CAPÍTULO 2
Un batido de proteínas con sobredosis de postureo
Cruzar la puerta giratoria de Apex Performance en pleno Paseo de la Castellana fue como aterrizar en una dimensión paralela donde los carbohidratos están penados con cárcel y respirar aire sin filtrar es de mal gusto.
El aire acondicionado me dio una bofetada polar en la cara que casi me congela las pestañas.
Olía a una mezcla aséptica de eucalipto sintético, suelo desinfectado a conciencia y colonia cara de hombre de trescientos euros el frasco.
El suelo era de un mármol blanco impoluto, tan pulido y brillante que daba miedo pisarlo.
Cada paso firme de mis botines negros de plataforma resonaba como un martillazo en mitad de una misa mayor, haciéndome sentir como un auténtico pingüino desorientado en mitad de una pasarela de modelos de Milán.
El recepcionista, un chico con gomina milimétrica, camiseta de compresión que parecía pintada con aerógrafo sobre el torso y un reloj inteligente del tamaño de una sartén pequeña, me miró de arriba abajo.
Levantó una ceja depilada al milímetro con una suficiencia que me dieron ganas de pedirle una caña bien tirada y una ración de morro solo por verle hiperventilar.
—Buenos días —soltó, arrastrando las vocales con pereza—. Las entregas de mensajería y paquetería son por el muelle de carga lateral, en la calle de atrás.
Me coloqué las gafas sobre el puente de la nariz con el dedo corazón, marcando una pausa intencionada para fulminarlo con la mirada.
—Buenos días, majo —repliqué con mi sonrisa más afilada—.
Vengo a ver a Izan. Soy Carla, la solución a todos los incendios informáticos que tenéis en este templo del postureo.
Y salvo que ese mueble de recepción funcione con energía solar, te sugiero que le avises antes de que decida cobraros los honorarios por minuto de retraso.
El chaval parpadeó dos veces, descolocado por completo, tragó saliva y descolgó el auricular sin rechistar.
—Siéntese en la zona de espera, por favor —farfulló, señalando un rincón minimalista con sofás de cuero blanco sin respaldo que parecían diseñados por alguien que odia la anatomía humana.
Me acerqué a la mesa auxiliar, donde una jarra de cristal ofrecía agua depurada con rodajas de pepino y hojas de menta flotando con desgana.
Una música chill out repetitiva y lánguida salía de unos altavoces invisibles en el techo.
Estaba a punto de ponerme a calcular mentalmente la aberración ergonómica de aquellos bancos cuando una puerta lateral se abrió de par en par.
Y entonces apareció él.
Madre mía del amor hermoso. Que baje Dios y lo vea.
Izan medía con facilidad su metro ochenta y cinco de pura fibra funcional.
No era el típico inflado de gimnasio que no puede juntar los codos; se movía con la soltura elástica y segura de un felino acostumbrado a mandar.
Llevaba el pelo rubio deliberadamente alborotado, unos ojos claros que parecían escanearlo todo a la velocidad de la luz y una camiseta técnica gris plomo que se le ajustaba a los pectorales y a los dorsales como una segunda piel.
Cuando me vio, desplegó una sonrisa de dientes tan insultantemente blancos y perfectos que casi me hicieron falta unas gafas de sol homologadas para no quedarme ciega.
—¡Carla! —exclamó, acortando la distancia entre los dos con unas zancadas ágiles que me obligaron a mantener la cabeza alta para no perder el plano—.
Menos mal que has venido. Martina me ha dicho que eres una fiera con el código, pero no me había avisado de que además traías tanta presencia. Soy Izan.
Me tendió una mano enorme, cálida y firme, con la palma marcada por las callosidades propias de las barras de dominadas.
Cuando sus dedos envolvieron los míos, una corriente eléctrica me subió por el antebrazo y se me instaló en la boca del estómago como un cortocircuito.
Su olor me golpeó de lleno: menta limpia, cedro y ese calor de piel recién entrenada que amenazaba con derretirme el rímel.
—Hola, Izan —dije, soltándole la mano con deliberada calma para recuperar el mando de mis constantes vitales—. Ahorrémonos las flores de bienvenida, que vengo con el tiempo pegado al culo y un portátil calcinado en el taller.
Lejos de molestarse, sus ojos brillaron con una chispa de diversión descarada.
—Carácter de barrio, me mola. Pasa a mi cueva, que aquí fuera el aire acondicionado está para pingüinos.
Me guio hacia su despacho acristalado, situado junto a la cristalera que daba a la sala de máquinas de última generación.
Nada más entrar, cerró la puerta y me señaló una silla ergonómica de rejilla negra.
