CAPÍTULO 18
El límite de velocidad ha caducado, rubio
A la una de la madrugada, la calle Conde Duque estaba desierta.
El bochorno pegajoso de la tarde se había replegado hacia los soportales de piedra, dejando una brisa tibia que apenas movía los plátanos de sombra y un silencio limpio roto solo por el eco lejano de un camión de la basura en Alberto Aguilera.
Caminábamos despacio por el adoquín húmedo.
Izan llevaba las manos metidas en los bolsillos de su pantalón técnico de chándal gris, con la sudadera azul marino colgada al hombro y los pasos acompasados a los míos.
Olía a menta fresca, a piel caliente y a esa colonia cara que se me había quedado pegada a las pestañas durante la videollamada apocalíptica de mi madre.
Ninguno de los dos decía una palabra. No hacía falta. La atmósfera entre los dos no era tensión contenida; era puro combustible esperando una chispa a destiempo.
Al llegar al portal de mi edificio —un inmueble señorial de principios del siglo veinte con techos de tres metros y una cancela de forja negra pesada como una condena—, me detuve bajo el cono de luz amarillenta que arrojaba la farola de pared.
El corazón me iba a doscientas pulsaciones por minuto. Cobarde, Carla, eres una cobarde de trinchera.
Abrí el bolso cruzado y empecé a rebuscar en el fondo a ciegas.
Tanteé la carcasa del móvil, un paquete de pañuelos de papel estrujado, tres bolígrafos gastados y el lápiz de carpintero con el que me ataba el pelo.
Mis dedos temblaban con un descaro insoportable.
Cualquier cosa con tal de no levantar la vista y encarar la mirada del maromo que tenía plantado a medio metro.
Izan dio un paso al frente.
El espacio de maniobra que nos quedaba en la acera se esfumó en un parpadeo. Su sombra cubrió la farola por completo, proyectando su metro ochenta y cinco sobre la forja de la puerta. El calor que desprendía su pecho me golpeó de lleno a través de mi camiseta de tirantes granate.
Tragué saliva, saqué la mano del bolso con un gesto forzado y me obligué a tocarle el hombro con un toquecito ligero de nudillos, manteniendo mi careta de friki imperturbable.
—Bueno... hasta mañana, socio —dije, soltando las palabras con una rapidez absurda—. Gracias por salvarle la vida al actuador domótico del techo. Ya le diré a mi madre que no te prepare las patatas con costilla para no traumatizarte con el colesterol.
Izan no se rio. No hizo ni un solo chiste sobre mis pecas ni sobre mis algoritmos.
En lugar de retroceder, alargó su mano derecha.
Con dos dedos largos, ásperos y calientes por las barras de dominadas, me atrapó la barbilla por debajo de las patillas de mis gafas de carey.
Ejerció una presión suave pero rotunda, obligándome a levantar la cabeza despacio hasta que mis ojos chocaron contra los suyos.
Sus pupilas estaban completamente dilatadas en la penumbra. No había rastro de la sonrisa de anuncio ni del entrenador simpático de la Castellana; solo una línea tensa en la mandíbula y un hambre cruda, primitiva y oscura que me dejó las piernas temblando sobre la suela de mis zapatillas.
—Se acabó la farsa, Carla —murmuró. Su voz ya no era grave: era un susurro rasposo que me quemó la piel de los labios sin llegar a rozarla—.
Se acabaron las cláusulas de la libreta, el aniversario del club y las excusas baratas sobre el contrato.
Si subes a ese piso sin besarme, me voy a volver loco.
El aire se me atascó en la garganta.
—Izan... el límite de velocidad...
No me dio tiempo ni a terminar la frase.
La boca de Izan se estrelló contra la mía con la furia de un tren de mercancías descarrilando.
Fue un impacto total, caliente, hambriento y desprovisto de cualquier freno. El manojo de llaves que tenía en la mano resbaló de mis dedos y cayó contra el adoquín de la acera con un tintineo metálico y sordo que murió bajo el ruido de mi propia respiración rota.
Izan no pidió permiso para cruzar la frontera. Su lengua se deslizó entre mis labios con una exigencia salvaje que me arrancó un gemido sordo desde la boca del estómago. Me sabía a café solo, a menta limpia y a una devoción desbocada que me fundió las neuronas en una décima de segundo.
Mis manos, que llevaban días amagando con mantenerlo a raya, se rebelaron contra mi cerebro: subieron por su cuello sudado, enredaron los dedos en su pelo rubio y tiraron de él hacia mí con la misma urgencia visceral con la que él me estaba devorando.
—Mierda, Carla... —gruñó él contra mis labios, sin romper el contacto ni un milímetro.
Dio dos pasos hacia delante, arrastrándome en su avance hasta estamparme de espaldas contra la cancela de forja del portal. El hierro frío de los barrotes me atravesó la tela de la camiseta, contrastando de forma brutal con el fuego abrasador de su cuerpo aplastándome de frente.
Sus manos grandes abandonaron mi rostro y bajaron en un recorrido frenético por mi cuello, mis costillas y mi cintura.
Se clavaron con desesperación absoluta en la curvatura rotunda de mis caderas de la talla 46, hundiéndose en mi carne firme a través del vaquero.
Apretó con posesión, abarcando mi volumen con una fuerza descomunal que me dejó sin aliento, y me levantó varios centímetros del suelo como si yo no pesara nada.
Mis muslos anchos se abrieron por instinto para encajarse contra la dureza de su pelvis. Sentí cada línea de sus músculos en tensión, la respiración agitada de su pecho hinchándose contra el mío y el latido descontrolado de su pulso golpeándome la carne.
Izan profundizó el beso ladeando la cabeza, mordisqueándome el labio inferior con una mezcla perfecta de ternura y desesperación que me hizo arquear la espalda contra los hierros.
Su boca bajó en una ráfaga húmeda hacia mi mandíbula, besándome la piel pecosa de la garganta hasta detenerse en el hueco de la clavícula.
—No hay marcha atrás, pelirroja —jadeó contra mi piel, con las manos temblándole sobre mis caderas mientras me sostenía en vilo contra el portal—. Ni un paso atrás.
Cerré los ojos, enredando mis piernas con más fuerza alrededor de su cuerpo y rindiéndome por fin a la evidencia: el juego de la tentación había saltado por los aires y ninguno de los dos pensaba pedir el rescate.