CAPÍTULO 9
Cañas de supervivencia y una ex en el horizonte
Cruzar la cancela hacia la calle Conde Duque fue como volver a nacer.
El aire fresco de la noche madrileña me golpeó en las mejillas encendidas, enfriando apenas la llamarada que todavía me quemaba la piel tras el número de circo sobre los hombros del entrenador.
Íbamos los dos a trompicones, despeinados, con el pulso haciendo piruetas y una necesidad imperiosa de oxígeno.
Izan caminaba a mi lado sacudiéndose el polvo técnico de la sudadera azul marino. Tenía el pelo rubio totalmente revuelto por mis muslos, la respiración aún agitada y una sonrisa socarrona dibujada en la cara que amenazaba con provocarme un derrame cerebral.
—A ver, programadora —dijo, pasándose una mano grande por la nuca con esa soltura atlética que parecía sacada de un anuncio de televisión—. Yo no sé tú, pero si no me meto medio litro de cerveza entre pecho y espalda en los próximos tres minutos, me declaro en huelga de brazos caídos.
Me ajusté las gafas XL de carey con el dedo corazón y tiré del dobladillo de mi peto vaquero para poner orden en mi cintura.
La faja de encaje me seguía apretando las costillas de una forma criminal, pero mi orgullo de barrio estaba por encima de cualquier asfixia textil.
—Por una vez en la vida, rubio, has tenido una idea brillante. A la terraza de la Plaza de los Guardias de Corps. Y ni se te ocurra pedir agua con rodajas de pepino, que aquí se bebe como Dios manda.
—Ofendes a la profesión, Carla —soltó él con una risa limpia que rebotó en los adoquines—. Un tercio bien frío no le ha hecho daño a ningún récord de sentadillas.
La plaza estaba en su salsa: niños corriendo entre los bancos de piedra, farolas arrojando charcos de luz amarilla sobre las terrazas y el murmullo inconfundible del tardeo madrileño estirándose hacia la cena.
Nos sentamos en una mesa de chapa gris que chirrió de mala manera cuando arrastré la silla metálica.
En menos de dos minutos, el camarero del bar de la esquina plantó en el centro dos tercios de Mahou helados con su cuello esmerilado por la escarcha y una fuente humeante de patatas bravas ahogadas en salsa picante.
Izan agarró el botellín, chocó el cristal contra el mío con un golpe seco y me clavó esos ojos claros que parecían no pestañear jamás.
—Por los cerrojos defectuosos y las mujeres que ocupan el espacio que les da la real gana.
Tragué saliva, sintiendo que el trago de lúpulo amargo me bajaba por la garganta como una bendición.
—Por tu columna vertebral, que ha sobrevivido a una talla 46 sin pedir ambulancia.
Izan soltó una carcajada abierta, echando la cabeza hacia atrás mientras mojaba una patata en la salsa.
—Te he dicho antes que ha sido pura gloria, cerebrito. Si todos mis entrenamientos tuvieran esas vistas y ese agarre, cobraba el doble de cuota en el club.
—Eres un sinvergüenza de categoría, Izan Serrano —mascullé, pinchando otra brava para ocultar que la boca se me secaba cada vez que recordaba la presión de sus dedos en mis piernas—. En la Castellana os enseñan mucha pose, pero de diplomacia andáis cortitos.
Estuvimos veinte minutos enfrascados en una guerra de pullas, desmontando el pánico del encierro entre carcajadas que hacían que los hombros anchos de Izan rozaran los míos cada vez que nos inclinábamos sobre la mesa.
La complicidad fluía tan fácil, tan sin esfuerzo, que por un segundo se me olvidó que el maromo que tenía enfrente entrenaba a la jet de Madrid y que yo vivía atrincherada entre cables y circuitos quemados.
Entonces, el universo decidió que ya había tenido suficiente paz.
—¿Izan? ¿De verdad eres tú?
La voz cayó sobre la mesa como un chorro de vinagre. Era un tono agudo, impostado, cargado de ese engolamiento milimétrico de quien vive pendiente de los micrófonos de solapa y los directos de Instagram.
Alcé la vista. Parada junto a nuestro velador metálico había una mujer que parecía un render de diseño gráfico: mono ciclista en tono beis neutro, coleta tirante pulida con cera que desafiaba la gravedad, riñonera de marca cruzada en el pecho y una silueta que gritaba desnutrición programada y cero calorías por decreto ley.
La acompañaban dos tipos con polos de pádel y zapatillas inmaculadas que miraban la terraza como si temieran pillar el tétanos al tocar las sillas.
Izan dejó el botellín sobre la mesa despacio. La mandíbula se le tensó en una línea recta y dura.
—Hola, Vanessa —dijo él, con una frialdad que heló el vapor de las patatas.
La tal Vanessa paseó la mirada por la fuente grasienta, el cenicero de metal y los dos tercios vacíos, antes de clavar sus pupilas en mí.
Me escaneó de arriba abajo con una sonrisita condescendiente que me revolvió las tripas: se detuvo en mis gafas grandes, en mi pelo cobrizo alborotado y en la generosidad rotunda de mi pecho bajo el peto vaquero.
—Vaya, veo que sigues frecuentando locales con encanto rústico —soltó ella, arrastrando las palabras con retintín—. No sabía que habías contratado a una secretaria nueva para gestionar el desastre de la app en la academia. Hola, maja, ¿le llevas tú la agenda ahora?
Me cago en mi estampa y en la madre que trajo al mundo a la Barbie fit.
Apreté el tenedor de metal en el puño con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Iba a abrir la boca para soltarle una bordería castiza que le iba a desconfigurar el bótox de la frente, pero no me dio tiempo ni a coger aire.
Izan se levantó en seco.
Su metro ochenta y cinco se desplegó con una presencia rotunda que tapó la luz de la farola.
Sin dudarlo un solo segundo, dio medio paso hacia mi silla, pasó un brazo firme y caliente sobre mis hombros y me apretó contra su costado con una fuerza posesiva que me dejó sin respiración.
La dureza de sus costillas chocó contra mi sien, y su palma ancha se cerró alrededor de mi brazo desnudo con una devoción descarada, exhibiéndome ante el trío de estirados como si yo fuera la única joya con sentido en todo el mapa de Madrid.
Clavó sus ojos en su expareja con un desprecio tan aplastante que a la rubia se le borró la media sonrisa de la cara.
—No es mi secretaria, Vanessa —soltó Izan con una voz grave, clara y tan firme que los dos pijos del pádel dieron un paso atrás—. Es Carla, mi novia. Y te agradecería que no nos interrumpas la cita.
Un escalofrío salvaje me recorrió la columna vertebral de arriba abajo, fundiendo mi rabia en una sacudida eléctrica que me paralizó la lengua.