El juego de la tentación (Chicas de barrio nº 9) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

El entrenador personal no sabe perder al parchís

A las seis de la tarde, la luz dorada de Madrid entraba en diagonal por el ventanal de mi local en Conde Duque, tiñendo de ámbar los planos extendidos en el mostrador, las virutas de madera recién lijada y el poso negro de una taza de café que llevaba dos horas fría.

Yo estaba enfrascada en ajustar los sensores de proximidad con una llave inglesa diminuta cuando la campanilla de la cancela tintineó con un escándalo innecesario.

Al levantar la vista, el pasillo pareció encogerse de golpe.

Izan cruzó el umbral cargando una mochila deportiva de cuero negro al hombro, una sudadera técnica azul marino que se abría en el cuello marcándole las clavículas y una sonrisa socarrona de chulo castizo que traía de serie.

Olía a menta fresca, a madera y a ese calor de piel limpia que amenazaba con recalentar la instalación eléctrica sin necesidad de encender los plomos.

—Buenas tardes, cerebrito —soltó, dejando caer la bolsa sobre un banco de madera con un golpe sordo—. Vengo a comprobar si todo ese genio informático del que presumes en tus informes aguanta un pulso con alguien de carne y hueso.

Me coloqué las gafas XL de carey sobre el puente de la nariz con parsimonia, apoyando los codos en la mesa.

Mi peto vaquero ancho —uno de esos que caen sin apretar pero marcan la curva generosa de mis caderas de la talla 46 con una naturalidad insultante— crujió ligeramente cuando me incliné hacia él.

—Buenas tardes, rubio. Para empezar, aquí no presumimos de nada: compilamos y ganamos. Y para continuar, te has equivocado de código postal si crees que esto es una pista de obstáculos para lucir bíceps.

Izan soltó una carcajada limpia y sonora que rebotó en los paneles acústicos de la sala.

Acortó los dos metros que nos separaban con la soltura de quien pisa su propio terreno, plantó las dos palmas sobre el tablón frente a mí y clavó sus ojos claros en los míos.

El contraste entre su metro ochenta y cinco de pura fibra y mi silueta rotunda sentada en un taburete alto provocó una sacudida inmediata en el aire.

—El deporte de élite no es solo levantar peso, Carla. Es reflejos, visión periférica y resolución espacial bajo estrés. Los ratones de biblioteca os creéis muy listos sentados tras una pantalla, pero en cuanto os sacan de la zona de confort os da un pantallazo azul.

Vaya tela con el atleta.

Si piensa que me va a acobardar con esa mandíbula de anuncio, va listo.

—¿Resolución espacial bajo estrés? —repetí, arqueando una ceja y mordisqueando la patilla de mis gafas—. Qué nombres tan finos le ponéis en la Castellana a correr en una cinta mirando la pared. Ven aquí, anda. Demuéstrame esa agudeza de atleta.

Señalé con la barbilla la primera caja de pruebas que descansaba sobre el mostrador: un cofre cilíndrico de madera de roble con cuatro anillos concéntricos grabados con runas numéricas y un teclado háptico que respondía a patrones de calor.

—El mecanismo es muy simple, campeón —le expliqué, cruzándome de brazos sobre el pecho rotundo y disfrutando de cómo sus pupilas se desviaban medio segundo hacia el escote cuadrado de mi camiseta blanca antes de volver a mi cara—.

Es un acertijo de lógica secuencial. Cada anillo responde a una serie de números primos en orden inverso, pero si tocas el sensor con una presión errónea, el tambor se bloquea y retrocede al inicio.

Cualquier chaval de doce años con ganas de jugar lo abre en tres minutos.

A ver qué tal se le da a tus reflejos olímpicos.

Izan enarcó una ceja, retorciendo los labios con una suficiencia que me encendió la sangre.

—Tres minutos son demasiados —dijo.

Acercó el taburete contiguo, giró el cofre hacia sí y colocó sus dedos largos y nudosos sobre los anillos de madera.

