CAPÍTULO 15
Te has saltado la pista número tres
El aire en el habitáculo del nivel dos no circulaba: pesaba como una manta de lana mojada.
En mitad de aquella negrura sin grietas, con las paredes insonorizadas tragándose cualquier eco del barrio de Conde Duque, los ciento treinta latidos por minuto de Izan Serrano parecían retumbar directamente en mis propias sienes.
Tenía los brazos de él plantados contra los paneles de madera rústica a ambos lados de mi cabeza. Una jaula de puro músculo, calor denso y aroma a cedro que me dejaba un espacio de maniobra ridículo.
Tragué saliva, sintiendo la boca seca como una lija. Intenté que mis dedos dejaran de temblar sobre la carcasa de la tablet apagada y me aferré a la única tabla de salvación que conocía: el protocolo informático.
—La prueba... la prueba no va de esto, rubio —arranqué, pero la voz me salió quebrada, con un filo agudo que delató el tembleque de mis cuerdas vocales—.
Tienes que apartarte medio metro y buscar la hendidura del panel lateral derecho.
Ahí está el sensor de tacto que desbloquea el siguiente compartimento.
Si no lo activas, el electroimán no suelta la compuerta.
Escuché una risita seca, baja y ronca, vibrando en su garganta.
—A mandar, jefa —murmuró él con fingida sumisión.
Izan despegó las palmas del tabique. Fingió obedecer. Estiró los brazos a tientas en la penumbra buscando el saliente de la madera, pero en lugar de desplazarse hacia la derecha, dio un paso corto hacia delante. Un movimiento calculado, felino y rotundo.
Sus brazos me rodearon por completo.
Antes de que pudiera soltar un grito o dar un paso atrás, mi espalda chocó contra las vetas rugosas del decorado de roble. El impacto amortiguado hizo crujir la estructura, pero el verdadero colapso fue delantero. El contacto fue frontal, total y sin posibilidad de escape.
Mi pecho rotundo y generoso colisionó de lleno contra su torso de atleta de élite, aplastándose contra la firmeza de sus pectorales con una presión cálida que me cortó el aire en los pulmones.
La lana gruesa de mi jersey de punto caldera cedió, y a través de la tela sentí la dureza de su caja torácica subiendo y bajando a un ritmo desbocado.
Pero Izan no se detuvo ahí.
Deslizó despacio su rodilla derecha entre mis piernas, haciendo que la tela técnica de su chándal rozara la cara interna de mis muslos elásticos de la talla 46.
La fricción firme de su pierna encajándose en mi entrepierna provocó una sacudida eléctrica tan salvaje que el estómago se me encogió en un nudo líquido.
—Te... te estás saltando las reglas del juego, rubio —protesté en un susurro entrecortado, jadeando contra la oscuridad.
Quise empujarlo. De verdad que mi cerebro racional mandó la orden a mis brazos para que plantaran las manos en su pecho y lo apartaran a empujones.
Pero mi cuerpo decidió sabotearme sin contemplaciones: mis manos subieron a tientas y, en lugar de apartarlo, mis dedos se cerraron sobre la tela suave de su sudadera, hundiéndose en la anchura imponente de sus hombros para buscar un punto de anclaje.
Izan dio un paso más, sellando cualquier milímetro de aire que pudiera separarnos.
Inclinó la cabeza en la penumbra y pegó su frente tibia contra la mía.
Sentí el roce suave de sus mechones rubios alborotados mezclándose con mi melena cobriza.
Su respiración entrecortada me golpeó de lleno en los labios, caliente, aromatizada con esa menta fresca que me tenía desquiciada desde el primer día que pisé la Castellana.
—Al diablo con las reglas, Carla —soltó con una voz áspera, desarmada y rota por una urgencia que no admitía filtros de oficina—. La única pista que me interesa desde hace semanas es cómo descifrar este cuerpo tuyo.
Madre mía de la Paloma, que baje Dios y me recoja.
El temblor de mi piel debió de ser evidente bajo la lana, porque Izan soltó un gruñido grave, casi posesivo.
Bajó su mano derecha desde la pared. Su palma enorme, callosa por las barras de entrenamiento y caliente como el fuego de una forja, se posó sobre la curvatura de mi cadera rotunda.
Apretó con firmeza, amoldándose a la carne suave de mi costado con una fascinación que me hizo arquear la espalda.
Entonces, sus dedos no se conformaron con la tela.
Izan enganchó el dobladillo elástico de mi jersey de punto y lo levantó con parsimonia. La yema áspera de sus dedos rozó directamente la piel desnuda de mi cintura.
Un latigazo de fuego puro me recorrió la espina dorsal.
No hubo dudas, ni prisas torpes, ni ese pudor absurdo que yo siempre temía despertar en tíos acostumbrados a los escaparates de diseño.
Su mano avanzó con lentitud, devorando la suavidad extrema de mi costado pecoso, abarcando la plenitud de mis curvas con una devoción tan cruda y masculina que me obligó a clavar las uñas en sus hombros.
Subió despacio, acariciando la línea de mis costillas, hasta que sus dedos se detuvieron con firmeza justo en el encaje inferior de mi sujetador.
—Eres una locura, Carla... —murmuró contra mi boca, rozando la comisura de mis labios con los suyos.
Cerré los ojos, entregada al abismo. Iba a entreabrir los labios para recibir su boca, dispuesta a mandar al traste el contrato, los acertijos y el orgullo...
¡PIII-PIII-PIII-PIII-PIII!
Un pitido electrónico estridente, histérico y taladrante reventó el silencio de la sala.
En el cuadro de mandos principal encastrado en la entrada, un led rojo empezó a girar como una baliza de policía, arrojando destellos sangrientos sobre nuestros rostros sudados. El temporizador de seguridad de la prueba había llegado a cero.
—Fin de la sesión de diagnóstico —anunció la voz robótica y metálica del sintetizador domótico a través de los altavoces de techo.
Izan se congeló. Su boca se quedó a un milímetro exacto de la mía. Tenía los ojos oscurecidos por un deseo salvaje que no cabía en ese habitáculo, el pecho agitado aplastando el mío y la mano ardiendo por debajo de mi ropa sobre mi piel viva.