El juego de la tentación (Chicas de barrio nº 9) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Ensayo general con el cronómetro apagado

El beso contra los hierros del portal me había dejado el riego sanguíneo tiritando y el chasis para el desguace.

Me zafé de su boca apenas dos centímetros, jadeando, con la espalda todavía clavada en la cancela de forja.

Izan no se apartó. Apoyó la frente contra la mía, respirando hondo, con los ojos claros desorbitados en la penumbra y el pecho subiendo y bajando como un pistón hidráulico.

Bajó la vista hacia el adoquín húmedo. Con una agilidad felina que me cortó la digestión, flexionó las rodillas, recogió del suelo el manojo de llaves que se me había caído y se incorporó acorralándome de nuevo contra la pared de piedra.

—A tu piso no subimos, Carla —soltó con una voz ronca, espesa, tan cargada de una devoción salvaje que me provocó una sacudida eléctrica en el bajo vientre—.

No pienso jugarme una denuncia vecinal ni parar esto ahora por miedo al qué dirán.

Pero no me voy a quedar con las ganas de tocarte.

Tu local está a cuarenta pasos. Tiene cerradura de seguridad y paredes fonoabsorbentes.

Nos vamos a tu búnker a oscuras ahora mismo.

El trayecto por el adoquín de Conde Duque fueron apenas cuarenta metros, pero a mí me pareció una travesía por el desierto sin cantimplora.

Íbamos pegados, con el aire fresco de la noche enfriándome apenas el fuego de las mejillas pecosas y el estómago encogido en un nudo de pura electricidad estática.

Metí la llave en la cerradura de la cancela con dedos torpes. El metal tintineó contra el bombín dos veces antes de encajar.

—¿Te tiembla el pulso, jefa? —murmuró Izan a mi espalda, tan pegado que sentí el vaho templado de su respiración revolviéndome los pelillos sueltos de la nuca.

—Se me ha enfriado la mano con la brisa, rubio —mentí sin mirarlo, empujando la puerta de cristal.

Entramos en el vestíbulo en penumbra. Izan no esperó a que yo encendiera las luces de recepción; dio un paso lateral con esa soltura atlética suya, empujó la pesada hoja hacia el marco y pasó el pestillo manual de seguridad con un chasquido metálico rotundo y seco.

Clac.

El sonido reverberó en el silencio de la nave vacía. El estómago se me encogió en un nudo ardiente.

—Ensayo general —solté de carrerilla, echando a andar hacia el pasillo interior para poner tierra de por medio mientras me ajustaba las gafas XL de carey sobre la nariz con un gesto mecánico—.

Hay que dejar calibrado el nivel dos de «Citas a ciegas extremas» antes de meter a los primeros betatesters mañana por la tarde o la inauguración va a ser un desastre de proporciones bíblicas.

—Lo que tú digas, Carla —respondió él con una calma exasperante, siguiéndome el ritmo con pasos elásticos y silenciosos.

Cruzamos el umbral de la sala insonorizada.

En el habitáculo flotaba ese aroma a serrín limpio, madera de pino virgen recién lijada y barniz ecológico que tanto me gustaba, pero en cuestión de segundos el aire se saturó por completo con su presencia: sándalo cálido, menta fresca y esa colonia de notas cítricas caras que se le pegaba a la ropa técnica como una segunda piel.

Me planté delante de la consola de mandos, donde la pantalla táctil iluminaba la madera con un resplandor azulado.

—A ver —dije, apoyando los dedos sobre la interfaz para programar la secuencia de cuarenta minutos—.

El temporizador domótico tiene que sincronizarse con la apertura de los paneles móviles.

Si los usuarios no resuelven la combinación táctil antes de que la cuenta atrás llegue a cero, las cerraduras secundarias...

Una mano inmensa, ancha y áspera por el magnesio y las barras de dominadas aterrizó de plano sobre el cristal de la consola, tapando los mandos por completo.

Di un respingo.

