CAPÍTULO 17
Mi madre en videollamada y el rubio sin camiseta
El mediodía madrileño en Conde Duque no perdona ni a los santos.
El asfalto de la calle rezumaba un bochorno pegajoso de justicia que se colaba por las rendijas de la persiana metálica, convirtiendo mi taller en una sucursal del infierno con olor a polvo de yeso, cables recalentados y estaño quemado.
—Sujétame la escalera por abajo, Carla, que este motor domótico tiene más mala leche que un toro de lidia —dijo Izan desde las alturas.
Estaba encaramado en el penúltimo peldaño de la tijera de aluminio, intentando embutir el actuador de la compuerta en la trampilla técnica del techo.
Tenía los brazos en alto, sujetando una llave fija con una soltura que me confirmaba que este tío desayunaba barras de dominadas.
Iba con las zapatillas de deporte, su pantalón técnico de chándal gris y la sudadera ya abandonada en una banqueta.
—Te recuerdo que eres entrenador de famosos en la Castellana, no electricista de guardia —le espeté, apoyando las manos en los largueros de la escalera mientras me ajustaba las gafas XL de carey con el hombro—.
Si te cae una descarga de doce voltios, tus socios de Serrano me van a pedir una indemnización con seis ceros.
Izan soltó un gruñido ahogado por el esfuerzo, apretando una tuerca rebelde.
—Los doce voltios dan cosquillas, pelirroja. Lo que me está matando es este calor de locos que tenéis en el centro. En este zulo no corre ni una pizca de aire.
Sin pedir permiso ni avisar a los servicios de emergencia de mi autocontrol, Izan soltó la llave en el travesaño superior, se cruzó de brazos y tiró del dobladillo de su camiseta blanca hacia arriba con un movimiento seco.
La tela voló por el aire y fue a parar directamente sobre mi cabeza.
Me quité el algodón de la cara, aturdida por su olor a menta limpia, cedro y sudor fresco, y cuando levanté la vista se me congeló el sistema operativo entero.
Virgen de la Paloma bendita y todos los mártires de Madrid.
Izan Serrano no tenía una espalda: tenía un monumento de ingeniería anatómica que debería estar catalogado como Bien de Interés Cultural por el Ayuntamiento.
La luz cenital que caía desde la trampilla le iluminaba cada relieve muscular con una nitidez casi pornográfica.
Sus dorsales se abrían en una V perfecta, ancha y poderosa; los omóplatos se movían bajo la piel dorada con la cadencia de una fiera al acecho cada vez que volvía a coger la herramienta, y una gota solitaria de sudor resbalaba despacio por el canal central de su columna vertebral, perdiéndose justo en la cinturilla del pantalón.
Tragué saliva. La boca se me quedó tan seca que parecía que me había comido un saco de arena de las obras de Gran Vía.
Intenté apartar los ojos. De verdad que lo intenté.
Bajé la cabeza hacia la pantalla de mi portátil, donde una subrutina en código Python esperaba que yo metiera tres comandos básicos para compilar el sensor de pulso.
Pero era inútil. Mis dedos flotaban sobre el teclado como si estuvieran desconectados de mis neuronas.
Mis caderas de la talla 46 se apretaron contra la madera de la banqueta, y sentí un latigazo líquido subirme desde el vientre que me puso las mejillas ardiendo bajo las pecas.
Tener a semejante ejemplar de metro ochenta y cinco semidesnudo a un metro de distancia, goteando adrenalina y arreglándome el techo, era un atentado terrorista contra mi cordura.
—¿Cómo lo ves, Carla? —preguntó él por encima del hombro, girando apenas el cuello y exhibiendo unos trapecios que parecían esculpidos en granito—. ¿Te compila la señal del disyuntor o le doy otro apretón?
—Sí... o sea, no. Digo... está en proceso —balbuceé como una colegiala atontada, maldiciendo mi falta de profesionalidad.
En ese preciso segundo de máxima vulnerabilidad fisiológica, mi teléfono móvil, posado sobre una bobina de cable junto al teclado, empezó a chillar.
No era un tono normal. Era el timbre estruendoso, estridente y con eco de videollamada entrante de WhatsApp.
