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Comisaría de Policía, Oviedo. 10:02h.
Mauleón se puso de pie, la prueba acababa de comenzar.
—Parece que Darío Santamaría no tiene reparos en dar nombres. Nerea…
—Adrián Ruiz Gracia, en efecto, fue militar, expulsado del ejército por subordinaciones constantes. Un largo historial de antecedentes, todos ellos por violencia extrema, desde un crío al que partió los dientes siendo él portero de una discoteca hasta un altercado una noche de sábado. Casado, tiene dos hijos, según los historiales médicos Enzo Ruiz Martínez, once años, hospitalizado desde hace trece meses en el HUCA, cáncer de sangre, leucemia.
—Ya sabemos por qué entró y aceptó todo cuanto se le hubiese propuesto…
—Yo también lo haría, comisario, si puede salvar a su hijo llevándolo a otro país…
Mauleón miró sorprendido a Nerea, pero no dijo nada más. Elena cortó aquella conversación.
—Comisario, opto por marchar ya a Mieres, sabemos cómo va esto, un asesinato en directo, otro más, este con una porra eléctrica, un tipo violento que sacudirá con toda su alma.
—Esperaremos hasta el final de la prueba. Yo me quedo aquí, no puedo dejar sola mi comisaría. Irán usted, inspectora, Iván y Tomás. Necesito a la informática y a la forense digital aquí en el salón.
***
10:12h.
El Minotauro se había memorizado el laberinto desde hacía horas. El laberinto realmente no era enorme, lo que Némesis había ignorado contarles a los concursantes era que, en los pequeños callejones sin salida había pequeñas trampas, tales como cepos, centenares de clavos o pegamento extrafuerte e inmediato.
Iban a ciegas, apenas podían apreciar el mapa levemente gracias a las luces rojas. Javier entró en un callejón sin salida. Sintió algo en el suelo, se agachó y notó que eran clavos, puntiagudos, como cuchillos de cocina, gritó a sus compañeras.
—Tened cuidado, los callejones sin salida tienen trampas.
Silvia y Rocío se pararon, casi por inercia. Supieron que correr no era una opción, había una hora de tiempo para recorrer treinta metros, rodeadas de trampas y de un psicópata que las podría destrozar con la porra eléctrica.
—Debemos llevar ocho metros, por lo menos.
Rocío asintió. Caminaron, despacio, un pasillo dividido. Esta entró, lentamente, mientras Silvia miraba por otro lado. La doctora encontró una continuación y le gritó a su compañera. Pero la estafadora no podía moverse.
—Creo que estoy pegada al suelo.
Silvia dio marcha atrás y ayudó a su compañera. Apareció Javier, que las escuchó, y también ayudó. Rocío estaba pegada, al menos sus zapatillas. Se las quitó y los tres siguieron la marcha. Javier las pidió parar. Se escuchaban los pasos, muy cercanos. El Minotauro estaba allí. Las mujeres corrieron, Javier se resbaló, cayendo al suelo. De repente, alguien habló.
—Hola, Javier.
El acosador recibió una descarga eléctrica que le produjo un gran dolor que le hizo rozar el desmayo. Pidió auxilio. Rocío y Silvia se miraron.
El Minotauro volvió a intentar golpear a Javier con la porra, pero este se movió y la porra golpeó la pared, se levantó como pudo y se puso a correr.
—Corre, corre…
Silvia y Rocío estaban en el centro del laberinto.
—Silvia, ¿qué hacemos? ¿Le ayudamos?
Silvia consultó el mapa junto a una de las luces rojas.
—Todavía no, esperemos, veamos qué pasa.
—Pero… Si lo mata…
—¿Y si nos necesita?
—Entonces decidiremos.
Javier intentaba correr, pero a cada paso se golpeaba con alguna pared. Escuchó los pasos del Minotauro y gritó.
—¡Silvia, Rocío, ayudadme!
Rocío miró a su compañera.
—Nos necesita…
—Vale, vamos…
Encontraron un par de minutos después a Javier, apenas podían ver pero notaron otra presencia.
—¡Está aquí!
Silvia les miró ayudada por las luces tenues.
—Tengo un plan.
—¿Cuál?
—Yo lo distraigo y vosotros corréis, nos encontramos en el centro.
