El juego de Caronte (Elena Carrasco 2) 19
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Valeria hizo unas declaraciones a televisión vía telefónica, días después, una entrevista filtrada desde el centro penitenciario.

—No me arrepiento, casi trescientos millones de personas vieron lo que al sistema no le importa. Si eso me cuesta la vida en prisión, que así sea. Pero valió la pena.

Rocío Blanco, libertad y fama. Su estado legal había pasado ser completamente libre. Superviviente, no cumpliría una condena previa, solo era la víctima. Fama mundial, un libro publicado varios meses después “500 jeringuillas: Cómo sobreviví a Caronte”, que se convirtió en un Best Seller internacional con más de quince millones de copias vendidas en dieciocho idiomas, derechos vendidos a Netflix con una docuserie en desarrollo, y, en un acto de reconciliación, tal vez recomendado por su manager ante su evolución popular, donó todas las ganancias del libro a las familias de sus víctimas.

La opinión estaba dividida. Para algunos era una heroína, para otros una criminal con suerte, al igual que los familiares de sus víctimas por estafa, algunos aceptaron sus disculpas, otros no. En una entrevista a una televisión nacional, confesó que, para ella No soy ninguna heroína, no merezco que me lo llamen tampoco, estafé a personas buenas, honradas, y Caronte me castigó por ello, y tenían razón, pero sobreviví y aquí estoy.

Rocío siguió yendo de programa en programa, hizo cameos en películas y series españolas, terminó siendo colaboradora de un programa de tertulias, invitada a realities que aceptó, como uno en una isla en Honduras que quedó finalista, pero no obtuvo el apoyo final de la audiencia.

La división global era latente. El mundo se había dividido en tres bandos.

Para unos, Caronte era un héroe, con argumentos como que el sistema judicial es blando con los criminales, las víctimas nunca reciben justicia real, y Darío Santamaría simplemente hizo con un puñado de personas lo que los gobiernos no se atrevían a hacer. Las audiencias lo corroboraban, trescientos millones de personas vieron la verdad: que aquellos criminales merecían sufrir.

Familiares de víctimas de crímenes sin justicia, políticos populistas que utilizaron el caso para criticar el sistema y multitud de influencers y celebridades mostraron su apoyo a lo que Darío había creado y había difundido para el planeta. Un político de la oposición en el Congreso, a favor de la prisión permanente revisable y de condenas más duras para los criminales, se dirigió a los diputados con un alegato final que fue tendencia.

—Caronte no era un asesino. Fue el verdugo que el sistema nunca tuvo el valor de ser.

Otro de los bandos que dividían al mundo creía que Caronte fue un justiciero podrido de dinero.

Darío Santamaría era un multimillonario que usó su dinero y su estatus para secuestrar, torturar y asesinar. No era justicia, fue una venganza privada de un hombre rico y moribundo que compró mercenarios, tecnología e infraestructura y su justicia solo fue posible porque era rico, lo cual demostraba una desigualdad extrema para con el mundo. Críticos decían que había utilizado su privilegio para jugar a ser Dios, y que no era justicia popular, sino justicia de millonario.

Entre sus críticos había activistas de derechos humanos, economistas y sociólogos que señalaban la desigualdad inherente, y algunos medios de comunicación, que hicieron artículos críticos sobre la justicia de los ricos. En el Congreso, un político rival al opositor le replicó.

—Caronte no representó al pueblo. Representó lo que un hombre rico puede hacer cuando el sistema no lo detiene a tiempo.

El último bando creía que Caronte era un asesino moral. Porque torturó y asesinó a seres humanos sin importar sus crímenes, porque ningún individuo tiene derecho a ser juez, jurado y verdugo. El sistema judicial existía por una razón, para evitar la venganza y el caos, y Darío Santamaría había normalizado la violencia extrema con casi trescientos millones de espectadores, un total de quinientos setenta internautas diferentes a lo largo de aquellas cuarenta y ocho horas tortuosas que conllevarían secuelas: inspirará a imitadores, y será un peligro global.

ONU condenó oficialmente la violación de derechos humanos del show, Gobiernos de más de cien países emitieron declaraciones contra Caronte, y organizaciones de derechos humanos exigieron cadena perpetua para todos los involucrados. Los psicólogos advertían del trauma colectivo global sobre millones de personas que vieron torturas y muertes en directo. Una gran mayoría de políticos condenaron el show, al igual que la condena moral de la Iglesia y de otras organizaciones religiosas y expertos legales en defensa del estado de derecho. El presidente del Gobierno se dirigió a la oposición, dejando claro su punto de vista.

—Caronte no fue justicia. Fue barbarie emitida en vivo. Y el mundo aplaudió.

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