CAPÍTULO 3
Martina me mete en el chat y yo pido un extintor
El móvil sobre el tablón de madera de la terraza en Conde Duque no vibraba: convulsionaba. Daba botes literales, deslizándose peligrosamente hacia el borde de la mesa como si quisiera inmolarse contra el adoquín de Madrid antes de seguir recibiendo notificaciones.
Apenas habían pasado quince minutos desde que salí disparada por los tornos de Apex Performance en la Castellana.
Tenía los botines apoyados en el travesaño de una silla alta de mimbre, el vestido camisero de topos cruzado todavía bien ceñido a mi cintura y un café de filtro etíope enfriándose frente a mí mientras respiraba el aroma tostado y limpio del grano recién molido.
El cielo de Madrid lucía ese azul despejado y luminoso que casi te convence de que la vida es sencilla, pero la pantalla de mi teléfono parecía una verbena en plenas fiestas de la Paloma.
Desbloqueé el cristal con el pulgar tembloroso. Sesenta y cuatro mensajes no leídos. Todos ellos en un grupo al que Martina Vega me había metido sin pedir permiso ni dar explicaciones: «LAS PECADORAS DE MADRID: LA CUMbrE».
Me ajusté las gafas con el dedo índice y tragué saliva. Aquello era un auténtico campo de minas digital.
[Martina]: ¡¡¡HABEMUS FICHAJE DEL AÑO EN LA CASTELLANA!!! ¡Adrián, quítate de en medio que estoy tecleando historia! Carla ha ido al templo del músculo, ha puesto firme al rubio de las pesas y van a hacer un trueque de categoría internacional. ¡¡¡QUE ALGUIEN ME TRAIGA UN ABANICO!!!
[Sara]: otro drama en mayúsculas de martina. bostezando fuerte. pásate la web del gimnasio a ver si el susodicho tiene cara de saber lo que es un cortafuegos o si solo es un póster de creatina con patas.
[Martina]: ¡¡¡MIRA LA WEB, DESCREÍDA!!! [Enlace web: Apex Performance Madrid - Dirección Técnica: Izan Serrano] ¡¡¡MIRAD ESA FOTO EN CAMISETA TÉCNICA!!! ¿Habéis visto esos dorsales? ¡Ese hombre no se ha comido un cruasán en su vida, pero tiene una mandíbula que te arregla el día!
[Lucía]: ¡Vaya pibón de maromo, me cago en mi estampa!
Carla, tía, ¿eso te ha recibido a ti en el despacho?
¡Pero si tiene unos brazos que son para esposarse a ellos y tirar la llave a una alcantarilla de La Latina!
Si tú no le hincas el diente, voy yo de bólido con el rodillo de amasar. ¡Vaya chasis, de locos!
[Elena]: ¡Buenas tardes a todas! Por favor, un mínimo de mesura y decoro profesional.
Carla, antes de transferir una sola línea de código o manipular bases de datos ajenas, asegúrate de que firmáis un acuerdo de confidencialidad estricto y una cláusula de cesión temporal de derechos.
No permitas que un cuerpo atlético nuble la titularidad de tu propiedad intelectual.
[Bea]: ¡Ay, por favor, Elena, deja el Código Civil por cinco minutos!
Mi niña Carla, qué alegría tan grande. Con lo que has currado en ese Escape Room te mereces que todo salga a pedir de boca.
Si estás nerviosa, dímelo y te mando por repartidor una caja de palmeras de hojaldre recién salidas del horno.
¡El azúcar asienta las emociones y da alegría al cuerpo!
[Valeria]: Carla... mucho ánimo con el choque de mundos.
Al principio asusta un montón ver a esa gente tan perfecta y fibrada, te hace sentir pequeñita...
pero detrás de tantas máquinas y tanta pose a veces hay personas con muchísimas inseguridades.
No te dejes impresionar por el escaparate, tú vales oro.
Solté un bufido que levantó una servilleta de papel de la mesa.
Sentía las mejillas encendidas bajo las pecas.
Era abrumador, caótico, disparatado... y al mismo tiempo, una manta térmica en mitad de un invierno siberiano.
