CAPÍTULO 14
El laberinto sensorial de nivel dos
A las siete de la tarde de un domingo en Conde Duque, el asfalto todavía desprendía ese calor húmedo de la tormenta de anoche mezclado con el bullicio de los teatros cercanos abriendo taquillas. Dentro de mi local, sin embargo, el mundo exterior no existía.
Me había pasado todo el día intentando convencerme de que las palabras roncas de Izan bajo el alero de la Castellana y el roce de sus labios húmedos contra mi cuello habían sido un simple espejismo provocado por la falta de azúcar y la adrenalina del champán.
Una alucinación sensorial. Un falso positivo en la placa base.
Por eso me había enfundado mi armadura técnica: vaqueros negros de la talla 46 elásticos y gastados en los bolsillos, zapatillas de lona cómodas y un jersey ancho de punto caldera que se me escurría por el hombro izquierdo dejando ver el tirante negro del sujetador y una constelación de pecas sobre la clavícula.
Llevaba la melena cobriza atada en un moño con un lápiz de carpintero, las gafas bien ajustadas a la nariz y la tablet de diagnóstico encendida en la mano como si fuera un escudo antidisturbios.
La campanilla de la cancela sonó con un repiqueteo alegre.
Izan cruzó el vestíbulo con la soltura insultante de quien sabe que llena cualquier habitación por la que pasa.
Llevaba un pantalón de chándal técnico gris oscuro que marcaba la firmeza de sus muslos de atleta y una camiseta ajustada de manga corta en color blanco que parecía diseñada para hacerle propaganda a sus hombros y a unos pectorales de acero.
Tenía el pelo rubio revuelto, la sonrisa de anuncio intacta y ese aroma a menta fresca, madera y sudor limpio de entrenamiento que me ponía el sistema digestivo del revés en menos de un segundo.
—Buenas tardes, jefa —soltó él, apoyando los antebrazos sobre mi mostrador de recepción e inclinándose hacia delante con una familiaridad peligrosa—. ¿Has descansado bien o te has pasado la noche soñando con cláusulas contractuales?
Tragué saliva, carraspeé y no levanté la vista de la pantalla táctil.
—He dormido como un tronco, rubio —mentí con una frialdad que no se creía ni el apuntador—. Y te agradecería que dejemos las charlitas de sobremesa para cuando terminemos. Hoy toca testear el nivel dos del laberinto sensorial y no tengo toda la tarde para perderla con tus chistes de gimnasio.
Izan soltó una carcajada baja, arenosa, que me pegó un latigazo directo en la coronilla.
—Qué carácter, por Dios. Si te pones tan borde me vas a obligar a pensar que todavía estás asustada por lo de ayer.
—No me asustas ni tú ni tus batidos de proteínas, campeón. Pasa a la sala de mandos antes de que te cobre el alquiler por metro cuadrado.
Entramos en el habitáculo del nivel dos.
El ambiente olía a madera virgen recién lijada, barniz ecológico y a la goma densa de las planchas del suelo.
Este sector era más complejo: un circuito ciego de paneles móviles con suelos de distintas densidades —desde grava fina encapsulada hasta baldosas amortiguadas— donde los usuarios debían orientarse mediante estímulos acústicos binaurales y el tacto puro en las paredes.
Dejé la caja de herramientas sobre una repisa auxiliar y saqué una banda elástica con un pulsómetro de telemetría médica militar.
—Dame la muñeca izquierda —le ordené, poniéndome a su lado.
Izan me extendió el brazo sin rechistar.
Tenía la piel caliente, tostada y atravesada por venas gruesas que denotaban una potencia física arrolladora.
Al rodearle la muñeca con la tira de velcro, mis dedos rozaron su antebrazo.
El contacto desató un chispazo silencioso que me subió por las uñas.
Él no retiró el brazo; al contrario, giró la mano despacio, rozando la yema de su pulgar contra el dorso de mis nudillos.
