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Rocío se vino abajo. Demasiada presión, demasiadas acusaciones en solo unos minutos.
—Me costó arrepentirme, pero ahora mismo daría un brazo por volver al pasado y trabajar honradamente.
La pantalla se volvió a fundir en negro. Rocío comía palomitas, con las manos temblorosas, y miró a Javier.
—Te toca…
La pantalla se encendió de nuevo.
Documental 3 – Javier Solís.
Testimonio 1 – Víctima, Ana Prieto (empleada, 2019-2021).
La pantalla mostró a la mujer, con el subtítulo de Ana Prieto, 32 años. Estaba nerviosa.
—Trabajé con Javier durante dos años. Desde el primer día me estuvo acosando. Hacía comentarios sobre mi cuerpo, me hacía tocamientos que él los llamaba accidentales, me mandaba mensajes a medianoche contándome que se estaba tocando pensando en mi escote… Yo necesitaba el trabajo, tengo un hijo, no podía renunciar, y aguanté, hasta que un día me acorraló en su oficina e intentó besarme, forcejeé y grité. Entonces él paró, pero me despidió al día siguiente. Despido por bajo rendimiento, expedientada y sin derecho a un finiquito digno. Denuncié, pero no pasó nada, él tenía buenos abogados, y yo tuve apoyo, una gran abogada, pero no fue suficiente. Javier robó mi seguridad, mi confianza y mi carrera, y nunca pagó por ello.
Testimonio 2 – Víctima, Beatriz Soto (empleada, 2022-2024)
La imagen mostró a la mujer, de treinta y ocho años, en terapia, con su psiquiatra visible al fondo.
—Javier me acosó durante dos años. Al principio eran cumplidos, pero después llegaron los tocamientos, y pasó a las amenazas. Si no cooperas te despido. Yo en aquel entonces tenía deudas y una hipoteca, cooperé porque no podía perder el trabajo, y hoy en día me odio por ello. Desarrollé ansiedad, depresión, y llegué a intentar suicidarme en dos ocasiones. Ahora estoy en terapia, medicada, llevo un año, mientras él siguió su vida como si nada.
Testimonio 3 – Abogada de víctimas.
Claudia González-Urbina, cuarenta y cinco años, abogada. La mujer estaba en su despacho.
—Representé a doce mujeres que denunciaron a Javier Solís. Todas con testimonios conscientes, todas ellas con pruebas, tales como mensajes, testigos o grabaciones. Pero Javier tenía dinero, abogados caros, más bien su empresa, que fue quien los pagó. Hubo mucha presión política, el caso fue un escándalo en Asturias. Todas las denuncias acabaron archivadas o resueltas con acuerdos extrajudiciales, ofrecieron un dinero o ir a juicio sabiendo que lo perderían. Todas aceptaron, pero el dinero no borra los recuerdos. Considero al señor Solís un depredador, calculador, inteligente, y lo peor, impune.
La pantalla se volvió a apagar. Javier pedía perdón sin éxito y sin que nadie dijese nada. Entonces Némesis, Val, apareció en pantalla, ya sin máscara.
—Vieron sus fechorías, sus delitos, y escucharon a víctimas y testigos. Ahora podrán hablar y defenderse, disculparse o justificarse. Diez minutos cada uno. Empezaremos con Silvia.
Valeria Cortés se dirigió hasta el cine, y se colocó delante de la pantalla, frente a los concursantes.
—Vamos con tus alegatos, Silvia, tienes dos minutos.
—Lo que hice no tiene defensa, lo sé, es imperdonable, operé bajo los efectos de las drogas y por mi culpa murieron cuatro personas, dañé a otras ochenta y nueve. Carmen, María, y todos los demás. Merecían un profesional sobrio y competente, y yo no lo fui. ¿Por qué lo hice? Porque era adicta, porque el sistema médico me quebró, guardias de veinticuatro horas, llegué a operar antes de comenzar a drogarme con tres días seguidos sin dormir, sin apenas comer, pero no pude más y necesité ayuda, después no pude parar, y no es una excusa, pero debí renunciar, pedir ayuda, y no lo hice. Si pudiese volver atrás, renunciaría, iría a rehabilitación y salvaría esas vidas, pero ya no puedo, nada de lo que diga va a resucitarles, y solo puedo decir desde el fondo de mi alma que lo siento. Acepto mi castigo, sea cual sea.
Se sentó. Entre el público había debates en las redes sociales, entre quienes simpatizaban con ella y quienes no. Álex narró con micrófono que habían superado los ciento veinte millones de usuarios y más de trescientos millones de seguidores entre todas las plataformas de vídeos y redes sociales. Valeria volvió a plano.
—Turno para Rocío. Dos minutos.
—Yo robé más de 12 millones de euros. 340 víctimas. Julián, Antonio, Laura, Zacarías, Mariano… Recuerdo todos sus nombres, los destruí. Cuando eres una egoísta de mierda no piensas en nada, solo en ti, no crees en la redención a pesar de que cada vez que estafé a alguien le estaba quitando su futuro, y lo hacía igual, ¿por qué? Porque era fácil, porque me gustaba el dinero, el poder, y esa sensación de sentirme más lista que los demás... Pero no era más lista, era más cruel. Julián perdió su dignidad, Antonio se suicidó, y yo gastando dinero en lujos mientras una hija, Laura, lloraba por la muerte de su padre, arruinado, estafado. No tengo excusa. No fui víctima del sistema, fui una egoísta, malvada, y ahora lo veo todo claro, lo entiendo mejor, y ya no me siento esa zorra apática que he sido durante años. Diría mil veces que lo siento, y realmente lo haría de corazón, y pido perdón a todas esas personas a quienes jodí la vida, a esas familias, pero sé que no es suficiente, y si me toca morir porque el destino así lo quiso, adelante, lo habré merecido.
