CAPÍTULO 11
Consejos de alcoba en el chat de WhatsApp
Salí de la cafetería de Conde Duque como si llevara un petardo encendido en el bolsillo trasero del pantalón.
Caminé los doscientos metros hasta mi local a paso ligero, casi sin mirar a los lados, con el estómago encogido en un nudo de pura electricidad estática y el recuerdo de los dedos de Izan apretándome la muñeca todavía quemándome sobre la piel.
Subí la persiana metálica lo justo para colarme de perfil, la bajé de golpe con un estruendo que retumbó en todo el callejón y pasé el cerrojo manual con las dos manos temblándome como si acabara de robar en un banco.
El taller estaba en penumbra y en absoluto silencio. Olía a pintura plástica recién aplicada, a polvo de escayola y al metal caliente de los circuitos de las placas domóticas. Pero la calma duró exactamente cuatro segundos.
En mi bolsillo, el móvil no paraba de sacudirse.
Lo saqué, me dejé caer de espaldas contra la puerta cerrada y desbloqueé la pantalla. El resplandor blanco me dio de lleno en los cristales de mis gafas de pasta XL de carey. Había cincuenta y cuatro mensajes acumulados en «LAS PECADORAS DE MADRID: LA CUMbrE».
Tragué saliva y entré al chat. Aquello era una trinchera en plena erupción.
[Martina]: ¡¡¡CARLA MARÍA, POR TODOS LOS SANTOS DE MADRID!
!! ¡¡¡CONTESTA YA O ME MONTO EN UN TAXI DE JIMENA Y VOY A BUSCARTE A LA CASTELLANA CON LA POLICÍA NACIONAL!
!! ¡Que me ha entrado un soplo de que el maromo te ha sacado a desayunar y no sabemos si has sobrevivido o si te ha hecho firmar una hipoteca!
[Elena]: ¡Buenas tardes a todas! Por favor, mantengamos la calma procesal.
Carla, bajo ningún concepto aceptes un acuerdo verbal que implique exclusividad personal o laboral sin consultar previamente los términos.
Los pactos de conveniencia sentimental suelen incurrir en vicios del consentimiento y conllevan un riesgo altísimo de conflicto de intereses respecto a la patente de tu software.
[Lucía]: ¡Elena, tía, vete a freír espárragos con el Código Civil un ratito!
¡Carla, que le den morcilla al software!
Cuéntanos si le has puesto las curvas en la cara a toda la burguesía de Serrano, que me han dicho que la ex es un fideo con ínfulas de marquesa.
¡Luce chasis sin pedir perdón, joder, que ese entrenador tiene que flipar con una mujer de verdad! Olé tú y olé tu pandero.
[Bea]: ¡Ay, Lucía, esa boquita! Carla, mi niña, no hagas caso de estas locas.
Seguro que estás con el estómago del revés por culpa de los nervios...
Si necesitas templar el cuerpo, te mando por mensajero una caja de palmeras de hojaldre recién salidas del horno y unos bollos de mantequilla.
¡El azúcar asienta el alma y quita todos los temblores de piernas!
[Valeria]: Carla... mucho ánimo con todo esto.
Yo sé bien lo que impone ese mundillo del fitness y la tontería de la báscula, pero créeme: los tíos de gimnasio que parecen de portada de revista suelen ser los más inseguros del mundo cuando se apagan los focos.
Si Izan te mira de verdad, es porque ve en ti una fuerza que en su vida ha tenido cerca. No te achiques, que vales oro.
Me apoyé la mano libre en el pecho, sintiendo el aire volver despacio a mis pulmones. Sentía una mezcla salvaje de vergüenza torera y gratitud absoluta. Tener a este batallón de mujeres reales cubriéndome las espaldas era como llevar un chaleco antibalas forrado de algodón de azúcar.
Me ajusté las gafas y tecleé a toda prisa:
[Carla]: Estoy viva, tranquilas. He tenido que salir corriendo de la cafetería porque el rubio casi me desmonta el sistema operativo con las manos.
Hemos firmado una tregua: solo dos eventos sociales para torear a la influencer de su ex, testeo de sensores biométricos a cambio de arreglarle la app, y después cada uno por su lado.
El problema es el sábado: tengo que ir al aniversario de su gimnasio pijo y no tengo ni puñetera idea de qué ponerme.
Había pensado en un pantalón sastre negro ancho y una camisa holgada de lino para pasar desapercibida y que nadie me mire.
El chat se congeló durante tres segundos. Y entonces cayó el apocalipsis digital.
[Martina]: ¡¡¡UN PANTALÓN ANCHO Y UNA CAMISA DE MONJA?!!! ¡¡¡ESTÁS LOCA DE REMATE O TE HAS CAÍDO DE UN ÁRBOL EN EL RETIRO?!!! ¡VETO TOTAL Y ABSOLUTO!
[Sara]: pantalón sastre dice. te falta la carpeta de los testigos de jehová. búscate algo ajustado y déjate de bobadas de abuela.
[Lucía]: ¡Ni de coña, Carla! ¡Como vayas con ropa de enterrador voy yo misma a Conde Duque y te rajo la tela con las tijeras del pan! ¡Esa talla 46 tiene que reventar la Castellana, me cago en mi estampa!
[Elena]: Debo adherirme a la moción de censura textil. En un entorno hostil como un club privado de alta sociedad, la indumentaria actúa como alegato inicial. Ocultar tu fisonomía denota debilidad procesal, Carla.
Antes de que pudiera defenderme, la pantalla cambió de golpe. Me saltó una notificación de un chat privado.
Era Martina.
Abrió fuego con un archivo adjunto que tardó dos segundos agónicos en cargar. Cuando la imagen se abrió, me quedé sin respiración.
Era una fotografía sobre fondo blanco de un vestido verde esmeralda de satén de seda pesado, con un brillo elegante que quitaba el hipo.
Tenía un escote corazón generoso, tirantes estructurados que prometían sujetar el pecho sin aplastarlo, un corte ceñido a la cintura que se abría en una falda lápiz rotunda y una cremallera trasera metálica e invisible, sin un solo botón a la vista.
Entró un audio de Martina de veinte segundos. Le di al play y su voz atronó en el taller con la solemnidad de un juicio divino:
—Carla María, escúchame muy bien porque no lo voy a repetir —arrancó, y de fondo se escuchaba a Adrián suspirar en la agencia—.
Este vestido es de una sesión de moda de Gran Vía de la semana pasada.
Es de tu talla exacta, no lleva ni un solo botón que pueda salir disparado al infinito y está diseñado para mujeres con curvas de categoría.
Te lo manda mi mensajero ahora mismo en una percha.
O te plantas eso el sábado para que al rubio se le desencaje la mandíbula en mitad de la Castellana y aprenda lo que es una mujer de bandera, o me planto yo misma en tu taller con Adrián y te lo embutimos entre los dos. ¡Tú decides!
El audio terminó con un chasquido.
Miré la pantalla. Miré el verde esmeralda. Me toqué el vientre y las caderas por encima de la tela elástica de mis vaqueros.
La sola idea de cruzar la puerta de Apex Performance enfundada en satén verde delante de las clientas de Serrano me daba un pánico atroz.
Pero, al mismo tiempo, una chispa caliente y rebelde me encendió la boca del estómago: la certeza de que Izan Serrano iba a tener que morderse la lengua para no perder la poca compostura que le quedaba.