El juego de la tentación (Chicas de barrio nº 9) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

El olor a goma vulcanizada recalentada y desinfectante con aroma a lavanda pija te mete un viaje en la pituitaria nada más cruzar el umbral del área de entrenamiento de Apex Performance.

Era miércoles por la mañana y el Paseo de la Castellana hervía de ejecutivos de traje oscuro con prisas, pero dentro de aquel santuario de la fibra la gente se movía a cámara lenta, como si sudar fuera una coreografía ensayada para una revista de moda.

Llevaba mis vaqueros negros elásticos —de esos que se adaptan a mis caderas rotundas sin pedir tregua—, mis zapatillas de lona de suela gorda y una camiseta básica de algodón blanca bajo una sobrecamisa de cuadros abierta.

En la mano izquierda sostenía mi libreta técnica de espiral y un escáner de frecuencias que no paraba de parpadear en verde.

—Punto de acceso tres con pérdidas de paquetes del cuarenta por ciento —mascullé para mis adentros, anotando la cifra con mi bolígrafo de cuatro colores—.

Una maravilla, de verdad. Mucho mármol y mucha pantallita táctil en las elípticas, pero el router principal debe de ser de la época de Curro Jiménez.

Me abrí paso con cuidado entre los bancos de pesas y las poleas cromadas.

La zona de pilates reformer estaba encajada en un lateral acristalado con vistas a los jardines interiores.

Y allí, concentradas sobre unos aparatos de madera clara con muelles y correas de cuero que parecían sacados de las mazmorras de la Inquisición, tres clientas habituales estiraban las piernas con una sincronía casi militar.

Las tres iban vestidas con monos de licra en tonos pastel que debían de costar medio alquiler de mi taller en Conde Duque.

Pelo recogido en coletas altas impolutas, viseras de diseño en interior y esas miradas afiladas que te escanean de arriba abajo en medio segundo para calcular el valor exacto de lo que llevas puesto.

Al verme pasar con mi libreta, mis pecas y mi moño cobrizo sujeto con una pinza de plástico de tres euros, la rubia del reformer más cercano carraspeó con una sutileza venenosa.

—Perdona —soltó, sin bajarse de la plataforma móvil y manteniendo una pierna suspendida en el aire con un ángulo inverosímil—, la zona de limpieza tiene su cuarto al fondo del pasillo, junto a las saunas. Aquí estamos en mitad de una sesión privada.

Me detuve en seco, ajustándome las gafas XL de carey con el dedo corazón.

Sentí el latigazo caliente de la mala leche madrileña subiéndome directo desde las caderas.

—Ya veo que estáis ocupadísimas sufriendo por la patria, maja —repliqué, plantándole una sonrisa tan ancha como falsa—.

Pero soy la ingeniera de sistemas. Si queréis que el cacharro este siga midiéndoos las calorías mientras fingís que os importa el core, os toca aguantarme la presencia dos minutos.

Las otras dos arquearon las cejas al unísono, escandalizadas de que alguien sin mallas reductoras se atreviera a levantarles la voz.

Decidí ignorarlas y continuar hacia el repetidor wifi encastrado en la columna del fondo.

El problema fue el espacio. El pasillo entre los dos carros deslizantes medía apenas medio metro de ancho, diseñado claramente para siluetas que se alimentan de aire y semillas de lino.

Avancé de lado, midiendo la distancia, pero mi cadera rotunda de la talla 46 —esa que tantas alegrías me da y que no pienso encoger por nada del mundo— rozó inevitablemente el tirador metálico de una de las correas de tensión.

El muelle se soltó con un ¡clack-clack! sonoro y vibrante que resonó en toda la cristalera.

La correa elástica se me enganchó en la trabilla trasera del pantalón, frenándome en seco. El carro de la máquina dio una sacudida, provocando un tintineo de metales escandaloso.