—Tienes los dedos congelados, Carla —murmuró, bajando el tono con un deje que me erizó el vello de los brazos.
—La domótica exige precisión, no calefacción —repliqué de inmediato, apartando la mano con un tirón seco y ajustando el display digital—.
Este cacharro mide la conductancia de la piel y la frecuencia cardíaca en tiempo real.
Si te da un ataque de pánico por la oscuridad, la tablet me chiva la anomalía y se encienden los leds de emergencia.
Izan dio un paso hacia el centro del pasillo de paneles, encogiéndose de hombros con chulería.
—Ya te dije que a mí la falta de luz no me asusta. Preocúpate de no caerte tú, que anoche la que casi se parte una crisma fuiste tú.
—Apago luces de servicio en tres, dos, uno...
Presioné el comando táctil en la tablet.
Las tiras halógenas del techo se apagaron de golpe.
La negrura cayó sobre nosotros con la densidad de una losa de hormigón.
En esta fase del juego no entraba ni un resquicio de luz de la calle; estábamos completamente aislados del mundo exterior, en un silencio espeso roto únicamente por el zumbido suave del servidor auxiliar al fondo del pasillo y el rumor lejano de nuestras propias respiraciones.
El único punto luminoso en todo el habitáculo era el resplandor verde pálido que emitía la pantalla de mi tablet, recortando el contorno de mis gafas y la curva generosa de mi pecho bajo el punto caldera.
—El protocolo dice que tienes que avanzar cinco pasos hacia el panel con relieve de la derecha —le indiqué al aire, intentando mantener la voz neutra—. Deberías escuchar un pitido de baja frecuencia en el oído izquierdo...
Pero Izan no se movió hacia la derecha.
En mitad de la sombra líquida, el crujido amortiguado de sus zapatillas sobre la tarima se desvió hacia la izquierda. Hacia donde yo estaba apoyada contra el marco.
—Izan, te estás equivocando de vector —advertí, frunciendo el ceño en la oscuridad—. La ruta de escape está al otro lado.
No hubo respuesta verbal. Solo el sonido acompasado, lento y profundo de su respiración, que de pronto se sintió demasiado cercana.
Demasiado caliente. Escuché el leve roce de mi propio jersey contra la madera al moverme un centímetro por puro instinto defensivo, y el sonido de sus pisadas se ajustó al instante a ese chasquido.
Me estaba rastreando a ciegas como un depredador guiándose por el oído.
El corazón empezó a golpearme el esternón con violencia.
—Izan, hablo en serio, te vas a chocar contra la consola...
Bajé la mirada hacia la tablet para forzar el reinicio de las luces de servicio y me quedé de piedra.
En el centro de la pantalla, la gráfica telemétrica del pulsómetro militar que él llevaba en la muñeca no estaba en reposo.
La curva de estrés estaba en verde plano, sin un solo pico de ansiedad por el encierro o la desorientación.
Lo que marcaba el monitor era otra cosa: una frecuencia sostenida de ciento treinta pulsaciones por minuto que no paraba de subir.
Pura, salvaje y descarada excitación física.
La temperatura en el habitáculo se volvió asfixiante en una fracción de segundo.
—Tu pulso... —susurré, con la garganta tan seca que las palabras me salieron como un hilo de aire roto.
Antes de que pudiera pulsar el botón de encendido de emergencia, una sombra inmensa bloqueó el reflejo verde de la tablet.
Un calor arrollador a pura fibra me envolvió de lleno.
Dos brazos duros se apoyaron a ambos lados de mi cabeza contra la madera del tabique, acorralándome en un callejón sin salida.
El pecho macizo de Izan rozó la punta de mis senos a través de la lana del jersey, y su aliento a menta y deseo crudo me dio de lleno en la comisura de los labios.
—La ruta de escape me da exactamente igual, Carla —me susurró en la penumbra con una voz ronca y temblorosa que me abrasó la piel—. Te he dicho antes que la única salida que me interesa de este laberinto eres tú.