Llevaba meses atrincherada entre cables, servidores colapsados y el silencio solitario de mi taller, creyendo que la única forma de protegerme de las miradas del mundo era hacerme invisible detrás de mis pantallas.
Y de repente, este ejército de mujeres reales con curvas rotundas y cero filtros me estaba rodeando como una muralla de escudos madrileños.
Me coloqué bien sobre el asiento, dejando que la tela elástica de mi vestido se acomodara sobre mis caderas anchas de la talla 46, y me puse a teclear con furia binaria:
[Carla]: ¿Podéis dejar de spamear el chat durante tres segundos seguidos, por favor?
No hay ningún fichaje romántico, no le voy a hincar el diente a nadie y mis algoritmos no se deslumbran con dos bíceps inflados.
Es un simple trueque profesional: yo le arreglo la basura de app que tienen en el club y él me presta diez sensores biométricos de grado médico para calibrar la sala a oscuras. Fin del informe técnico.
La respuesta tardó exactamente cuatro segundos en caer.
[Sara]: informe técnico dice la tía. se le nota el pánico desde malasaña.
[Martina]: ¡¡¡A MÍ NO ME ENGAÑAS, PELIRROJA!
!! ¡Que te conozco desde que suspendíamos proyectos en la facultad por diseñar maquetas gigantes!
El rubio te ha mirado las curvas y se le ha caído la libreta, que me lo huelo desde la Gran Vía.
¡Manda pruebas de que el tipo no es un estirado de Serrano o no me creo nada!
[Lucía]: ¡Eso, pasa foto real o no hay tregua! Queremos ver si el chasis aguanta una inspección técnica de barrio o si es puro cartón piedra de gimnasio pijo.
—Sois unas brujas de callejón —mascullé al aire, mordiéndome la lengua con una sonrisa que ya no pude frenar.
Rebusqué en el bolso cruzado, saqué la tarjeta de visita que Izan me había dado en el despacho —un cartón negro mate con relieve plateado y tipografía minimalista de diseño— y le eché una foto sobre el tablón desgastado de la cafetería.
[Carla]: Ahí tenéis la prueba del delito. [Foto: Tarjeta de visita de Izan Serrano - Director Técnico Apex Performance]. Ahora dejadme en paz que tengo que compilar código antes de que me dé un síncope.
Le di a enviar con la vaga esperanza de haber zanjado el debate.
Iba a soltar el móvil sobre la mesa para darle por fin un trago al café cuando la pantalla se congeló. La barra superior de notificaciones se desplegó con una lentitud exasperante, anunciando un mensaje privado de un número que no tenía guardado en la agenda.
El corazón me dio un vuelco en el pecho, golpeándome contra las costillas con la fuerza de un pistón hidráulico.
Abrí el chat individual.
La foto de perfil era él: apoyado en una espaldera de madera, con una toalla al cuello, el pelo rubio revuelto sobre la frente y esa sonrisa abierta y descarada que parecía desafiar las leyes del orden público.
El texto entró limpio, sin rodeos ni formalismos de empresa:
«Mañana a las diez en mi club. Ponte ropa cómoda, pelirroja. Te voy a enseñar lo que es quemar adrenalina».
Me quedé completamente inmóvil, con el aire atascado en la garganta y los dedos congelados sobre la pantalla.
Ponte ropa cómoda, pelirroja.
No era un mensaje de un cliente que busca soporte para una base de datos.
Era una declaración de intenciones directa, salvaje y sin filtros. Noté una llamarada líquida recorriéndome el estómago, bajando en una sacudida eléctrica hacia mis caderas que me obligó a cruzar las piernas bajo la mesa para contener el estremecimiento.
Izan no quería una programadora aséptica que trabajara a distancia. Quería meterse en mi terreno, verme de cerca, romperme los esquemas y averiguar exactamente de qué pasta estaban hechas mis curvas y mis silencios.
Miré hacia la calle Conde Duque, donde dos chicos pasaban en bicicleta charlando a carcajadas bajo los árboles. Volví a mirar la pantalla, apreté los dientes y me ajusté las gafas de pasta con una lentitud calculada.
El rubio de la Castellana creía que tenía el control del partido. Pero todavía no sabía lo que pasaba cuando una programadora de barrio decide saltarse el manual de instrucciones.