El juego de la tentación (Chicas de barrio nº 9) CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

Manos ocupadas y el candado abierto

El cielo de Madrid a las siete y media de la tarde de un domingo no necesita filtros de Instagram: luce ese azul Velázquez rotundo, limpio e insolente que te ensancha los pulmones en cuanto asomas las narices a la calle.

En La Cava Baja apenas se puede dar un paso.

El tardeo madrileño arde en su punto álgido entre risotadas, olor a fritura limpia de torrezno crujiente, aceite de oliva virgen extra y ese lúpulo amargo de la Mahou recién tirada a presión que te resucita el alma tras una semana de bólido.

Para encajarnos a todas, los camareros de nuestra taberna de cabecera han tenido que arrejuntar tres mesas altas de roble en plena acera, conquistando el adoquín de La Latina como si fuéramos un regimiento en fiestas patronales.

El clan de «LAS PECADORAS DE MADRID: LA CUMbrE» está al completo. Y cuando nos juntamos las doce, tiembla la capital entera.

En una esquina de la mesa, Jimena la taxista gesticula con una caña en la mano mientras le explica a gritos a Marta y a Nena Vega su última bronca con un cliente en la glorieta de Atocha; Mateo y Hugo debaten con seriedad sobre si la corteza ibérica de este bar supera a las que prepara Bea en Malasaña; Marc le acaricia la nuca a Elena mientras la abogada le da un sorbo a su vermú con esa elegancia que impone respeto hasta en chanclas; Nico se parte de risa con Javi pasándole una ración de bravas a Valeria, y Gonzalo vigila de reojo que ningún perro callejero le birle los calamares a Rocío.

Y en el centro del huracán, en mitad del jaleo más maravilloso del mundo, estoy yo.

No estoy sentada en un taburete de madera con patas de alambre de esos que te estrangulan las piernas.

Estoy sentada directamente sobre el muslo derecho de Izan Serrano, ocupando sitio con total tranquilidad y un orgullo descarado.

Mi vestido de punto elástico verde esmeralda —el color oficial de mis victorias— se amolda sin complejos a la curva monumental de mis caderas de la talla 46 y a la generosidad de mi pecho pecoso, cubierto apenas por una cazadora vaquera corta que llevo desabrochada.

Izan no hace el menor ademán de apartarse ni de disimular.

Lleva una camiseta técnica blanca ajustada que marca la anchura de sus hombros de atleta y unos vaqueros oscuros con la trabilla desgastada.

Tiene su brazo derecho —esa mole de puro músculo funcional llena de venas marcadas— firmemente anclado alrededor de mi cintura, hundiendo los dedos grandes y ásperos en la carne suave de mi costado con una posesión tan natural que ya forma parte de mi propio mapa corporal.

Cada vez que Lucía suelta un taco castizo desde el otro extremo de la mesa o Bea me acerca un plato de croquetas para que no me baje el azúcar, Izan inclina la cabeza hacia mi nuca, rozándome la piel descubierta sobre la clavícula con labios tibios y dejando un beso perezoso que me hace cosquillas en las entrañas.

—Te estás comiendo todas las almendras fritas, rubio —le susurro al oído, dándole un codazo flojo mientras me coloco las gafas con el dedo corazón.

—Tengo que reponer calorías, jefa —me replica él con esa sonrisa canalla de dientes blancos que me tiene desquiciada desde el minuto uno—.

Que anoche me tuviste tres horas descifrando cómo quitarte el vestido de una pieza en la moqueta y hoy el Escape Room ha colgado el cartel de «completo» hasta el mes que viene.

Tres meses han pasado desde la inauguración oficial.

Tres meses en los que el fondo de inversión de Roberto Santamaría se fue a paseo, la sede de Apex Performance en la Castellana sigue funcionando bajo una cooperativa limpia sin la ponzoña clasista de Vanessa, y el Escape Room de Conde Duque se ha convertido en el fenómeno del año en la prensa de ocio de Madrid.

—¡Atención todo el mundo, coño! —la voz de Martina Vega atrona por encima del barullo de La Cava Baja, golpeando su copa de vino contra una botella vacía para pedir silencio procesal—. ¡Que la presidenta tiene que hacer el brindis de clausura del trimestre!

Adrián, a su lado, suspira con resignación cariñosa y le sujeta el bolso de marca para que no lo tire al suelo de un aspaviento.

—¡Un brindis por las curvas bien llevadas, por los maromos que saben dónde agarrar sin asustarse y por la informática más cabezota de la Comunidad de Madrid, que por fin ha entendido que las mujeres reales jugamos en primera división!

—proclama Martina alzando el cristal con los ojos brillantes de pura emoción.

—¡¡¡OLÉEEEEE!!! —brama el corro entero de las doce parejas a la vez, haciendo chocar las jarras empañadas y los vasos en un estruendo alegre que hace que hasta los camareros aplaudan desde la barra.

Me echo a reír con las mejillas encendidas bajo las pecas, chocando mi botellín de Mahou con el de Bea y el de Elena.

En mitad del barullo de besos, abrazos y raciones volantes, siento los labios calientes de Izan rozándome el lóbulo de la oreja. Su respiración me llega impregnada de mentol limpio, madera y cerveza fría.

—Cuatro, cero, siete, dos —me susurra al oído con una voz ronca que me provoca un latigazo directo al bajo vientre.

Parpadeo, girando el cuello sobre su hombro.

—¿Qué dices?

—La combinación numérica del nuevo cerrojo domótico que instalaste ayer en el taller —murmura, con los ojos claros bailándole de pura picardía mientras su mano en mi cadera aprieta con deliberada parsimonia—.

Se la he sacado a tu servidor esta mañana mientras dormías.

Vámonos a la francesa, pelirroja. El clan está distraído con los torreznos y yo tengo muchas ganas de probar la resistencia de la tarima flotante sin ropa técnica de por medio.

Miro la mesa. Lucía está discutiendo de repostería con Sergio; Martina le está retocando el carmín a Nena Vega entre carcajadas, y nadie nos presta atención.

Deslizo mi teléfono del bolsillo, abro el grupo de «LAS PECADORAS DE MADRID: LA CUMbrE» debajo del mantel y dejo caer un mensaje fugaz antes de apagar la pantalla:

[Carla]: Cerramos por mantenimiento técnico hasta mañana. No llaméis a los bomberos que el fuego lo apago yo sola. 🎲👾

Me bajo del muslo de Izan con agilidad felina. Le agarro de la mano grande, entrelazando mis dedos con los suyos sin pedir disculpas a nadie, y nos escabullimos entre los barriles de La Latina rumbo a Conde Duque.

Veinte minutos más tarde, el bullicio de la ciudad se apaga tras la persiana metálica de mi taller.

Izan baja la chapa de golpe.

Pasa el pestillo manual con ese chasquido rotundo que ya me sé de memoria y me acorrala suavemente contra la consola de mandos de la recepción, atrapándome entre el frío del metal y el fuego abrasador de su metro ochenta y cinco de puro músculo.

Me quito las gafas XL de carey con parsimonia, dejándolas sobre el teclado apagado.

Le enredo los dedos en el pelo rubio revuelto de la nuca, tirando de él hacia mi boca mientras su mano se cuela por debajo de mi falda verde, acariciando la piel caliente de mis muslos con una devoción infinita que me hace suspirar.

—Prueba de acceso concedida, rubio —le susurro sobre los labios antes de fundirme con él.

El juego de la tentación jamás tuvo salida de emergencia... y ninguno de los dos piensa buscar la llave jamás.