CAPÍTULO 12
Un vestido verde esmeralda para callar bocas en serrano
El trayecto en taxi desde Conde Duque hasta el Paseo de la Castellana fue una auténtica prueba de resistencia cardiorrespiratoria.
Pagué la carrera, me bajé frente a la fachada acristalada de Apex Performance y el portero me abrió la puerta de entrada.
Al verme cruzar el vestíbulo, el murmullo de la sala se redujo a la mitad.
A mi izquierda, un grupo de seguidoras de Vanessa —las mismas que pasaban las mañanas colgadas de los reformers de pilates— clavaron sus miradas sobre mí. Me escanearon de arriba abajo con ese descaro refinado que intenta hacerte sentir fuera de lugar, cuchicheando tras sus copas de espumoso.
Que miren todo lo que quieran, pensé apretando el bolso de mano contra el muslo. Aquí hay chasis de categoría para aguantar la inspección técnica de todo Madrid.
Iba a dar un paso hacia la barra para pedir agua con gas y ganar tiempo cuando la marea de trajes oscuros se abrió.
Y se me cortó el aire en seco.
Izan venía abriéndose paso entre la multitud con la soltura de quien domina el terreno.
Iba impecable con un traje azul marino entallado que marcaba la anchura de sus hombros de atleta y la línea estrecha de su cintura.
Llevaba la camisa blanca abierta en el cuello, sin corbata, y el pelo rubio revuelto con ese punto canalla que desarmaba cualquier etiqueta seria.
Tenía la copa en una mano y esa sonrisa de anuncio lista en la cara...
hasta que sus ojos claros chocaron contra los míos.
Se detuvo en seco a un metro de distancia.
La sonrisa socarrona se le borró del rostro de golpe.
Las pupilas se le dilataron tanto que casi borraron el azul de su mirada.
Recorrió despacio, sin el menor pudor, cada centímetro de mi silueta: el brillo del satén ciñéndose a la plenitud de mis muslos, la cintura estrecha marcada por el corte, la rotunda voluptuosidad de mi escote pecoso y la firmeza con la que yo le sostenía el pulso tras los cristales de carey.
Se quedó literalmente sin habla, tragando saliva mientras el músculo de su mandíbula se tensaba con fuerza.
Ignorando las miradas atónitas de dos miembros de la junta directiva que le estaban hablando, Izan dio dos zancadas. Dejó su copa sobre la bandeja de un camarero que pasaba por allí sin apartar los ojos de mi boca y se plantó delante de mí.
El calor que desprendía su cuerpo de puro músculo me envolvió como una ola, oliendo a madera, menta limpia y un sándalo cálido que me aceleró el corazón.
—Buenas noches, socio —saludé con un hilo de voz que intenté endurecer sin éxito—. ¿Qué pasa? ¿No te convence el color verde?
Izan no respondió con palabras.
Alargó su mano derecha, grande y de dedos ásperos, y la deslizó directamente alrededor de mi cintura.
No fue un roce tímido de acompañante de compromiso; su palma entera se hundió con una firmeza posesiva y descarada en la curvatura de mi cadera, atrayéndome de golpe hacia su cuerpo hasta que la suavidad del satén crujió contra la lana fría de su traje.
Sentí la dureza de su muslo encajándose entre los míos y una llamarada me recorrió la piel desde los tobillos hasta la coronilla.
Se inclinó despacio. Su boca rozó la curva de mi mandíbula, y sentí su aliento caliente estremeciéndome la piel sensible junto al lóbulo de la oreja.
—Estás que te sales, Carla —me susurró con una voz ronca, espesa, cargada de una devoción salvaje que me erizó hasta el último vello del cuerpo—. Vas a provocar un accidente múltiple en este local y me va a tocar pagar a mí los destrozos. No pienso quitarte las manos de encima en toda la noche.
—Izan... la gente está mirando —murmuré contra su cuello, notando la firmeza de su agarre impidiéndome cualquier paso atrás.
—Que miren lo que quieran —gruñó él, apretando sus dedos un poco más sobre la carne de mi cadera—. Que vean lo que es una mujer de bandera de verdad.
En ese preciso instante, el taconeo afilado de unos zapatos de aguja se detuvo junto a nosotros.
Vanessa apareció con un mono palabra de honor en tono plata brillante que parecía pegado a sus costillas.
Llevaba una copa de champán en la mano y una sonrisa venenosa perfectamente dibujada para la ocasión.
Sus ojos se clavaron en mi escote y en el modo en que la tela esmeralda abrazaba mi vientre suave y mis caderas rotundas.
—Vaya, qué sorpresa tan... pintoresca —soltó ella, arrastrando las palabras con una condescendencia afilada—.
No sabía que las invitaciones de la dirección técnica incluían catering libre de carbohidratos para personal de mantenimiento.
Cuidado con el hojaldre de la barra, maja, que aquí cada caloría cuenta.
Apreté los dientes dispuesta a saltar, pero Izan ni siquiera la dejó terminar la burla.
Lejos de aflojar el agarre, pasó el brazo por completo alrededor de mi espalda baja, pegándome con una rotundidad incuestionable contra su costado. Se giró en redondo hacia un señor calvo con esmoquin y reloj de platino que observaba la escena con curiosidad.
—Don Fernando, qué oportuno —dijo Izan con voz clara, sonora y vibrante, dominando la sala con una autoridad aplastante que borró la sonrisita de Vanessa de golpe—.
Le presento a Carla, la mente brillante que está reescribiendo toda la arquitectura técnica de nuestra compañía.
Es la dueña absoluta de mi tiempo, de mis proyectos y la mujer más increíble de este local.
Cariño, te presento al presidente del fondo de inversión.
Un escalofrío triunfal me sacudió por dentro, mientras la mano de Izan acariciaba la curva de mi cadera sin soltarme ni un solo milímetro.