El juego de Caronte (Elena Carrasco 2) 14
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13:49h.

El bucle quedó reducido a una pantalla en negro. Finalizaba la cuenta atrás. Caronte salió en un plano general, sentado en su silla de ruedas, con un respirador, y a su lado, Némesis. Ambos se quitaron las máscaras.

—Me habéis conocido como Caronte. Ahora conoceréis a Darío Santamaría. La policía ha localizado nuestra ubicación, pero tranquilos, la retransmisión continuará como os prometimos. He sido uno de los hombres más ricos del mundo. Mi padre, en paz descanse, me legó una empresa de cosméticos a la que saqué partido y la convertí en una de las mayores marcas del mercado a nivel global. Hice mucho dinero con otras tantas empresas en las que fui invirtiendo desde cero. He llegado a tener chalés en primera línea de playa, un avión privado, he tenido amantes, una sola novia, Némesis, Valeria Cortés, Val para los amigos. Enfermé. Un cáncer incurable. Y en lo que muchos catalogarán como una locura, me deshice de mis acciones, vendí mis chalés y contraté a decenas de profesionales para hacer realidad una fantasía, no confundamos con sueños, mis sueños ya los cumplí, porque esto, “El juego de Caronte, señores —tosió y continuó hablando con la mascarilla puesta, aunque apenas se le podía entender—, es una fantasía.

Val continuó.

—Darío se muere. El médico que hemos contratado no cree que pase de esta noche. Él lo calculó todo al milímetro, contrató a matemáticos, a gente del mundo de la televisión, a albañiles y peritos expertos en la materia, pero previamente contactó conmigo. Me quería como su mano derecha, y aquí estoy. Todos saldremos de aquí esta noche esposados, tendremos un juicio dentro de un tiempo, nos declararán culpables por múltiples cargos. Pero para entonces, habremos hecho historia. No os perdáis las dos últimas pruebas, porque queremos hacer historia, y para ello desde ahora aumentamos la publicidad en la red. La emisión más vista de la historia es la final del Mundial de Qatar 2022 entre Argentina y Francia. Mil quinientos millones de espectadores. ¿Estáis dispuestos a superarlo? Porque nosotros sí. Traductores automáticos por IA seguirán nuestras palabras, así que no se preocupen por quienes no nos entiendan, lo harán. Y aquí comienza el sexto juego: “El cine de los condenados”.

La cámara enfocó a la explanada, donde los tres supervivientes, aparentemente con menor fatiga que horas atrás, estaban sentados en una sala de cine con tres butacas de cine rojas, acolchadas, separadas entre ellos por un metro de distancia, una pantalla grande, y en el techo un proyector, detrás de ellos. También una mesa lateral que contenía tres cubos grandes de palomitas recién hechas, con olor a mantequilla, tres refrescos grandes y servilletas. Un mercenario armado se colocó en posición, en una esquina trasera, con una pistola en la mano y una máscara negra.

La iluminación bajó, quedando muy tenue, y las cámaras estaban preparadas a su alrededor, con operarios, pero también cámaras fijas para ángulos múltiples y primeros planos.

—Bienvenidos al cine, supervivientes, disfrutad de las palomitas. Vais a ver una película, sobre vosotros.

Caronte apareció en la pantalla del cine, en un pregrabado. Estaba sentado en una terraza, junto al mar, aún tenía fuerzas.

—Si están viendo esto, significa que llegaron a la prueba seis. Impresionante. Durante meses he preparado esto. Contacté con familiares de sus víctimas. Les pedí que grabasen testimonios. Algunos aceptaron, otros no. Los que aceptaron lo hicieron por justicia, por memoria, pero también por dolor —hizo una breve pausa y continuó—. Verán ahora esos testimonios, después podrán hablar, defenderse, disculparse y justificarse. Y entonces, el pueblo decidirá quién de ustedes muestra menos arrepentimiento, quién merece morir primero.

Darío Santamaría sonrió y les deseó suerte.

—Disfruten de las palomitas, podrían ser las últimas.

Álex enseñó la pizarra. Setenta y cinco millones de viewers.

Comenzó el primero de los documentales: Silvia Montero. La pantalla se encendió de nuevo y hubo un título en negro. “Testimonio uno – Familia de Carmen Ruiz.

La pantalla mostró una fotografía de Carmen Ruiz, una mujer sonriente, de cincuenta y dos años. Después, su marido, Enrique, de sesenta, sentado en el salón, llorando.

—Carmen entró al hospital por una operación de vesícula, rutinaria. Nos dijeron que era segura. La doctora tenía una clínica privada estética pero también trabajaba en la sanidad pública como cirujana, eso al menos nos dijo ella misma, la doctora Montero, que fue quien la operó. Pero algo salió mal. Carmen no despertó más. Hemorragia interna. La doctora misma fue quien nos dio la noticia. Estaba, ebria, drogada, no lo sé, pero tenía las pupilas dilatadas, se reía sola, me pareció una gran falta de respeto hacia un marido y dos hijas que acababan de perder a alguien a quien amaban. Oxicodona. Carmen murió porque la doctora no pudo mantener el pulso firme.

