeso hasta enredarse en el pelo corto de su nuca, áspero por la salitre seca del entrenamiento y caliente como el motor de un autobús en plena Gran Vía.

Tiré de él hacia abajo con toda la rabia acumulada de estas semanas, pegando mi boca a la suya.

—Ni se te ocurra parar, rubio —le susurré contra los labios, con una firmeza que me sorprendió hasta a mí.

La colisión fue una bomba de racimo.

Izan soltó un gruñido ronco, salvaje y primitivo que me retumbó en las muelas, dio un paso al frente y me empujó con una contundencia impecable contra los paneles acolchados de la sala temática.

La estructura de madera crujió a mi espalda, pero no sentí el golpe: su cuerpo de atleta me cubrió por completo, aplastándome de frente en un abrazo de puro músculo.

Su lengua barrió la mía con un hambre voraz, desesperada, como si llevara días muriéndose de sed en mitad de la Castellana. Me devoraba la boca ladeando la cabeza, intercalando besos húmedos y profundos con jadeos calientes que me quemaban la piel de las mejillas pecosas.

—No pensaba parar, Carla... —masculló entre beso y beso, con la voz rota por una devoción descarada—. Antes me parto los brazos que soltarte.

Sus manos grandes no titubearon ni un segundo en la oscuridad.

Bajaron firmes por mi espalda, devorando la tela elástica del peto hasta posarse en la curvatura monumental de mis caderas de la talla 46.

Clavó las palmas con posesión absoluta, apretando la masa viva de mi carne sin pedir disculpas ni andarse con remilgos de gimnasio pijo, hundiéndose en mis curvas como si acabara de encontrar el único sitio de Madrid donde valía la pena quedarse a vivir.

El aire se volvió denso, saturado de serrín limpio, sándalo y ese aroma cítrico de su colonia que me tenía el sistema operativo frito.

Con un movimiento seco y seguro, Izan se desprendió de su sudadera técnica en la penumbra. Escuché la tela caer al suelo acolchado. Acto seguido, sus manos ardientes regresaron a mi cintura, engancharon el dobladillo de mi camiseta granate y la levantaron por encima de mi cabeza.

El aire fresco de la sala me erizó la piel desnuda de los costados, pero el frío duró una milésima de segundo: el torso desnudo de Izan colisionó de lleno contra el mío.

El contraste térmico fue de locos. Su pecho ancho, duro como una plancha de acero forjado, aplastó la generosidad rotunda de mis senos contenidos apenas por el encaje del sujetador. Sentí el sudor limpio resbalando entre nuestros cuerpos y el latido desbocado de su pulso golpeándome las costillas.

Izan bajó las manos hasta mi cintura y sus dedos tantearon el botón metálico de mi pantalón vaquero. Lo desabrochó de un golpe seco.

Por puro reflejo —ese reflejo maldito y traicionero que tenemos las mujeres que hemos crecido creyendo que nuestro cuerpo estorba—, metí tripa hacia dentro. Apreté el vientre, tensando los músculos para intentar disimular la suavidad generosa de mi abdomen bajo sus dedos.

Izan se detuvo en seco.

En mitad de la sombra, su palma entera, ancha y ardiendo como un carbón encendido, se posó directamente sobre la piel desnuda de mi estómago.

Presionó hacia abajo con una firmeza descomunal, deshaciendo mi tensión con una mezcla abrumadora de ternura y autoridad.

No acarició de pasada: hundió sus dedos en mi vientre suave, amoldándose a cada pliegue, a cada curva viva de mi cuerpo, reclamando mi volumen entero con un orgullo que me hizo temblar hasta los tobillos.

Pegó su frente contra la mía, jadeando.

—Ni se te ocurra esconderte de mí, Carla —me espetó en un susurro áspero, quebrado por una necesidad visceral que le hacía temblar la mandíbula—.

No te atrevas a encogerte. Eres una locura de mujer.

Toda tú. Cada maldito centímetro de este cuerpo me tiene perdiendo la cabeza desde el primer minuto que entraste a mi despacho.

Las lágrimas de puro alivio me quemaron los ojos detrás de los párpados cerrados.

Toda mi vida parapetada tras líneas de código, pantallas y chistes cínicos para que nadie me juzgara, y resulta que este maromo de portada de revista se estaba volviendo loco precisamente por lo que yo intentaba ocultar.

—Izan... —gemí, enredando mis piernas alrededor de sus caderas por puro instinto.

Él soltó una maldición entre dientes. Bajó las manos hasta la cara interna de mis muslos, me sujetó por la carne rotunda de las piernas y me alzó en vilo del suelo con una fuerza limpia, insultante y sin esfuerzo. Encajé mi pelvis contra la suya.

El choque de su dureza contra mi humedad a través de las telas desató una descarga eléctrica que me arrancó un grito sordo en mitad del búnker.

Izan no me bajó. Me sostuvo en el aire con un solo brazo de hierro cerrado alrededor de mi cintura y mis nalgas, mientras usaba el otro para avanzar a ciegas dos pasos por el pasillo del habitáculo.

Con el hombro y el antebrazo libre, embistió la barra antipánico metálica de la compuerta interior.

¡CLAC!

El resorte cedió con un chasquido rotundo y la hoja de chapa se abrió de par en par.

La luz ámbar y cálida de las farolas que se colaba por los ventanales de la trastienda nos bañó de golpe, cortando la negrura.

Izan salió al pasillo exterior cargándome en brazos con el paso firme, los músculos de la espalda tensos y brillantes por el sudor, y la mirada clavada en la mía con una fijeza que daba miedo.

No miró los servidores, ni los planos caídos, ni el desorden de las herramientas.

Caminó directo hacia el fondo del taller, donde el viejo sofá de cuero desgastado esperaba bajo la penumbra.