CAPÍTULO 7
La oscuridad tiene manos demasiado grandes
En mitad de un metro cuadrado a oscuras, sin cobertura en el móvil y con las puertas magnéticas selladas por un corte de tensión, no te mueves.
Por pura supervivencia básica y porque cualquier paso en falso en este búnker insonorizado de Conde Duque significa abrirte la crisma contra una esquina de madera o comerte el suelo de goma.
Aunque el verdadero peligro no era el suelo. El peligro era el calor sofocante y sólido que tenía pegado a la espalda.
—Tu sala de escape es la más eficaz de toda la Comunidad de Madrid, programadora —soltó Izan de pronto.
Su voz grave y templada vibró en el aire cerrado del habitáculo, rozándome la coronilla con una diversión que me encendió la sangre—.
Cinco estrellas en Google os voy a plantar: de aquí no sale vivo ni el apuntador.
Tragué saliva, clavando las uñas en las palmas de mis manos para no perder los papeles.
—Muy gracioso, rubio —mascullé, esforzándome para que la voz me saliera firme y con ese sarcasmo de trinchera que uso para disimular que el corazón me va a doscientas pulsaciones por minuto—.
Si te callas dos segundos igual consigo ubicar mentalmente el cuadro de fusibles auxiliar.
Estaba a la izquierda del marco, a la altura de la cadera.
—Pues muévete despacio, que estamos en una baldosa.
Eso intento, pedazo de animal, pero ocupas más que un piano de cola.
Intenté girarme sobre mis talones para encarar la pared lateral.
Fue una pésima idea. En el giro a ciegas, la tela áspera de mis vaqueros resbaló contra el tejido técnico de sus pantalones deportivos.
La redondez generosa de mi cadera colisionó de lleno con la firmeza de su pelvis, y en ese roce frontal y ciego se desató una sacudida eléctrica que me dejó sin respiración.
Tropecé con la punta de su zapatilla.
—¡Cuidado! —exclamó él.
Antes de que pudiera desequilibrarme o buscar apoyo contra la madera fría, unas manos descomunales aterrizaron sobre mis costados.
No fue un roce torpe ni un agarre de emergencia.
Las palmas de Izan —anchas, ásperas y ardiendo como brasas— se amoldaron con una fuerza precisa a la curva viva de mi cintura, hundiéndose con firmeza sobre la carne suave de mi vientre y mis caderas.
Sus dedos se abrieron en abanico, abarcándome con una posesividad instintiva que me congeló los pulmones.
El silencio cayó sobre nosotros con el peso de una losa de hormigón.
Uno. Dos. Tres segundos eternos donde ninguno de los dos se atrevió a respirar.
En la negrura absoluta, sin pantallas que mirar ni líneas de código a las que agarrarme, el tacto se convirtió en un grito ensordecedor.
Notaba cómo las yemas de sus dedos presionaban la tela elástica de mi peto, reclamando mi volumen sin el menor titubeo, sin un ápice de esa condescendencia estirada con la que miran los pijos en la Castellana.
A este hombre no le sobraba ni un solo milímetro de mi chasis; al contrario, sus manos se cerraban sobre mis curvas con una urgencia cruda, como si llevara días esperando la excusa de un apagón para tocar la verdad.
Mi espalda volvió a chocar contra su pecho. Pude olerlo todo: la madera, el mentol limpio de su piel y ese calor denso, puramente masculino, que se mezclaba con el aroma dulce del perfume de azahar que me había puesto en las clavículas antes de salir del taller.
—El cuadro... el cuadro de fusibles está a la izquierda, Izan —dije, pero la frase se me partió por la mitad, saliendo como un suspiro tembloroso que delató cada una de mis alarmas.
Izan no me soltó. Al contrario: dio medio paso hacia delante, acortando el último resquicio de aire, hasta que su frente rozó mi sien cobriza.
Se inclinó muy despacio. Sentí el roce húmedo y caliente de sus labios en el borde de mi oreja, bajando una caricia invisible hacia la curva de mi mandíbula.
—Sé perfectamente dónde están los plomos, Carla —susurró con una voz ronca, espesa, cargada de una devoción salvaje que me provocó un estremecimiento en la espina dorsal—. Pero no tengo ninguna prisa por encender la luz.