Las redes ardían con Rocío. La gente no la creía, la insultaba, había matado a gente inocente sin necesidad de empuñar un arma, los había arruinado, los había estafado, pero también había quienes la defendían por su alegato, el cual parecía sincero y realmente estaba arrepentida, porque las segundas oportunidades también existían para algo...
—Javier, dos minutos.
—Yo acosé a cuarenta y siete mujeres. Ana, Beatriz y cuarenta y cinco más, y lo asumo, lo reconozco, me acosté con muchas de ellas abusando de mi poder, de mi dinero y de mi posición. Me sentía el puto rey del mambo, ¿por qué? Porque podía, porque ese poder me gustaba, esa sensación de control era fascinante. Ver a una mujer vulnerable y asustada y saber que yo causaba esa sensación era algo enfermo, lo sé, y soy un enfermo. Nadie se suicidó, aunque Beatriz lo intentase dos veces, yo seguí, porque sabía que me saldría con la mía. Abogados, dinero, acuerdos, el sistema me protegió, y yo lo usé, y no tengo excusa, no me justifico, no fui ni soy una víctima, fui el depredador, el macho alfa, y si muero aquí será justicia, tal vez tardía, pero al fin y al cabo, justicia. Pero, lamento tirar mierda contra mis compañeras. Una mató drogada, la otra arruinó a gente para toda la vida.
Silvia le miró. «¿Pero qué dices? ¡Baja esos humos que te estás suicidando!» Pero Javier continuó los diez segundos que le quedaban.
—Causé orgasmos no fingidos de muchas que me denunciaron, siento lo que hice a muchas de ellas, pero otras lo aprovecharon, no violé a ninguna, nadie me dijo que no, toqué culos y tetas y ellas sonreían. Soy culpable, pero no tanto. Ni soy un puto asesino.
Sonó un gong.
—Javier, tu tiempo ha terminado. Álex me está diciendo por el pinganillo que tenemos ahora mismo ciento noventa y siete millones de espectadores a nivel global, y ya han escuchado vuestros alegatos. Ahora deciden ellos, ¿quién mostró menos arrepentimiento? ¿Quién merece morir? Vais a poder votar durante diez minutos. Pasado ese tiempo los guardaespaldas de Caronte ejecutarán al más votado por la audiencia. Os vamos a poner los alegatos nuevamente para que podáis decidir libremente a quién queréis ver morir en riguroso directo.
La pantalla se fundió a negro y realización repitió los alegatos de cada uno de los tres concursantes. Una vez terminaron, Darío apareció en pantalla de nuevo.
—La prueba final será dentro de cinco horas, a las 20:00h. Me estoy muriendo, no sé si llegaré, pero Valeria sabe que quiero estar de cuerpo presente para el final del evento, y si tenéis esa necesidad imperiosa que envuelve el morbo de ver cómo muere este narcisista de mierda, tendréis la oportunidad de hacerlo.
El tiempo terminó. Valeria quedó en plano, con los concursantes detrás, agarrados por los guardaespaldas de Caronte.
—La audiencia ha decidido con más de cuarenta millones de votos, que con un 17% sea finalista… ¡Silvia!
La mujer se levantó de la butaca, tirando besos al aire y agradeciendo la salvación.
—Quedan dos, ¿quién será el segundo finalista? Voy a decir el segundo concursante menos votado, con un 31% de los votos… El concursante a quien habéis notado más arrepentido o arrepentida es… ¡Rocío!
Javier maldijo a todo el mundo, intentó levantarse, pegar al guardaespaldas, pero todo fue en vano, quedó reducido en su sitio. Rocío dio las gracias, asustada.
—Javier Bermúdez Solís, el acosador. El pueblo ha hablado, menos arrepentimiento que tus compañeras, te toca morir…
—Y lo dices así de frío, hija de puta.
—Apuesto a que a mí también me acosarías.
—A ti te violaría por detrás, zorra.
—Una lástima, no vivirás para lograrlo. Por favor —miró al guardaespaldas—, sabes lo que tienes que hacer.
El mercenario se dio la vuelta, poniéndose junto a Javier, mirando a cámara. Un plano general, una escena dantesca. Javier se arrodilló.
—No tienes huev…
Sonó un golpe de disparo que se escuchó desde fuera. Había un retraso de unos diez segundos por lo que apreció Elena. Javier caía bruscamente al suelo. La bala en la nuca había sido mortal instantáneamente. Un primer plano sacó el cubo de palomitas, salpicado. Una mezcla cinematográfica, slasher, muy sociópata por parte del operario de cámara y ejecutada en directo por Marcos Villar, el realizador. Las dos supervivientes, que estaban a unos pasos de Javier, gritaron, lloraron, estaban asustadas. Podían haber sido ellas…
Némesis salió en pantalla, junto al cadáver de Javier, al cual se llevaban hacia una de las cámaras frigoríficas que tenían preparadas para los cuerpos inertes.
—Poned vuestras alarmas, no podéis faltar a la gran final, vais a ver algo apoteósico. ¿Rocío o Silvia? Una de las dos morirá, o tal vez las dos. Esto se acaba. A las 19:50 volvemos.
La pantalla se fundió en negro. Abajo, a la derecha, una cuenta atrás. Cuatro horas y dieciséis minutos. La primera de las pruebas se mostró en pantalla.