Izan no se sentó tras su mesa de diseño; se apoyó en el borde de madera maciza, cruzando los tobillos y clavando sus pupilas en mi rostro, deteniéndose apenas medio segundo en el escote cruzado de mi vestido antes de volver a mis ojos.
—Te cuento el percal, porque esto es un marrón de campeonato —arrancó, gesticulando con una energía desbordante que llenaba cada rincón del habitáculo—.
Los incompetentes que nos programaron la app nos han dejado una basura intragable.
La plataforma se cuelga los lunes a primera hora, las reservas de los entrenamientos personales se duplican, y ayer mismo un socio VIP que paga una cuota con tres ceros acabó en una clase de zumba para principiantes en vez de en su sesión de fuerza.
Un desastre absoluto. Necesito a alguien que tire esa mierda a la papelera de reciclaje y nos monte un sistema que no me deje en ridículo.
Crucé las piernas, dejando que el vuelo de la tela de topos cayera sobre mis rodillas, y saqué mi libreta de espiral y un bolígrafo.
—A ver, rubio, vayamos por partes para no perder el tiempo —le corté, arqueando una ceja tras mis cristales de carey—.
¿Qué arquitectura de base de datos tenéis montada en el servidor?
¿La sincronización con los tornos biométricos es vía API directa o estáis usando una pasarela de terceros que os mete un cuello de botella monumental en las horas punta?
Izan se quedó congelado a media frase, parpadeando con la boca ligeramente entreabierta. La sonrisa de anuncio se transformó en una expresión de sorpresa y fascinación pura.
—Eh... sé que los tornos pitan en rojo cuando se cae la nube —admitió, rascándose la nuca con cierta timidez que rebajó de golpe su fachada de atleta invencible.
—Ya, lo que me temía: tenéis una chapuza de aficionados montada sobre un servidor de juguete —sentencié, apuntando cuatro notas rápidas en el papel—.
Yo os puedo reescribir el backend entero en Python, limpiar los registros de los socios, blindar la seguridad contra fugas de datos y dejaros una app nativa que vuele en iOS y Android antes de quince días.
Pero mis servicios no se pagan con batidos de proteínas ni con pases para la sauna de eucalipto.
Izan bajó los brazos despacio y se inclinó sobre la mesa hacia mí, acortando el espacio hasta que pude contarle las pestañas y notar el calor de su aliento a menta fresca.
Su mirada bajó sin pudor hacia la curvatura de mi cintura y la rotundidad de mis caderas sobre la silla, antes de clavarse en mi boca con una intensidad que me hizo dar un respingo involuntario en el asiento.
—Martina me ha explicado lo de tu Escape Room en Conde Duque —murmuró con una voz que había perdido cualquier rastro de prisa, volviéndose oscura, grave y pausada—.
Me ha dicho que necesitas sensores cardíacos de grado médico y perfiles biométricos reales para calibrar las salas a oscuras antes de la inauguración.
Te pongo a tu disposición diez pulsómetros de telemetría militar que valen una fortuna, y a mis socios para las mediciones.
Tragué saliva, intentando que mi respiración no sonara tan descompasada.
—¿Y las condiciones del trueque? —pregunté con un hilo de voz que intenté endurecer a toda prisa.
Izan sonrió de lado, apoyando una mano sobre la mesa a escasos centímetros de mis dedos.
—Trato hecho, Carla —susurró con una seguridad aplastante que me erizó el vello de la nuca—. Pero con una cláusula innegociable: los sensores biométricos de esa sala a oscuras los estreno yo contigo dentro. Quiero ver cómo responde tu propio pulso cuando no puedas ver dónde piso.
El aire del despacho se volvió denso como la brea. Sentí una llamarada subirme desde el escote hasta las orejas, pero mantuve la barbilla alta, negándome a regalarle la victoria.
—Tráete una linterna si te da miedo la oscuridad, entrenador —escupí, cerrando la libreta con un golpe seco—. Te mando el desglose de los requerimientos técnicos esta misma tarde.
Me levanté de la silla sin darle tiempo a replicar, sintiendo sus ojos clavados en el balanceo de mis caderas mientras cruzaba el despacho.
Salí a zancadas firmes por el pasillo de mármol, atravesé los tornos de acceso con la cabeza bien alta y me deslicé por la puerta giratoria hacia el calor seco y real de la acera de la Castellana.
El corazón me latía con la furia de un motor desbocado. Apoyé la espalda contra una columna de granito de la fachada para recuperar el aliento y abrocharme mejor la solapa del vestido.
En ese preciso segundo, el móvil en mi bolso empezó a vibrar con una sacudida histérica. Lo saqué con dedos temblorosos y miré la pantalla.
Una notificación de WhatsApp en letras verdes parpadeaba en el centro:
«Martina Vega te ha añadido al grupo
LAS PECADORAS DE MADRID: LA CUMbrE».