Miré la pantalla. En letras mayúsculas brillaba la peor pesadilla que puede sufrir una mujer soltera de treinta años en mitad de una jornada laboral: MAMÁ.
—Mierda —mascullé.
Llegué con los dedos sudorosos, temblándome el pulso.
Mi intención era deslizar el botón rojo hacia la izquierda con la velocidad del rayo y mandarla al buzón de voz con cualquier excusa de presupuesto.
Pero mi dedo resbaló sobre el cristal húmedo y le di un toque certero al círculo verde de la cámara.
La pantalla se abrió de golpe.
En el cuadrante superior apareció el rostro redondo, sonrosado y con permanente impecable de mi madre, enmarcado por una bata de boatiné de flores desteñidas y el alféizar de la ventana de su cocina en el pueblo.
En el cuadrante grande —el que capturaba la lente angular de mi propio teléfono sobre la mesa— no salía mi cara asustada.
Salía, en primerísimo y rotundo plano, el torso desnudo de Izan Serrano desde atrás, estirando los brazos hacia el techo con los lumbares marcados y los músculos de los glúteos tensos sobre la escalera.
—¡Carla María! —bramó mi madre con una potencia de voz que hizo vibrar el altavoz estéreo del terminal—. Te estaba llamando porque tu tía Asun dice que si vas a venir a las fiestas patronales lleves una empanada de... ¡¡¡VIRGEN DEL AMOR HERMOSO Y DE LOS DESAMPARADOS!!!
El grito de mi madre retumbó en la nave con la contundencia de un petardo de feria.
Me quedé congelada. Izan frenó la llave inglesa en seco.
—¡Pero bueno! —continuó mi madre, pegando la nariz a la pantalla de su teléfono de tal forma que solo se le veían las gafas de cerca y los ojos desorbitados como platos soperos—.
¿Qué clase de instalación eléctrica estás contratando tú en ese local que viene con semejante espalda de serie, hija de mi alma?
¡Si parece la portada del catálogo de los electrodomésticos caros!
Izan bajó los brazos despacio. Giró el cuerpo sobre el peldaño con esa calma insolente suya y miró hacia abajo.
Sus ojos claros se toparon con la pantalla encendida, luego con mi cara descompuesta que debía de ser un poema en verso libre, y una sonrisa de medio lado, luminosa y descarada, se le abrió de oreja a oreja.
En vez de taparse o pedir disculpas, el muy sinvergüenza apoyó una mano en la cadera, flexionó un bíceps como si estuviera saludando a la reina en un desfile y se asomó al plano de la cámara.
—Buenos días, señora —soltó con su voz más melosa, profunda y educada, esa que usa para convencer a las señoras ricas de Serrano de que hagan series de sentadillas—. Soy Izan. Estamos aquí ajustando los plomos para que a su hija no se le caiga el negocio encima. Encantado de saludarla.
Mi madre soltó un suspiro tan hondo que se escuchó el chirrido de la cafetera de su cocina.
—¡Alabado sea el Señor, si tiene dientes de anuncio y todo! —exclamó la mujer, abanicándose con un trapo de cocina—. Carla María, tú no me cuelgues esta llamada, que a este muchacho hay que invitarlo a comer unas patatas con costilla este mismo domingo. ¡Pero qué planta tienes, hijo!
—¡Mamá, por Dios, corta ya que estamos trabajando! —chillé yo con la voz estrangulada, estirando la mano para estampar la palma contra el botón rojo antes de que me diera un ictus allí mismo.
La pantalla se fue a negro.
El silencio cayó sobre el taller, espeso y denso como el hormigón fresco.
Me tapé la cara con las dos manos, sintiendo que la sangre me hervía debajo de la piel. Deseé con todas mis fuerzas que la tarima flotante se abriera en dos y me tragara hacia las cloacas de Conde Duque.
Desde arriba de la escalera, la carcajada de Izan retumbó limpia, rotunda y contagiosa, llenando cada rincón de la nave.
—Tu madre me cae de cine, pelirroja —dijo él, bajando los peldaños de dos en dos con una agilidad felina—. Dile que acepto las costillas.