Hizo una pausa, le costaba mantener el tipo, lloraba, pero continuó.

—Teníamos unos planes maravillosos, la jubilación, viajar, tener nietos a los que cuidar, y todo… Todo se fue por aquella doctora adicta.

Silvia, desde la butaca, miraba la pantalla con lágrimas, mientras susurraba unas palabras.

—Lo siento, Enrique, lo siento tanto…

La cámara se fundió en negro y aparecieron más letras: Testimonio 2 – Marta Salinas. Treinta y cinco años, en silla de ruedas. Parálisis de cintura para abajo.

—Entré por una hernia discal, operación de columna. La doctora Montero cortó un nervio por error, y ahora estoy en silla de ruedas, parapléjica de por vida. Tengo dos hijos, no puedo correr con ellos, no podré bailar en su boda. No puedo vivir, no tengo apetito, vivo en constante depresión —hizo una pausa mientras se quitaba las lágrimas de los ojos con las manos—. La doctora se disculpó, dijo que estaba cansada, que había trabajado dieciocho horas seguidas, pero supe la verdad al momento. Estaba drogada, me vi a mí misma antes de casarme, antes de ser madre, la adicción… Y ahora quien paga ese precio estoy siendo yo.

Testimonio 3 – Dr. Ramón Estévez, cirujano en su consulta.

—Trabajé con Silvia durante ocho años. Era brillante, una de las mejores. Pero la presión la quebró. Guardias de veinticuatro horas, días sin dormir entre su clínica y el hospital, casos imposibles, familias exigentes… Empezó a tomar Oxicodona para el dolor de espalda, después, para poder aguantar, y luego porque, simplemente, no podía parar. Yo lo sabía y debí denunciarlo a tiempo, pero no lo hice y ahora cuatro personas están muertas, y ochenta y nueve más viven con daños permanentemente. Parte de esa culpa puede que sea mía y admito mis errores, pero ella era mayorcita para saber lo que era malo, que estaba jugando con la vida de personas que confiaron en ella.

—Ramón, tenías razón… Debiste denunciarme…

La pantalla se apagó y hubo un silencio sepulcral en la sala. Rocío y Javier miraron, incómodos, a Silvia, que se limpiaba las lágrimas mientras comía palomitas.

La pantalla se volvió a encender: Documental 2 – Rocío Blanco.

Testimonio 1 – Víctima: Julián Mora, anciano de setenta y ocho años.

La pantalla mostraba a Julián Mora sentado delante de lo que parecía un salón-cocina.

—Rocío se presentó como asesora financiera. Dijo que podía multiplicar mis ahorros, que eran ochenta mil euros. Toda mi vida. Pensión de cuarenta años trabajados en la fábrica. Se los di y ella desapareció. Lo perdí todo. Ahora malvivo con seiscientos euros al mes, sin poder ayudar a mis nietos. Rocío robó mi dignidad.

Testimonio 2 – Familia de suicida, Laura Méndez (hija de la víctima).

—Mi padre, Antonio Méndez, invirtió 150.000€ con Rocío Blanco. Era su jubilación, su plan para ayudarnos a mi hermano y a mí. Rocío lo estafó y lo perdió todo. Mi padre… No pudo soportarlo. Se ahorcó en el garaje —hizo una breve pausa, la chica estaba a punto de romper a llorar al recordarlo—. Yo lo encontré. Rocío no solo robó el dinero, nos robó a mi padre, a nuestra familia, y nunca pagó por ello.

Testimonio 3 – Investigador policial, inspector Ortega.

La pantalla mostró al hombre, con un subtítulo: Ortega, 50 años, Policía Nacional. Estaba en una Comisaría.

—Rocío Blanco operó durante seis años, 340 víctimas confirmadas. Probablemente más. Usaba identidades falsas, empresas fantasma y cuentas offshore. Era profesional, inteligente y despiadada. Sabía que destruía vidas, pero no le importaba. Llegó a trabajar de interna en casas de familias adineradas, llevó a un notario a que un anciano con Alzheimer le legase su fortuna, sus hijos y nietos se quedaron sin nada, él murió arruinado porque perdió hasta su casa, y no pudieron hacer nada contra ella. Cuando la arrestamos no mostró remordimientos, solo preguntó cuánto tiempo estaría dentro, como si fuese un inconveniente, no una tragedia.

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Elena llamó inmediatamente al comisario.

—Señor, ¿Ortega? ¿Por qué no dijo nada?

—Acabo de descubrirlo ahora mismo, inspectora, iba a llamarla, pero primero quería llamar a Carlos Ortega, que está en otro caso.

—Pensé que había leído los historiales de los rehenes, eso nos dio a entender.

—También el error pudiese haber sido suyo, inspectora, no mostró mucho interés por los concursantes.

—Señor, esta conversación no creo que llegue muy lejos.

—Mandaré a Carlos, al inspector Ortega, lo más rápido posible a Turón,

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