Sus manos eran enormes, con las palmas ásperas de las barras de dominadas, y la cercanía de sus hombros anchos empezó a irradiar una temperatura que convirtió el taller en una sauna improvisada.

Empezó a girar el primer tambor con agilidad felina. Click, click, click.

—Siete, cinco, tres... —murmuró, seguro de sí mismo.

Apretó el sensor háptico. Un zumbido seco y metálico vibró bajo sus dedos. El mecanismo soltó un pitido sordo y el cilindro central volvió a girar a la casilla de salida con un resorte brusco.

—Vaya —solté yo, arrastrando las vocales con falsa inocencia mientras apoyaba la barbilla en la palma de mi mano—. Parece que los números primos no se rinden a tus encantos de portada de revista.

Izan apretó la mandíbula, marcando esa línea dura que le daba un aire feroz, y volvió a la carga sin responder. Cambió de postura, adelantando el torso, lo que provocó que su rodilla rozara deliberadamente la cara externa de mi muslo derecho.

La tela de mi peto elástico no amortiguó nada; sentí el calor directo de su pierna contra la mía, firme y pesado, mandándome un cosquilleo ardiente que casi me hace tirar la libreta al suelo.

Pasaron quince minutos. Luego veinte.

Izan empezó a desarmar el patrón por pura fuerza intuitiva, cambiando combinaciones a toda prisa, frustrado porque el cilindro se bloqueaba una y otra vez.

Se pasó la mano grande por el pelo rubio, alborotándoselo aún más, y una gota de sudor limpio le resbaló por la sien, deteniéndose justo en el ángulo de la mandíbula.

—Esto tiene trampa, Carla —masculló, resoplando contra el tablón—. La secuencia mecánica no tiene una progresión lógica directa.

—La secuencia es impecable, rubio —me reí en su cara, echando la cabeza hacia atrás.

Mi risa descarada le dio de lleno, y por la forma en que sus pupilas se dilataron supe que la derrota le estaba escociendo tanto como le gustaba mi burla—.

Lo que pasa es que estás intentando doblegar la madera como si fuera una mancuerna.

Tienes que escuchar el clic del engranaje interior antes de pasar al siguiente cuadrante.

A los cuarenta minutos de piques continuos, roces involuntarios de codos y miradas cruzadas que quemaban más que el estaño de mi soldador, el mecanismo volvió a soltar el pitido de bloqueo.

Izan levantó las dos manos en el aire y se apartó del cofre, tirando la toalla con una sonrisa derrotada que le suavizó todas las facciones.

—Me rindo —confesó, sacudiendo la cabeza con incredulidad—. Tu maldita caja me ha ganado por goleada.

—Te lo advertí. Quien no usa la cabeza, pierde la partida.

Antes de que pudiera regodearme en mi victoria, Izan se levantó del taburete.

Dio dos zancadas rápidas y contundentes hacia mi lado del mostrador, invadiendo mi espacio vital con una presencia física que me dejó sin aire.

Apoyó una mano a cada lado de mi taburete sobre la mesa, acorralándome en un cerco de puro músculo y aroma a cedro.

Se inclinó despacio, bajando la cabeza hasta que sus ojos claros quedaron a escasos centímetros de mis cristales de carey.

Pude sentir la vibración profunda de su pecho contra el aire que nos separaba.

—Vale, cerebrito, has ganado este asalto en tu mesa —murmuró, bajando la voz a un tono ronco y pausado que me erizó el vello de los brazos—. Pero la sala a oscuras la probamos ahora mismo. A ver cómo te manejas tú en el laberinto cuando no puedas ver dónde piso.

Tragué saliva. Tenía su aliento a menta rozándome los labios, la mirada clavada en mi boca con un hambre salvaje que no tenía nada que ver con los acertijos, y la certeza de que acababa de aceptar un juego donde las reglas no las iba a escribir yo sola.