El juego de Caronte (Elena Carrasco 2) 17
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19:37h.

La inspectora esperaba en primera línea junto a los inspectores Ortega y Manrique. Un dispositivo policial casi sin precedentes, con unidades de Mieres, Oviedo y Avilés, más de cien agentes custodiando cada salida de la nave. La cuenta atrás del streaming estaba en doce minutos, y la expectación era máxima entre la audiencia. Mauleón también llegó a Turón y se posicionó junto a los inspectores. La cuenta atrás llegaba a su fin y Darío apareció en pantalla a las 19:50h.

Con su respirador, casi moribundo y sin poder hablar, tan solo dio un visto bueno con su dedo pulgar. Valeria Cortés entró en escena.

—Se acerca el final, queridos espectadores. El final del juego, de una fantasía, del último deseo de un hombre antes de morir. Darío Santamaría. El médico nos recomienda sedarlo, meterle morfina hasta en el culo. Pero él se negó. Lo hemos respetado y lo seguiremos haciendo hasta el último suspiro.

La cámara se enfocó en las dos finalistas mientras Valeria continuaba hablando. Estaban sentadas en una silla, despertando.

—Rocío o Silvia, una, o ninguna. Como podéis apreciar, las hemos sedado. ¿Por qué? Una razón muy sencilla. Las hemos inyectado veneno, concretamente ricina, una dosis letal, en menos de dos horas hará su efecto y ambas morirán. Para poder hacerlo las hemos dormido, para así tenerlas preparadas para la prueba final, llamada “El antídoto”.

La cámara enfocó el decorado de la prueba final. Una sala completamente de blanco, simulando un laboratorio. Gran iluminación, sin sombras, dos sillas, mercenarios armados en las esquinas, una pantalla grande y más de veinte cámaras preparadas con y sin operadores para no perder ni una toma del último juego. En el centro, una mesa con centenares de jeringuillas.

—Parece que van despertando del todo. Un poco de agua y el juego comenzará en breve. Para poder salvarse, tendrán que pincharse las jeringuillas que tienen encima de la mesa, un total de mil. Novecientas noventa y nueve son un placebo, simplemente un suero salino inofensivo, pero la que queda tiene un antivirus, una cura inmediata que salvará a la finalista que se la administre. Tienen algo más de una hora y media para inyectarse las máximas posibles.

Rocío y Silvia estaban exhaustas. Tenían múltiples heridas provocadas por las anteriores pruebas, y eran conscientes de que el juego terminaba ya. Una de las dos moriría. Tal vez las dos.

Némesis volvió a quitarse la máscara.

—La dosis de ricino que les hemos administrado tendrá sus efectos a medida que pase el tiempo. En aproximadamente media hora empezarán a tener náuseas. En unos sesenta minutos vomitarán, en hora y media comenzarán a convulsionar, y en menos de dos horas el paro cardiaco será inevitable. Una entre mil. Un 0,1% de posibilidad por inyección. Podéis inyectaros todas si queréis, podéis competir.

Silvia levantó la mano.

—¿Y si una de las dos nos inyectamos el antídoto?

—Entonces quien se lo inyecte vive, saldrá de aquí libre, sin trampas, supongo que pasará una noche complicada porque la llevarán a prestar declaración ante la Policía, que espera fuera de la nave y que hasta las 22:00h no podrán hacer nada, pero libre…

La cuenta atrás apareció en la pantalla. Una hora y cuarenta minutos.

—Tenéis cien minutos para inyectaros los antídotos. Pasado ese tiempo no podréis continuar, si el antídoto está dentro de una de vosotras, esa persona se salvará, si por el contrario ninguna lo consigue, ambas moriréis. Que el juego comience en tres, dos, uno…

La cuenta atrás se activó. Silvia y Rocío se miraron.

—Comencemos. Cuando entramos aquí lo teníamos todo perdido, al menos nos queda una esperanza.

Rocío asintió. Sentadas, frente a frente, comenzaron a inyectarse las jeringuillas. Silvia estaba acostumbrada a utilizarlas, por lo que le fue algo más sencillo.

A los veinte minutos comenzaron los primeros síntomas, sintiéndose mal del estómago. Silvia llevaba ciento veinte dosis, y Rocío ciento quince.

Valeria entró con su voz fuera de cámara.

—Síntomas de la fase uno. Náuseas. Continúa según lo previsto.