—¡Por favor! —exclamó la rubia del mono lavanda, bajando la pierna con un suspiro de puro asco fingido—. Cuidado con los aparatos, que esto es material suizo de alta precisión. Si no cabe por el pasillo, no debería pasar por aquí.

Las risitas ahogadas de sus dos acompañantes sonaron como cuchillas contra el suelo de goma.

Apreté los dientes con tanta rabia que me castañetearon las muelas.

Tiré de la trabilla hacia delante, pero el mosquetón se había retorcido con la tela elástica.

Estaba a medio segundo de soltarles una barbaridad que me iba a costar el contrato del Escape Room cuando una sombra alta y ancha tapó la luz de golpe.

Antes de que pudiera darme la vuelta, dos brazos firmes, cálidos y de un volumen rotundo me rodearon la cintura desde atrás.

Me quedé completamente helada. El aire se me cortó en los pulmones.

Izan no me apartó con torpeza ni con dudas.

Con una suavidad desconcertante que no cuadraba con la masa muscular de sus antebrazos, deslizó su mano izquierda por mi cadera, hundiendo los dedos con una firmeza deliciosa sobre la curva de mi carne para inmovilizarme.

Con la mano derecha, grande y de palmas ásperas, manipuló el enganche del muelle sin el menor esfuerzo, liberando la trabilla de mi vaquero con un chasquido limpio.

Pero no se retiró.

Su pecho ancho, duro como una pared de hormigón bajo una camiseta técnica oscura, se pegó contra mi espalda.

Pude sentir el golpe acompasado de su corazón y ese calor arrollador que desprendía su piel, mezclado con su aroma a menta fresca, madera y sudor limpio de entrenamiento duro.

Mantuvo la palma apoyada sobre mi costado, abarcando mi curva con un descaro posesivo que me mandó una descarga eléctrica directa a la entrepierna.

—Esta zona está reservada para la dirección técnica del club —soltó Izan.

Su voz no sonaba alegre ni juguetona; era un tono helado, seco y cortante como el cristal—.

Y Carla está aquí por orden mía. Así que os agradecería que despejarais el paso y mostréis un mínimo de educación con la responsable de que este centro no se caiga a pedazos.

Las tres clientas palidecieron al instante.

La rubia tragó saliva, incapaz de sostener la mirada de los ojos claros del entrenador jefe.

—Claro, Izan... solo era una broma —balbuceó, recogiendo su toalla a toda prisa.

—No me ha hecho ninguna gracia —zanjó él sin pestañear.

Las mujeres se apresuraron a recoger sus botellas de agua y salieron hacia los vestuarios como si las persiguiera el mismísimo demonio.

El silencio que quedó en la sala de pilates fue tan espeso que se podía cortar con un cuchillo jamonero. Me giré en redondo para soltarme de su agarre y darle las gracias antes de que me diera un patatús, pero al dar la vuelta calculé fatal la distancia.

Mi pecho rotundo colisionó de lleno contra el suyo.

Izan no retrocedió ni un solo milímetro. Al contrario: en lugar de retirar la mano de mi cadera, cerró los dedos un poco más, amoldándose a la plenitud de mi cuerpo con una fascinación tan evidente y descarada que sentí una llamarada subirme por el cuello hasta teñirme las pecas de carmín.

Tenía los ojos clavados en los míos, pero sus pupilas bajaron despacio, deteniéndose en mis labios entreabiertos por la respiración agitada antes de volver a subir. Una media sonrisa lenta, canalla y cargada de una devoción salvaje se le dibujó en la comisura de la boca.

—Mucho mejor en persona que en el informe, programadora —susurró con una voz ronca que me vibró directo en los huesos—. Y que no se te ocurra volver a pedir perdón por ese cuerpo, porque este gimnasio entero no tiene máquinas suficientes para aguantar tanta categoría.

Me quedé muda, atrapada en su agarre, con el corazón golpeándome las costillas como un martillo hidráulico y la certeza absoluta de que el rubio de la Castellana era un peligro público de dimensiones monumentales.