El juego de la tentación (Chicas de barrio nº 9) CAPÍTULO 1
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El juego de la tentación (Chicas de barrio nº 9)

El juego de la tentación (Chicas de barrio nº 9)

Por Vega Pardo, Martina

© inepub.com

CAPÍTULO 1

Mi código fuente no admite abdominales de serie

El olor a estaño chamuscado es el verdadero perfume del fracaso empresarial a las diez de la mañana de un martes en pleno barrio de Conde Duque.

Tenía un destornillador de punta fina sujeto entre los dientes, una maraña de cables bicolor cayéndome por el hombro como si fueran extensiones de fiesta baratas y las patillas de mis gafas de pasta XL de carey resbalándome por el puente de la nariz por culpa del sudor.

Mi jersey gris de punto grueso —uno de esos que se caen de lado con la mínima brisa dejando al aire media clavícula llena de pecas y el tirante burdeos de mi sujetador— amenazaba con engancharse en el cuadro de mandos domótico.

—Vamos, bonita, no me hagas esto ahora —le murmuré a la consola central, dando un golpecito con los nudillos en el módulo de control—. Solo tienes que sincronizar el pulso de la sala tres con el electroimán del pasillo. Es lógica binaria de primero de carrera, no física cuántica.

El local a pie de calle que había alquilado hacía tres meses con todos los ahorros de mi vida como programadora freelance parecía el escenario de un crimen tecnológico.

Había cajas de cartón amontonadas contra los zócalos de tarima, paneles de madera recién lijada apoyados en la pared y un polvo de escayola suspendido en el aire que me hacía toser cada diez minutos.

Por la cristalera que daba a la calle se colaba el trajín madrileño de siempre: señoras con el carro de la compra camino del mercado, el repartidor descargando sacos de harina en la panadería de la esquina y ese rumor constante de tubos de escape y frenazos que confirma que Madrid nunca duerme la siesta.

El proyecto de mi vida se llamaba «Citas a ciegas extremas».

Un Escape Room inmersivo, a oscuras, donde la única forma de avanzar por el laberinto sensorial era que los participantes sincronizaran sus ritmos cardíacos a través de sensores biométricos colocados en las muñecas.

Una genialidad absoluta diseñada para que la gente dejara de mirarse la ropa, las marcas o los filtros de las redes sociales y empezara a usar el cerebro y el pellejo.

El problema era que quedaban tres semanas para la inauguración oficial y los sensores infrarrojos estaban más sordos que una tapia.

Me quité el destornillador de la boca, resoplé apartándome un mechón cobrizo que se había escapado del moño improvisado con un lápiz bicolor, y me senté con las piernas cruzadas en el suelo de madera.

Acomodé mi portátil destartalado sobre mis muslos rotundos.

Mis vaqueros de la talla 46 cedieron con un crujido elástico en las costuras de la cadera.

Amo mis curvas, adoro ocupar espacio y me niego en redondo a pedir disculpas por tener un cuerpo con caderas de categoría y chasis contundente; pero cuando te pasas cuatro horas agachada tirando cable de red por las canaletas del suelo, las costuras del pantalón te recuerdan que el algodón sin elastano es un invento del mismísimo demonio.

Abrí el compilador de código. Tecleé con una velocidad feroz la última línea de la subrutina.

Compilar y ejecutar.

La barra de progreso se quedó congelada en el 98 %.

—No, no, no... Ni de coña. Ahora no te me cuelgues.

El ventilador interno del ordenador soltó un aullido asmático que sonó a despedida fúnebre.

Acto seguido, un chasquido seco y metálico —como un hueso partiéndose en dos— retumbó dentro de la carcasa, un hilillo de humo blanco con peste a plástico frito salió por las ranuras laterales y la pantalla se apagó de golpe, vomitándome un pantallazo azul eléctrico con letras blancas que me heló la sangre en las venas.

Kernel Panic. Hardware Failure. System Halted.

—¡Me cago en el código fuente de Bill Gates y en la madre que parió al silicio! —grité al techo del local, llevándome las dos manos a la cabeza con tanta fuerza que el lápiz del pelo salió disparado y mi melena rizada cayó en cascada sobre los hombros.

Me quedé mirando la pantalla negra, donde ahora solo se reflejaba mi propia cara: las gafas torcidas, una mancha de grasa negra en el pómulo izquierdo y una expresión de pánico absoluto.

Sin ordenador no había calibración de sensores.

Sin sensores no había escape room. Y sin escape room, el banco me iba a embargar hasta el aire que respiraba antes de que terminara el mes.

El móvil sobre la mesa auxiliar empezó a vibrar con el timbre agudo de una llamada. En la pantalla brillaba el nombre de la única persona en todo Madrid capaz de sacarme de quicio y salvarme la vida en el mismo minuto: Martina Vega.

Descolgué apretando el teléfono contra la oreja con el hombro mientras intentaba soplar inútilmente el teclado calcinado.

—Martina, no me digas nada. Mi portátil acaba de morir en acto de servicio y estoy a dos segundos de salir a la Plaza de los Guardias de Corps a tirarme debajo de un autobús de la EMT.