Izan no se apartó. Estaba inclinado sobre mí, atrapándome entre el mostrador de control y su metro ochenta y cinco de puro músculo funcional. Su torso ancho, enfundado en la camiseta blanca ajustada, irradiaba un calor seco que traspasó la tela de mi camiseta granate sin pedir permiso.

—Esta noche no vas a cronometrar nada, Carla —soltó con una voz baja, rota, desprovista de cualquier burla o chulería deportiva—.

Se han terminado las pruebas técnicas, las excusas del software y los acertijos para despistar.

Ya hemos fingido bastante en la Castellana y en la plaza.

Tú y yo sabemos perfectamente a qué hemos entrado aquí.

Tragué saliva. El pulso me martilleaba en las sienes.

—Izan, el sistema necesita...

¡Bip!

El pitido automático de cortesía saltó en los altavoces de techo. Las luces halógenas de servicio se desvanecieron con un zumbido agudo, apagándose de golpe por el temporizador maestro de la instalación.

La oscuridad cayó sobre nosotros con la densidad de una piscina de brea líquida. Sin pantallas encendidas ni resquicios hacia la calle Conde Duque, la ceguera fue absoluta, inmediata y abrumadora.

El silencio insonorizado se llenó con el sonido agitado de nuestras respiraciones.

A tientas, me llevé las manos a la cara, me quité las gafas XL de carey para no aplastarlas y las deslicé con cuidado en el bolsillo delantero de mi peto vaquero.

Di medio paso hacia atrás para buscar el marco del tabique, pero la puntera de mi zapatilla tropezó contra el resalte de la plataforma móvil del laberinto.

Perdí el equilibrio. Se me escapó un jadeo de sorpresa y solté el aire de golpe, esperando el impacto contra la tarima.

No caí.

Dos brazos duros y firmes como vigas de acero me interceptaron en el aire con una precisión quirúrgica, envolviéndome antes de que pudiera tocar el suelo.

El impacto me estampó de lleno contra el pecho de Izan.

El choque frontal entre la solidez implacable de su masa muscular y la morbidez rotunda de mis senos provocó una sacudida eléctrica que me bajó directa a los muslos.

—Te tengo —gruñó él en la negrura, afianzando los pies en la tarima sin tambalearse ni un solo milímetro.

Estaba en vilo, suspendida contra su cuerpo.

La respiración de Izan bajó en una ráfaga abrasadora por mi pómulo pecoso, recorriendo la comisura de mi mandíbula hasta clavarse en el hueco que quedaba entre mi cuello y la oreja.

Sus labios rozaron mi piel húmeda, dejando una caricia ardiente que me arrancó un gemido sordo.

No hubo tiempo para dudas ni para trincheras defensivas.

Su mano derecha abandonó mi espalda, bajó resuelta hacia el dobladillo de mi camiseta y se coló por debajo del algodón sin pedir permiso.

La palma callosa y caliente de Izan tocó directamente la piel desnuda de mi cintura.

Un latigazo de fuego líquido me arqueó la columna.

Sus dedos se abrieron en abanico, hundiéndose con una firmeza hambrienta y posesiva en la carne suave y generosa de mi costado.

Apretó la curva rotunda de mi cuerpo de la talla 46 con una devoción tan cruda, tan instintiva y salvaje que el cerebro me hizo un cortocircuito irreversible.

Me apretó contra su pelvis con una urgencia brutal, haciéndome sentir cada línea tensa de su anatomía en celo.

—Dime que me detenga ahora mismo, Carla —me exigió contra la boca, con los labios rozando los míos a cada palabra y un temblor de pura necesidad sacudiéndole los antebrazos—. Dímelo ya... o te juro por mi vida que esta sala no la abrimos hasta mañana por la mañana.

Mis manos, en lugar de empujarlo, se enredaron en la tela de su camiseta, tirando de él con la misma hambre salvaje que me estaba devorando por dentro.

—No te atrevas a encender la luz, rubio —susurré contra sus labios.