Álex enseñó la pizarra, Val lo comunicó a la audiencia.

—Doscientos cuatro millones de espectadores. Aprovechamos el buen dato de la audiencia para preguntaros, ¿quién se inyectará el antídoto? ¿Rocío, Silvia… o ninguna de las dos? A las 21:15h damos los resultados.

Silvia continuaba inyectándose sin parar. Doscientas cuarenta y seis dosis, Rocío doscientas veintiocho. Los vómitos comenzaron. Las dos finalistas tenían cubos donde desechar las jeringuillas, así como bolsas especiales para vomitar.

Silvia no pudo aguantar a coger la bolsa y vomitó en el suelo.

—Mierda, mierda…

Rocío también vomitó. Los brazos de las dos mujeres estaban repletos de marcas de aguja, cientos de pinchazos que muchos de ellos sangraban.

Los internautas disfrutaban y se asqueaban a partes iguales. Álex mostró los datos de audiencia. Doscientos cuarenta y ocho millones de viewers y más de cuatrocientas millones de reacciones en redes sociales.

Una hora. Entre las dos llevaban más de seiscientas jeringuillas administradas. Rocío se sentía mareada, y miró a Silvia.

—Debemos llevar más del sesenta por ciento.

—Pero las dos seguimos con síntomas. Némesis dijo que el antídoto tenía un efecto inmediato, aún no lo tenemos, de habérnoslo inyectado ya lo sabríamos.

Una hora y cuarto. Silvia llevaba inyectadas cuatrocientas ochenta y cinco jeringuillas. La pantalla se actualizaba. Rocío, cuatrocientas sesenta y ocho.

Némesis apareció en pantalla para dar los datos de la encuesta.

—Con un ochenta y siete por ciento de los votos, desde casa queréis que se salve… ¡Silvia!

La doctora comenzó a convulsionar. Rocío hizo lo propio a los pocos minutos. Ambas estaban en el suelo, temblando. Doscientos sesenta y dos millones de espectadores.

La cuenta atrás seguía, y solo quedaban veinte minutos y doce jeringuillas por inyectarse. Ambas se levantaron con las pocas fuerzas que tenían, al borde del desmayo, y se las fueron inyectando sin parar.

Doce minutos. No quedaban agujas. Todas ellas estaban en el suelo.

—¿Sientes algo?

—No, ¿y tú?

Silvia se echó las manos a la cabeza.

—Tampoco.

Silvia de repente convulsionó de nuevo, cayó al suelo, respirando erráticamente, y tuvo un ataque que hizo que su cuerpo temblase en exceso. Rocío la miró. Las náuseas habían desaparecido, al igual que las convulsiones.

La cámara enfocó a Némesis, ya Valeria Cortés, sin máscara, junto a Darío Santamaría, que ya apenas respiraba. Tenía con él una máquina de pulsaciones que disminuía radicalmente.

—Este fue el último sueño de un gran hombre, Darío Santamaría. Se muere, se apaga, pero lo hace como él deseó hacerlo, sintiendo, disfrutando. El juego de Caronte ha llegado a su fin con, en estos momentos, doscientos ochenta y nueve millones de espectadores. El streaming no ha terminado, sabemos que queréis más, nuestro realizador dejará una multicámara activada, con Darío, con la puerta de entrada, sabemos que muchos de vosotros nos queréis ver esposados, y lo vais a tener. En doce minutos todo el mecanismo de seguridad se desactivará, las puertas se abrirán automáticamente, y la Policía estará preparada para llevarnos al calabozo, somos más de treinta personas quienes hemos hecho posible esta retransmisión, con nuestro benefactor como estrella principal del show.

La cámara enfocó a Rocío.

—Silvia Montero, muerta, solo quedó una jugadora en pie. Rocío Blanco, eres la ganadora de “El juego de Caronte”. Tu premio: vivir.

Rocío se sintió entusiasmada, pero a su vez frustrada.

—¿Y no hay más premio? ¿Todos ganáis un dineral aquí y a nosotros que somos quienes las hemos pasado putas nos vamos de vacío?

—Te podemos pagar, Rocío, estás en tu derecho, pero serías cómplice y saldrías de esta nave detenida. Eres famosa en el mundo entero, te llamarán de concursos en televisión, por el contrario Caronte se reserva el derecho de premiar a la ganadora con cinco millones de euros, con la complicidad que conlleva.

—No, no, así mejor.

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