—¡Pero qué dramatismo, pelirroja! —tronó la voz de Martina al otro lado, tan nítida y arrolladora como si estuviera plantada a mi lado en el local—.

¡Hola a ti también! ¿Se puede saber qué le has hecho a esa pobre máquina?

¿Le has metido un virus de los tuyos o es que le has tirado un botellín de cerveza encima?

—Se ha fundido la placa base, Martina. Ha echado humo de verdad. Y abro en tres semanas. Necesito calibrar los sensores biométricos de la sala a oscuras con perfiles de pulso cardíaco reales o no me dan la licencia de actividad ni en sueños. Estoy en un marrón descomunal.

Escuché el carraspeo característico de Martina y el chasquido de sus uñas golpeando la mesa de su despacho en Gran Vía.

—A ver, Carla, respira y baja las revoluciones, que para dramas en esta ciudad ya tengo la exclusiva yo con los vestidos de botones que me prepara Adrián —soltó con ese tono resolutivo de publicista que no admite réplica—.

¿Te vas a ir a una tienda pija de Chueca a que te claven dos mil pavos por un presupuesto de informática?

Ni hablar. Tengo la solución perfecta para tu problema.

Entrecerré los ojos, desconfiando por puro instinto de supervivencia.

—¿Qué solución, Martina? Miedo me das cuando te pones en plan hada madrina.

—Conozco al tipo exacto que necesitas —anunció, bajando la voz con misterio teatral—.

Se llama Izan. Es socio y entrenador jefe de Apex Performance, ese gimnasio de lujo que han abierto hace unos meses en pleno Paseo de la Castellana.

Ya sabes, ese sitio donde van los futbolistas, las actrices de moda y los ejecutivos que ganan en un mes lo que tú y yo en un año.

Solté un bufido sarcástico que casi revienta el micrófono del móvil.

—¿Un maromo de gimnasio pijo? ¿En serio, Martina? ¿Esa es tu gran idea? Mi código fuente no admite abdominales de serie. Yo necesito placas Arduino y un servidor auxiliar, no a un Ken de plástico que me mida los carbohidratos o me explique cómo hacer sentadillas sin lesionarme las lumbares.

—¡Que te calles y me escuches, cabezona!

—me cortó ella sin miramientos—. Izan está desesperado porque la empresa de software que le llevaba la app del gimnasio le ha hecho una chapuza de campeonato.

La aplicación se cuelga cada dos por tres, las reservas de clases privadas se pierden y los socios VIP le están montando pollos en recepción a diario.

Necesita una programadora de élite que le reconstruya el sistema desde cero y que le deje la plataforma fina.

Me quedé un segundo en silencio, procesando la jugada.

—¿Un trueque profesional?

—¡Exacto, cerebrito! —remató Martina con una palmada triunfal que sonó como un disparo al otro lado de la línea—.

Tú le rehaces la app del club a medida, y a cambio él te cede sus equipos de medición biométrica de última generación y te pone a su plantilla y a sus clientes a testear la sala a oscuras con registros de pulsaciones de deportistas de élite.

Tienen relojes de pulso médico que valen una pasta gansa y te van a dejar los sensores calibrados al milímetro. Sin gastarte un euro de presupuesto.

Tragué saliva. La oferta era tan impecable desde el punto de vista logístico que casi me daba rabia no haberla pensado yo.

Pero la sola idea de salir de mi cueva de cables en Conde Duque para plantarme en el epicentro del postureo de la Castellana me provocaba un sarpullido instantáneo.

Mi mundo eran las pantallas, las pizzas frías a deshoras, los jerséis tres tallas más grandes y la tranquilidad de no tener que demostrarle nada a nadie.

Enfrentarme a un batallón de tíos que viven mirándose al espejo y bebiendo batidos verdes me apetecía lo mismo que hacerme una endodoncia sin anestesia.

—No sé yo, Martina... —murmuré, mordiéndome el labio inferior con duda—. Esa gente vive en otra galaxia. Yo no encajo en un sitio donde la gente va peinada a sudar.

—Carla, hazme el favor de dejar de boicotearte antes de empezar —me espetó Martina con ese cariño seco tan suyo—.

Te plantas allí mañana a primera hora, le pones los puntos sobre las íes a ese rubio, cierras el acuerdo y salvas tu negocio.

Te paso su contacto por WhatsApp ahora mismo.

Y ponte guapa, que el entrenador está de muy buen ver, aunque tú vayas solo a hablar de bases de datos.

—Voy a trabajar, no a buscar novio, petarda —le espeté antes de colgar con un clic sonoro.

Tiré el teléfono sobre el montón de cables y volví a mirar el reflejo oscuro de la pantalla rota. Mi jersey desbocado, las gafas de carey torcidas, las mejillas salpicadas de pecas y el moño desmoronándose por completo. Un entrenador personal de la Castellana.

Resoplé con resignación, recogí el destornillador del suelo y me crucé de brazos sobre el pecho rotundo.

Iba a tener que salir a la superficie y lidiar con un adicto al fitness.

Que Dios pillara confesado a Madrid, porque si el rubio de las proteínas pensaba que me iba a impresionar con dos bíceps inflados, lo llevaba claro.