Álex enseñó la pizarra a Caronte, este en voz en off lo contó al público. Ochenta y siete millones de viewers.
Silvia se preparó fue deliberadamente hacia el Minotauro.
—¿Cuánto te pagan por esto?
—¿Por qué?
—¿Merece la pena?
—Tengo una hija que necesita medicación especial en Estados Unidos, sí, merece la pena.
—Entiendo. Te deseo suerte.
Este la siguió. Silvia ni siquiera corrió. Fue sigilosa hasta el centro, donde se encontró con sus compañeros.
Rocío se sentía cansada. Dormir en el suelo no era descansar.
—¿Y si nos escondemos juntos?
—No funciona, nuestros chalecos brillan, son lo que nos hace ver algo más junto con las luces rojas. Nos vería desde cualquier pasillo cercano.
Javier interrumpió.
—¿Y si le quitamos la porra?
—¿Cómo?
—Emboscada, él es grande, pero somos tres.
—¿Y si nos mata?
Silvia respondió.
—Me acaba de decir que tiene una hija, no querrá morir, podemos negociar…
—O podemos atacarlo.
—Veremos, si se presenta la oportunidad…
El Minotauro les encontró en el pasillo largo. Corrieron. La distancia se acortaba y dieron con un callejón sin salida, había un cepo que, milagrosamente, no llegaron a pisarlo. Rocío y Silvia dejaron solo a Javier. «No te muevas de aquí».
El Minotauro llegó hasta Javier. Le fue a agredir con la porra, pero en aquel momento Rocío y Silvia se abalanzaron contra él. Silvia saltó y empujó al monstruo desde el lado. La porra cayó. Todos fueron a por ella.
El monstruo agarró a Rocío del brazo. Esta gritó de dolor. Silvia cogió la porra, la agarró bien y apuntó hacia su enemigo.
—¡Suéltala! ¡Ya!
El Minotauro se quitó la máscara. Un hombre de unos treinta y cuatro años, barba corta y una cicatriz en la mejilla les miró.
—¿Qué proponéis?
—Que pares, que nos dejes en paz.
—No puedo, tengo órdenes, si no juego, no cobro. Y Némesis quiere espectáculo. Hay dos opciones, capturo y mato a uno de vosotros, o me matáis a mí.
Javier no dudó. Cogió a Adrián descolocado y aprovechó para empujarlo. Su cabeza cayó contra el cepo, que se cerró de golpe y el hombre dejó de respirar. Este miró a sus compañeras.
—Tenemos la porra. Descoloquemos al sistema.
—¡Lo has matado! ¡Tenía una hija!
—Era él o nosotros. Defensa propia. Nadie va a la cárcel por eso.
Silvia quitó hierro al asunto y les pidió que la siguiesen.
—Saldremos los tres a la vez. Con la porra. Negociaremos con la cúpula lo que no pudimos hacer con este hombre.
Faltaban seis minutos para el final de la cuenta atrás cuando llegaron juntos a la salida. Fuera del laberinto esperaban cinco guardaespaldas. Silvia los amenazó con la porra. Por megafonía Némesis tuvo que intervenir.
—Silvia, suelta la porra o los tres tendréis un castigo severo.
—¡No, no la voy a soltar! Colchón para Rocío, comida para los tres, derecho a ducha o se acabó vuestro jueguecito.
Hubo una pausa, bastante larga, en la que Álex miraba cómo las audiencias iban bajando y comenzaban a tener demasiados likes los comentarios de haters.
—Jefa, estamos en cuarenta y seis millones de viewers.
Némesis cogió el micrófono.
—De acuerdo. Suelta la porra. Tendréis una comida gourmet en media hora, la nave desgraciadamente no tiene duchas, pero proporcionaremos un colchón a Rocío, la única de ustedes que no lo tiene.
—Entonces, agua ilimitada para que podamos beber y no deshidratarnos más.
—Hecho.
Silvia bajó la porra y la posó en el suelo. Al momento, los guardaespaldas de Caronte les agarraron y los llevaron por la parte trasera del laberinto hacia sus celdas.
Némesis se despidió de ellos hasta las 13:50h. Hora en la que comenzaría la sexta prueba. La pantalla se fundió en negro y comenzaron a salir en bucle las pruebas, desde la primera, con una cuenta atrás en la parte inferior derecha de dos horas y cincuenta y tres minutos.