El juego de la tentación (Chicas de barrio nº 9) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Mi faja de encaje no está diseñada para misiones de rescate

El aliento de Izan en la curva de mi oreja me estaba provocando un cortocircuito cerebral mucho más grave que el del cuadro eléctrico.

Tener a un maromo de metro ochenta y cinco de pura fibra aplastándote con devoción en una baldosa a oscuras tiene su punto de peligro público, pero mi instinto de supervivencia de barrio y mi vergüenza torera decidieron intervenir antes de que se me derritiera el poco sentido común que me quedaba.

Tragué saliva, carraspeé con fuerza y me obligué a clavar las uñas en las palmas de mis manos para despejar la niebla.

—Muy poético, rubio —solté, intentando que el tembleque de las cuerdas vocales no delatara que tenía el pulso a doscientas pulsaciones por minuto—.

Pero estamos en horario laboral, no tengo cobertura para llamar a los bomberos y aquí dentro el oxígeno no es infinito.

Así que suéltame las caderas antes de que tengamos que lamentar una desgracia.

Izan soltó una risita baja, ronca, que me retumbó directo en los omóplatos. Lejos de soltarme con prisas, sus dedos anchos se deslizaron con una parsimonia exasperante por la tela de mi peto vaquero, acariciando la curva de mis costados antes de apartar las manos de mi cintura.

—Tú mandas, jefa. Aunque conste en acta que yo estaba comodísimo. ¿Cuál es el plan de fuga, cerebrito?

Aproveché que recuperaba el control del aire para dar un paso al frente y palpar el aire a ciegas.

—Encima de nuestras cabezas hay una trampilla de registro técnico. Por ahí pasa la línea auxiliar y tiene un disyuntor manual de palanca que corta la alimentación de los electroimanes de la puerta. Si lo bajo, el cerrojo magnético se suelta por gravedad y se abre la compuerta exterior.

Escuché el roce de su ropa técnica y el chasquido de sus zapatillas sobre la goma del suelo. Izan estiró los brazos hacia arriba en la penumbra.

—El techo está a más de dos metros y medio, Carla. Con los brazos en alto llego a rozar el marco de metal, pero para manipular cables o una palanca dura necesito ganar al menos medio metro más.

—Pues estamos apañados —mascullé, ajustándome las gafas XL de carey por puro reflejo, aunque en aquella negrura no sirvieran de nada—. Las banquetas del taller se han quedado al otro lado del pestillo.

—No necesitamos banquetas. Te subes a mis hombros y tiras tú de la palanca.

Me quedé helada. El silencio en el metro cuadrado fue tan denso que casi se oía el parpadeo de mis pestañas.

—¿Que yo me suba a dónde? —solté, ahogando un bufido de puro espanto—. ¿Tú te has dado un golpe en la coronilla con el marco al entrar o es que la creatina te ha secado el juicio? Ni de coña.

—¿Por qué no? —preguntó él con una naturalidad pasmosa—. Tú sabes qué cable tocar y yo tengo fuerza de sobra. Es pura física básica.

—Pura física dice el tío... A ver cómo te lo explico para que lo entienda tu musculatura de élite: gasto una talla 46 rotunda, peso lo que tengo que pesar y no soy precisamente una pluma de bádminton de las que levantáis en la Castellana.

Y por si fuera poco, llevo debajo de este peto una faja reductora de encaje reforzado que me compré para la boda de mi prima y que me oprime las costillas de una forma inhumana.

Mi faja no está diseñada para misiones de rescate ni para hacer acrobacias del Circo del Sol, rubio. Te voy a partir en dos.

En mitad de la oscuridad espesa, Izan soltó una carcajada tan limpia, abierta y descarada que rebotó por las placas insonorizadas del habitáculo.

—¡Pero qué dices, mujer! —se mofó, y el eco de su voz bajó de altura—.

Venga, déjate de tonterías y de complejos absurdos, Carla.

Levanto ciento cuarenta kilos en sentadilla profunda todos los martes antes de desayunar.

Tus curvas para mí son gloria bendita, no un problema de carga.

Me he agachado. Pon las manos en mis hombros y pasa una pierna.

Tierra, trágame y escúpeme en la ría de Bilbao.

A tientas, estiré los brazos. Mis dedos rozaron la tela de su sudadera y se toparon con la dureza descomunal de sus trapecios.

Izan estaba en cuclillas frente a mí, sólido como una roca de la Sierra de Guadarrama.

Tragué saliva, maldije a Martina por meterme en este embolado y levanté la pierna derecha, pasándola por encima de su cabeza.

