CAPÍTULO 16
Pizza fría, cables sueltos y confesiones a medianoche
La medianoche en Conde Duque olía a lluvia secándose sobre el asfalto caliente, a queso requemado y al plástico recalentado de las bobinas de cable que teníamos apiladas junto a la entrada.
Tras el espectáculo bochornoso del temporizador domótico pitando como un poseso y la luz roja girando como si nos fuera a caer una redada de la Policía Nacional, decidimos que el sistema operativo necesitaba un reinicio forzoso. Y mi sistema nervioso, tres cuartos de lo mismo.
Habíamos aparcado los sensores biométricos, los osciloscopios y los acertijos de madera en una esquina del taller.
Estábamos derrotados, con las mejillas encendidas por la adrenalina residual y el pelo hecho un auténtico canteo.
Estábamos sentados con las piernas cruzadas directamente sobre el suelo de tarima flotante.
Entre los dos, sobre una caja de cartón que hacía las veces de mesa baja, descansaba una caja grasienta de pizza familiar de cuatro quesos que ya estaba más fría que un témpano, flanqueada por dos botellines de Mahou clásica bien fría con el cristal empañado.
La única iluminación en toda la nave era una bombilla desnuda de filamento que colgaba de un cable negro en mitad del techo, balanceándose apenas y proyectando nuestras sombras alargadas sobre la madera desgastada.
Izan dio un trago largo a su tercio. Se había deshecho de la sudadera técnica y se había quedado en una camiseta básica de manga corta gris marengo, pegada a un torso que era puro músculo funcional.
Tenía la espalda apoyada contra un rollo gigante de canaleta de PVC y las piernas estiradas, invadiendo la mitad de mi espacio con una soltura que me ponía el pulso a mil por hora.
—La masa fría tiene su aquel —soltó él, masticando un trozo con gorgonzola semisólido y mirándome con esa sonrisa perezosa que le arrugaba las comisuras de los ojos claros—. En mi dieta oficial esto cuenta como pecado capital con agravante de nocturnidad.
Me acomodé sobre el suelo, ajustándome el peto vaquero para que la tela elástica no me estrangulara la cintura.
Mis caderas de la talla 46 ocupaban su buen espacio sobre la tarima, rotundas y cómodas, y el tirante del jersey caldera se me volvió a escurrir por el hombro pecoso. Me limpié una gota de grasa del pulgar con una servilleta de papel y solté un bufido.
—Pues no te comas el borde, rubio, que no quiero que tus clientes de la Castellana me demanden si mañana te sale un michelín.
Izan no se rio. Dejó el botellín en el suelo con un chasquido suave contra la madera y clavó la vista en la etiqueta de papel rasgada.
El aire bromista y seguro que siempre llevaba puesto como un escudo se le fue escurriendo de la cara despacio, dejándole una expresión de cansancio infinito que nunca le había visto.
—Ojalá me saliera un michelín, Carla —dijo, con una voz tan baja y áspera que casi se perdió en el zumbido de la bombilla—. Ojalá me saliera una barriga cervecera de campeonato y me dejaran en paz todos de una puñetera vez.
Parpadeé tras las gafas de carey, sorprendida por el cambio de rasante.
—¿Cómo dices?
Izan apoyó la cabeza contra la pared, mirando hacia las vigas oscuras del techo.
—Estoy hasta las narices del postureo de Serrano, de la Castellana y de todo ese circo.
La gente paga fortunas por venir a mi club no para estar sana, sino para poder mirarse en el espejo del ascensor y sentirse superior al vecino.
Me paso doce horas al día rodeado de ejecutivos amargados y señoras que miden los gramos de lechuga mientras me sonríen con los dientes apretados.
Y lo de Vanessa... —hizo una pausa, tragando saliva con evidente asco—.
Lo de Vanessa fue la gota que colmó el vaso.
Para ella yo no era una pareja; era un accesorio.
Un maromo de metro ochenta y cinco con buen porcentaje de grasa para sacarlo en las fotos de sus viajes patrocinados y fardar en Instagram.
El día que intenté hablarle de mis dudas sobre el negocio, me dijo que dejara de rayarme, que a mí no me pagaban por pensar sino por estar bueno en los directos.
El silencio cayó en el taller, denso y pesado.
Sentí una punzada de empatía tan viva en el pecho que me desarmó por completo.
Ver al dios del fitness madrileño, al tipo que parecía comerse el mundo con dos zancadas, reducido a un chaval agotado de ser un trozo de carne de escaparate, me rompió los esquemas.
Mi armadura de friki sarcástica, esa que llevaba años puliendo para mantener a los tíos normativos a tres kilómetros de distancia, se me desmoronó de golpe sobre la tarima.
Dejé mi tercio de cerveza en el suelo junto al suyo.
—Te entiendo mejor de lo que crees, Izan —confesé en un susurro, jugueteando con el lápiz de carpintero que se me había caído del moño—. Lo mío es justo el reverso de la moneda.
Él giró la cabeza despacio, mirándome con atención absoluta desde su rincón.
—¿A qué te refieres?
—A que cuando tienes un cuerpo rotundo, unas caderas de la talla 46 y pecas hasta en las orejas, el mundo de las apariencias te pone otra etiqueta distinta, pero igual de asfixiante —dije, encogiéndome de hombros con una sonrisa amarga—.
En la facultad y en los primeros curros que tuve de programación, o eras invisible o eras la «amiga simpática y graciosa» a la que nadie mira dos veces.
Así que me fabriqué mi propia trinchera: me puse las gafas más grandes que encontré, me refugié en los algoritmos y aprendí a disparar ironías antes de que a cualquiera se le ocurriera soltar un comentario condescendiente sobre mi peso o sobre lo bien que me quedaría un pantalón más suelto.
Es más fácil ser la informática borde que la tía a la que le rompen el corazón por no caber en el canon de las narices.
Izan no pestañeó.
Se incorporó con lentitud felina. Apoyó las rodillas en el suelo de madera y avanzó hacia mí, acortando la distancia hasta que sus hombros anchos taparon la luz mortecina de la bombilla. Olía a menta limpia, a sudor seco y a ese calor de hombre de verdad que me hacía temblar las entrañas.
Se sentó sobre sus talones justo delante de mí, tan cerca que sentía el aire de su respiración templada rozándome el escote.
Alargó su mano derecha. Su palma era enorme, firme y rugosa. Rozó con el dorso de los dedos el contorno de mi pómulo izquierdo, apartándome un mechón cobrizo detrás de la oreja con una delicadeza reverencial que me erizó el vello de los brazos.
—Pues el mundo entero está ciego de remate, Carla —soltó con una voz grave, profunda y quebrada por una devoción tan cruda que me cortó el aliento—.
Quien no sea capaz de ver que eres una auténtica obra de arte, que tienes un cerebro que deslumbra y un cuerpo que quita el sentido a cualquiera, no merece ni que le dirijas la palabra.
Tragué saliva. Tenía sus ojos claros clavados en los míos, a escasos centímetros de distancia, desarmados de cualquier pose deportiva o burla de barrio.
La farsa del contrato de conveniencia, los eventos de Serrano y los acertijos a oscuras se esfumaron en la nada.
Lo único real en todo Madrid era esa mano grande sosteniéndome la mejilla, el crujido de la tarima y la certeza aterradora de que habíamos cruzado una frontera de la que ninguno de los dos quería regresar.