CAPÍTULO 13
Pegados en la pista bajo la tormenta
El murmullo de la alta sociedad madrileña se convirtió en un rumor de fondo cuando el cuarteto de cuerda fue sustituido por un saxo envolvente y un bajo que empezó a retumbar contra las columnas de mármol del salón.
Izan no me había soltado la cintura ni un solo segundo tras despachar a Don Fernando y dejar a Vanessa con dos palmos de narices en mitad del cóctel.
Su palma derecha seguía ardiendo contra el satén verde esmeralda, anclada en el inicio de mi cadera con una posesividad que me tenía el estómago del revés.
—Vienen hacia aquí, Carla —murmuró él, bajando la cabeza hacia mi oreja mientras sus ojos claros escaneaban la sala—. Vanessa viene con dos de sus amigas y cara de querer auditarte hasta el carné de identidad.
—Pues que vengan —mascullé, tratando de tragar saliva sin que se me notara el tembleque en el cuello pecoso—. No sé qué le preocupa más a tu ex, si que no coma semillas de chía o que mi vestido de fiesta tenga más categoría que todo su vestidor de Serrano.
Izan soltó una risa seca, baja y caliente que me vibró directo en la mandíbula.
—A la pista —ordenó con suavidad, pero con un tono que no admitía debate—. Si queremos que se traguen la farsa, nos toca bailar pegados.
—Oye, rubio, en la libreta pactamos distancia de seguridad en eventos públicos...
—Al diablo la libreta y la distancia de seguridad, Carla —me cortó con una voz que había perdido cualquier rastro de chulería deportiva, volviéndose oscura y áspera—. Muévete conmigo.
Me arrastró hacia el centro de la pista improvisada entre el corro de trajes de sastre y copas de champán. La melodía era lenta, densa, un tema de soul moderno que pedía a gritos cercanía física. Y vaya si la tuvimos.
La cláusula de «cero derecho a roce» que redacté en la cafetería saltó por los aires en una décima de segundo.
Izan dio un paso al frente y acortó el último centímetro de aire que nos separaba.
Apoyó su mano izquierda en mi omóplato, pero la derecha —esa palma ancha, firme y dura como una roca— descendió despacio por la línea de mi columna vertebral, siguiendo la cremallera metálica invisible hasta posarse, sin titubeos y con una firmeza descomunal, sobre la curva viva y rotunda de mis glúteos de la talla 46.
Me quedé completamente sin aliento.
Tiró de mí hacia su cuerpo con un movimiento seguro, aplastando mi vientre suave contra su pelvis y encajando la masa dura de sus muslos entre los míos.
El contraste entre su masa muscular firme, moldeada a base de años de disciplina de atleta de élite, y la morbidez rotunda y cálida de mis curvas provocó un cortocircuito monumental que me nubló la vista tras los cristales de carey.
—Izan... esto es un canteo —susurré, apoyando las manos en sus hombros anchos de lana fría para no desmoronarme sobre el suelo de mármol—. Nos está mirando medio club.
—Que miren, joder —gruñó él contra mi pelo cobrizo, apretando los dedos en mi carne como si temiera que me fuera a esfumar de entre sus brazos—. Te aseguro que nadie en este sitio está mirando otra cosa que no seas tú. Estás descomunal, Carla. Me estás volviendo loco con este vestido.
La fricción de nuestros cuerpos al ritmo lento de la música era pura dinamita.
Sentía el latido desbocado de su corazón golpeándome las costillas.
Cada giro suave hacía que la tela de satén resbalara contra sus pantalones de traje, aumentando una temperatura que no tenía nada que ver con el bochorno de la calefacción.
El olor a madera, mentol fresco y el calor limpio de su piel me saturaban los sentidos de una forma casi insoportable.
A los tres minutos, el aire dentro del salón se volvió denso como la brea.
—Sácame de aquí, rubio —le pedí con un hilo de voz, levantando la vista hacia sus ojos claros, que brillaban en la penumbra con un hambre tan cruda y salvaje que sentí una sacudida eléctrica en la base de la nuca—. Me falta el aire.
Izan asintió en silencio con la mandíbula apretada. Me tomó de la mano, entrelazando sus dedos con los míos con una fuerza protectora, y me guio a través del mar de invitados hacia la puerta de cristal giratoria.
Salimos a trompicones a la acera exterior del Paseo de la Castellana.
En ese preciso segundo, el cielo de Madrid se desgarró.
Una tormenta de verano brutal, de esas que limpian el asfalto recalentado con furia y truenos gordos, estalló sobre nuestras cabezas. El aire se llenó de golpe de olor a ozono, a asfalto empapado y a la tierra húmeda que el viento arrastraba desde los jardines de los bulevares.
—¡Corre, bajo el alero! —gritó Izan sobre el rugido del primer trueno.
Tiró de mí hacia la fachada de granito del edificio, resguardándonos bajo la marquesina de piedra justo cuando una cortina torrencial de agua inundaba los cuatro carriles del tráfico.
El viento racheado levantó el aire frío de la lluvia, salpicándome el rostro, las gafas y la piel descubierta del escote pecoso.
Me apoyé contra el muro frío de granito para recobrar el aliento, tiritando ligeramente por el choque térmico.
Pero el frío duró lo que tardó Izan en plantarse delante de mí.
Dio un paso hacia delante, acorralándome con suavidad entre sus dos brazos apoyados a cada lado de mi cabeza sobre la piedra mojada.
Su pecho ancho y caliente actuó como una muralla impenetrable, tapándome del viento helado y devolviéndome a una burbuja de calor asfixiante.
Tenía las solapas de la chaqueta azul marino salpicadas por las gotas, un mechón de pelo rubio mojado cayéndole sobre la frente y la respiración tan entrecortada como la mía.
Se inclinó despacio. Muy despacio.
Sus labios húmedos y calientes rozaron la piel erizada de la comisura de mi cuello, justo en el hueco sensible que queda debajo de la oreja.
Un estremecimiento salvaje me sacudió entera, desde la nuca hasta la punta de los tacones. Clavé las uñas en la lana de sus solapas, cerrando los ojos con fuerza mientras el aliento ardiente de él me quemaba la carne.
Un trueno lejano retumbó sobre los tejados de Madrid, haciendo vibrar los cristales de la Castellana.
—Dime que esto sigue siendo parte del contrato, pelirroja... —me susurró Izan con una voz rota, profunda y cargada de una devoción desesperada que me desarmó por completo—. Dímelo ahora mismo, Carla, porque si no es parte de la farsa, te juro que no respondo de mis manos.