—Agárrate —me avisó con voz tranquila.

Me senté a horcajadas sobre sus hombros.

Antes de que me diera tiempo a entrar en pánico por el equilibrio, las manos grandes y firmes de Izan atraparon mis muslos rotundos por encima del peto.

No me sujetó con las puntas de los dedos por miedo a tocar de más; clavó las palmas enteras, calientes y rugosas, apretando la carne firme de mis piernas contra los laterales de su cuello con una posesividad arrolladora.

—Arriba —murmuró él.

Izan se puso de pie. Lo hizo con un movimiento fluido, potente y seco, sin tambalearse, sin emitir un solo quejido y sin que le temblara ni un músculo. Me elevó en el aire como si yo estuviera hecha de algodón de azúcar.

El impacto sensorial me dejó sin habla. El calor de su cuello sudado subía directo por la entrepierna de mi pantalón, mientras mis muslos anchos le aprisionaban las orejas y la base de la mandíbula.

La faja de encaje me tiraba de las caderas, pero las manos de Izan me anclaban a su cuerpo con una fuerza tan descomunal y protectora que el corazón empezó a galoparme en la garganta.

Sentía la vibración de cada una de sus respiraciones profundas filtrándose a través de mis muslos.

—Ya llegas al techo —dijo, y su voz, amortiguada por mi propia carne, me provocó un escalofrío salvaje en el bajo vientre—. Dime qué ves con las manos.

Alcé los brazos, tanteando a tientas el hormigón rugoso de la parte superior. Mis dedos chocaron con la textura áspera y fría del marco metálico de la trampilla.

—Tengo el marco... espera —balbuceé, estirándome un poco más. Al moverme, mis caderas se desplazaron, y las manos de Izan apretaron mis muslos con más firmeza aún para estabilizarme, subiendo un par de centímetros hasta rozar la curvatura inferior de mis glúteos.

Madre mía de la Paloma, que me da un síncope.

—Aquí está el cajetín —jadeé, palpando la palanca de corte de emergencia—. Está dura de narices.

—Tira con fuerza hacia abajo, Carla. Yo te tengo sujeta, no te vas a caer ni aunque quieras.

Cerré el puño alrededor de la palanca de hierro. Apreté los dientes, tiré con todo el peso de mi cuerpo hacia el suelo y, con un chasquido metálico seco y rotundo, el disyuntor cedió.

¡CLAC!

El zumbido magnético se extinguió en el acto. La pesada compuerta de la entrada perdió la corriente y se entreabrió unos centímetros por la propia inercia del muelle, dejando entrar una rendija de luz dorada, limpia y bendita procedente de las farolas de la calle Conde Duque.

El haz de luz cortó la negrura como una cuchilla, iluminando el polvo en suspensión del habitáculo.

—¡Hecho! —exclamé, aliviada—. ¡Bájame, bájame antes de que me dé un bajón de azúcar!

Izan flexionó las rodillas despacio. En lugar de soltarme en el suelo de golpe, me deslizó lentamente pegada a su torso.

La tela de mi camiseta y el peto rozaron su sudadera centímetro a centímetro.

Sentí la dureza de sus pectorales, la línea tensa de su estómago y el calor abrasador que desprendía su piel.

Cuando mis botines tocaron por fin el suelo acolchado, sus manos no me soltaron la cintura.

Nos quedamos a escasos diez centímetros de distancia, respirando el mismo aire caliente y espeso.

Bajo la luz tenue que entraba por la rendija de la puerta, los ojos claros de Izan brillaban con una intensidad cruda, desarmada y salvaje.

Tenía el pelo rubio revuelto, unas gotas de sudor brillándole en la frente y el pecho agitado.

Su mirada bajó despacio por mi rostro pecoso, se detuvo en mis labios entreabiertos y recorrió la rotundidad de mi escote y mis caderas con un hambre tan real, tan evidente y tan desprovista de filtros que el aire se me atascó en la garganta.

No había burla. No había condescendencia. Había una fascinación primitiva que me hizo temblar hasta los tobillos.

—Te he dicho que peso demasiado, rubio —susurré, sin apenas voz, incapaz de apartar la mirada de la suya.

Izan dio un paso más hacia mí, cerrando el espacio hasta que su barbilla rozó la comisura de mis gafas de carey.

—No vuelvas a decir esa soplaguez en tu vida, Carla —me espetó en un susurro ronco que me quemó la piel—. Tienes el cuerpo más increíble que he tenido entre las manos en toda mi maldita existencia.