El juego de la tentación (Chicas de barrio nº 9) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Un error en el servidor y una puerta que hace «clac»

El habitáculo de la sala central de «Citas a ciegas extremas» olía a madera virgen recién cortada, a barniz ecológico y al zumbido casi imperceptible de los relés domóticos alimentados a doce voltios.

Era un búnker de doce metros cuadrados completamente insonorizado en las entrañas de Conde Duque, panelado de arriba abajo con placas acústicas de color gris plomo y una estructura de tabiques móviles diseñada para que nadie supiera dónde demonios estaba el norte.

Me colgué la linterna de técnico al cuello, dejando que la correa de nailon descansara sobre el escote cuadrado de mi camiseta blanca. Sujetaba la tablet de pruebas con la mano izquierda mientras comprobaba los leds de la interfaz táctil.

—A ver, rubio, abre bien las orejas de atleta y concéntrate —le solté a Izan por encima del hombro, recolocándome las gafas XL de carey con un golpe de muñeca—.

Esta sala no se supera a base de hacer flexiones ni de empujar las paredes como si fueran una prensa de piernas en la Castellana.

Aquí la gracia está en el contacto guiado y la sincronización biométrica.

Izan dio un paso hacia el interior del laberinto.

Llevaba la sudadera técnica azul marino remangada hasta los codos, dejando al descubierto unos antebrazos fibrosos cruzados por venas marcadas que habrían hecho llorar de emoción a un estudiante de anatomía.

Paseó la mirada clara por las paredes acolchadas con una calma desconcertante, masticando chicle de menta con esa lentitud suya que me ponía de los nervios.

—Tú mandas, jefa —dijo, curvando los labios en esa media sonrisa canalla que parecía ensayada frente a un espejo de vestuario—.

Aunque te recuerdo que mi pulso está entrenado para aguantar sprints a doscientas pulsaciones por minuto sin despeinarme.

Dudo mucho que unas lucecitas apagadas me asusten.

—Las luces no tienen que asustarte, genio.

Tienen que desaparecer. La idea es que los dos participantes entren con los sensores de pulso bien ajustados a las muñecas.

La cerradura magnética del siguiente cuadrante solo se abre si ambos ritmos cardíacos entran en una frecuencia armónica sostenida durante diez segundos.

Si os ponéis nerviosos, el electroimán no suelta el cerrojo ni con palanca.

Izan se detuvo a medio metro de mí. Su altura me obligó a levantar la barbilla, sintiendo el calor limpio y seco que desprendía su cuerpo de puro músculo, saturado de aroma a cedro y menta.

—¿Y qué pasa si alguien se pone nervioso por tenerte demasiado cerca, Carla? —murmuró, bajando el tono con un deje ronco que me provocó un cosquilleo inmediato en la boca del estómago—. ¿El sistema lo detecta como fallo de red o como acierto?

Tragué saliva, sintiendo que la tela de mi peto vaquero me apretaba las caderas de repente.

La talla 46 no tiene nada que esconder, y la forma en que sus ojos claros recorrieron el corte de mi cintura antes de volver a mis labios me confirmó que al entrenador le importaba tres pimientos el protocolo informático.

—El sistema detecta sobrecargas de estupidez, rubio —repliqué con rapidez, apretando la tablet contra el pecho rotundo para marcar una barrera defensiva—.

Menos lobos y ponte el brazalete de telemetría de la pared.

Voy a apagar las luces de servicio para comprobar la respuesta táctil del primer panel.

Izan enarcó una ceja, pero estiró el brazo hacia el soporte lateral para colocarse la banda elástica con el sensor. Toqué el comando en la pantalla táctil para simular el inicio de la partida.

De pronto, un zumbido agudo y disonante —como el chillido de un condensador reventando— salió del cuadro general encastrado junto al marco de la entrada.

¡Bip-bip-biiiiip!

