CAPÍTULO 10
Las cláusulas de un contrato sin letra pequeña
A las diez de la mañana de un jueves, la cafetería de Conde Duque olía a grano de café etíope recién prensado, tarta tibia de zanahoria con canela y a la lluvia fina que acababa de limpiar el asfalto de Madrid.
Los techos eran altos, con ladrillo visto y vigas de madera oscura, pero la mesa redonda de chapa en la que estábamos sentados era tan ridículamente diminuta que cada vez que respiraba hondo corría el peligro de rozar las rodillas del maromo que tenía enfrente.
Izan Serrano no cabía en esa silla. Literalmente.
Su metro ochenta y cinco de pura fibra atlética ocupaba medio local.
Llevaba una sudadera gris perla de algodón premium remangada hasta los codos, dejando a la vista unos antebrazos que eran un canteo de venas y fuerza contenida, y apoyaba los codos sobre el metal con la tranquilidad insolente de quien nunca ha tenido que pedir permiso para entrar a ningún sitio.
Su pelo rubio revuelto brillaba bajo los focos colgantes de luz ámbar, y esa mandíbula perfecta que Dios le había dado para desgracia de mi autocontrol exhibía una sombra de barba de dos días que me tenía el pulso en rebeldía.
Yo me ajusté las gafas sobre la nariz con un golpe seco de nudillo, respiré hondo y planté sobre la mesa mi libreta de tapas duras y un bolígrafo retráctil de cuatro colores.
—A ver, rubio, vamos a poner orden en este sindiós antes de que esto se nos vaya de las manos —arranqué, haciendo un clic sonoro con la mina roja—.
Lo que soltaste anoche en la plaza delante de tu ex no tiene nombre ni perdón de Dios.
«Es Carla, mi novia». ¿En serio, Izan? ¿No se te ocurrió decir que era tu prima de Cuenca o una inspectora de Hacienda?
Tenías que meter la directa con un noviazgo inventado en mitad de una terraza de Conde Duque.
Izan esbozó esa sonrisa de medio lado, pícara y descarada, que me provocaba una mezcla letal entre ganas de tirarle el café hirviendo por encima y saltar sobre la mesa para morderle el labio inferior.
—Si le digo que eres mi prima, no se lo cree ni harta de batidos detox, Carla —replicó él con esa voz grave, pausada y arenosa que hacía que el estómago me diera una voltereta olímpica—.
Vio cómo te tenía pegada a mi costado. Vio el escote de tu peto.
Vio cómo te miraba. A Vanessa podrás engañarla con muchas cosas, pero sabe de sobra que a una mujer como tú jamás la miraría como a una prima.
Tragué saliva. Sentí el fuego subirme por el cuello pecoso, amenazando con teñirme las mejillas del mismo color que mi pelo cobrizo.
Para no desmoronarme, apreté la espalda contra el respaldo de madera, dejando que la tela elástica de mis vaqueros se acomodara sobre mis caderas rotundas de la talla 46.
No pensaba achantarme. Mi armadura era el código, la lógica y el papel.
—Menos flores y más protocolo, que a mí el postureo de la Castellana no me nubla el juicio —espeté, carraspeando para recuperar mi tono de ingeniera jefa—.
Si vamos a seguir adelante con esta farsa para que tu ex no te reviente la imagen del gimnasio ni te hunda la captación de inversores, lo dejamos todo firmado y delimitado en este cuaderno. Sin letra pequeña.
—Dispara, abogada de barrio —dijo él, apoyando la barbilla en la palma de una mano enorme y mirándome como si yo fuera el espectáculo más entretenido de todo Madrid.
—Punto número uno —leí, señalando el renglón con la punta del boli—: invasión cero de mi taller en Conde Duque.
Tú vienes a testear los sensores biométricos en la sala a oscuras y te marchas a tu club.
Nada de rondar por mi mostrador mientras tiro cables, ni de aparecerte sin camiseta como si esto fuera una playa de Benidorm.
Izan soltó una carcajada limpia que hizo que dos señoras de la mesa contigua se giraran con una sonrisa de aprobación.
—Concedido a regañadientes —concedió, levantando una ceja rubia—. Aunque te recuerdo que mi espalda fue lo que te salvó de quedarte a dormir en el habitáculo. Siguiente punto.
—Punto número dos: la farsa expira de forma fulminante tras dos eventos concretos —continué, marcando una cruz rotunda en la hoja—.
El aniversario de Apex Performance de este sábado y la cena oficial de patrocinadores del mes que viene.
Ni un minuto más. En cuanto Vanessa se dé cuenta de que has pasado página y tus socios cierren la ronda, fingimos una ruptura cordial por incompatibilidad de carbohidratos y adiós muy buenas.
—Incompatibilidad de carbohidratos, qué fina eres —masculló él, divertido, jugando con la cuchara del café—. Compro el plazo. Pero te falta lo más importante, Carla. ¿Qué pasa con el contacto físico?
El corazón me dio un aldabonazo salvaje contra las costillas.
—Ahí iba —dije, bajando la voz y clavándole una mirada fulminante tras mis cristales de carey—.
Cláusula tres: tolerancia cero de derecho a roce fuera de guion estricto.
Nada de manoseos gratuitos, nada de respirarme en la nuca y nada de invadir lo que técnicamente he clasificado como «zonas de alta densidad corporal».
Izan se congeló un segundo. Luego, una sonrisa absolutamente letal se le abrió en la cara, arrugándole las comisuras de los ojos claros. Se inclinó un poco más sobre la mesa, acortando el poco espacio que nos separaba hasta que su fragancia a menta limpia y madera me saturó la respiración.
—¿Zonas de alta densidad corporal? —repitió, arrastrando cada sílaba con un descaro que me erizó el vello de los brazos—. Por favor, ingeniera, ilumíname. ¿Podrías definir con precisión técnica esas coordenadas en el mapa?
—Izan, hablo completamente en serio —protesté, sintiendo que la garganta se me secaba por segundos—. Mis caderas, mi cintura y mi pecho no entran en el paquete de soporte informático. En los eventos se me permite un agarre formal de cortesía en el brazo o el hombro, y para de contar.
—Pues tenemos un problema de bulto, pelirroja —dijo él.
Antes de que pudiera apartar la libreta, la mano derecha de Izan cruzó el centro de la mesa.
Sus dedos se cerraron sobre los míos con una suavidad desconcertante, atrapando mi mano sobre el papel cuadriculado.
Su palma era inmensa, dura, llena de callosidades calientes por las barras de dominadas, y el contraste con mi piel suave y pecosa fue una colisión térmica que me paralizó la lengua.
Deslizó el pulgar despacio, con un ritmo deliberado y firme, acariciando la base de mi muñeca, justo sobre el punto donde mi pulso latía con la violencia de un motor averiado.
El tono de su voz cambió de golpe. La ironía desapareció, sustituida por una gravedad rotunda, espesa y cargada de una devoción salvaje que me caló hasta los huesos.
—Escúchame bien, Carla —murmuró, mirándome directo a los ojos sin pestañear—.
Toda esa gente de Serrano me conoce desde hace años.
Saben cómo me muevo, saben cómo respiro y saben perfectamente qué clase de hombres soy.
Si me presento en la fiesta del club cogido de tu bracito como si fueras mi compañera de catequesis, Vanessa se va a reír en nuestra cara a los cinco segundos de entrar.
Tragué saliva, incapaz de romper el contacto de su mano, sintiendo una corriente ardiente bajándome directa hacia el vientre.
—¿Y... y qué pretendes hacer entonces? —susurré, odiándome por el hilo de voz tembloroso que me salió.
Izan apretó los dedos sobre mi muñeca un milímetro más, clavando su mirada ardiente en mis labios antes de volver a mis ojos.
—Pretendo agarrarte de la cintura como si fueras lo más valioso y deseable que ha pisado este maldito Madrid, que es exactamente lo que eres —soltó sin un solo titubeo, con una firmeza que me vació los pulmones de aire—.
Pienso hundir mi mano en esa curva tuya, pegarte a mi cadera y no soltarte en toda la noche para que a nadie en ese salón le quede una sola duda de que me vuelves completamente loco.
Así que borra esa cláusula absurda de la libreta, porque tus curvas se vienen pegadas a mí o no hay trato.
Me quedé suspendida en el aire, sin respiración, con el calor abrasador de su piel fundiéndose en la mía y el eco de sus palabras retumbando en mi cabeza como una sentencia deliciosa.
Iba a soltarle una réplica afilada para defenderme de ese asedio hormonal cuando, de pronto, el cristal de la mesa tembló con violencia.
El móvil empezó a vibrar sin compasión, soltando ráfagas continuas de zumbidos sobre la chapa.
La pantalla se iluminó en verde fosforito. Una notificación urgente de WhatsApp irrumpió en el centro:
[GRUPO: LAS PECADORAS DE MADRID: LA CUMbrE]
[Martina]: ¡¡¡CARLA MARÍA, MANIFIESTATE AHORA MISMO O VOY A BUSCARTE A LA CASTELLANA CON LA POLICÍA NACIONAL!!! ¡¡¡TENEMOS ALARMA GENERAL DE VESTUARIO!!!