—¿Eso forma parte de la banda sonora inmersiva? —preguntó Izan en tono burlón.

—No. Eso es un error de sobretensión en la línea domótica —mascullé, clavando los ojos en el indicador de batería de la tablet, que empezó a parpadear en rojo furioso—. Mierda. No me jodas ahora...

Antes de que pudiera pulsar el botón de apagado forzado, las tres tiras led del techo soltaron un chispazo azulado y se apagaron de cuajo.

La negrura cayó sobre nosotros como un cubo de alquitrán espeso. No era una penumbra amable con sombras chinescas: era esa oscuridad absoluta, ciega y densa de las salas insonorizadas sin una sola ventana al exterior.

En ese mismo instante, a dos metros de donde estábamos, sonó un chasquido metálico rotundo, seco y brutal.

¡Clac!

El sonido del electroimán de seguridad de doscientos kilos anclándose al marco de hierro de la puerta principal resonó en el habitáculo como un disparo.

—¿Carla? —la voz de Izan sonó tranquila, pero con una vibración más profunda.

—Tranquilo, no te muevas —ordené a oscuras, dándole toques frenéticos al cristal de la tablet—. Ha saltado el disyuntor de la fase de emergencia. Solo tengo que reiniciar el módulo wifi desde el panel secundario y...

La pantalla táctil emitió un parpadeo blanco mortecino, se reinició en bucle mostrando el logo de carga y se fue a negro sin remedio. El cortocircuito de la red había dejado la tablet colgada.

—Dime que tienes una llave de las de toda la vida para esa cancela —dijo Izan desde algún punto de la negrura.

—Las cerraduras magnéticas no llevan llave de hierro, lumbreras. Llevan corriente continua. Y sin corriente, el resorte de seguridad se bloquea por fallo positivo para evitar que nadie entre sin pagar.

—O sea, que estamos encerrados.

—Estamos en un bloqueo técnico temporal, que es muy distinto —protesté, negándome a perder el orgullo intelectual en mi propio negocio—. El interruptor de corte manual está en la pared norte, a la izquierda de la consola. Solo tengo que palpar el zócalo...

Llevé la mano a tientas al cuello para encender la linterna, pero en el zarandeo con la tablet la linterna se había escurrido de la cinta. Escuché el golpe sordo de la carcasa de plástico rebotando contra el suelo acolchado a saber cuántos metros de mis pies.

Solté un taco madrileño entre dientes que habría hecho sonrojar a un estibador del puerto.

Sin referencias visuales, el cerebro pierde el equilibrio en cuestión de segundos.

Di un paso hacia atrás con la pierna derecha para buscar la pared con la palma extendida, pero mi pie tropezó con una canaleta de cables sueltos.

Me tambaleé. Solté la tablet inútil, que cayó sobre la goma con un chasquido hueco, e intenté agarrarme al aire.

No encontré aire.

Mi espalda colisionó de lleno contra una superficie compacta, firme y descomunalmente caliente.

El pecho de Izan me frenó el golpe con la solidez de una viga de acero forrada de sudadera. El impacto hizo que la curvatura de mis glúteos y el contorno entero de mis caderas de la talla 46 encajaran con una precisión milimétrica contra la pelvis y los muslos del entrenador.

Me quedé rígida como un palo, conteniendo la respiración en seco.

En mitad de ese silencio absoluto y de esa oscuridad espesa, no se oía nada. Ni el tráfico de Conde Duque, ni las obras de la panadería de la esquina. Solo el ritmo pesado y constante de su corazón latiendo contra mis omóplatos.

Entonces, el aire tibio de su respiración pausada me acarició la piel descubierta del cuello, justo por encima de la oreja.

—Te tengo, pelirroja —susurró Izan contra mi nuca, con una voz baja, áspera y tan cargada de calor que sentí una sacudida eléctrica recorriéndome la columna hasta la punta de los dedos—. No te muevas, que en este juego las prisas son una mala idea.