El juego de Caronte (Elena Carrasco 2) 9
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El streaming con los mejores momentos del concurso terminó, la pantalla se fundió en negro y apareció una cuenta atrás de treinta segundos.

19:50h

Una sombra apareció en pantalla, de espaldas. Se giró a cámara y una única luz tenue la enfocó. Era Némesis.

—Silvia ganó la última prueba, quedan cuatro más. Un menú completo, descanso en un colchón de calidad, y la ventaja de que el médico del equipo le ha hecho una cura especial por quemaduras graves, y también le ha administrado analgésicos para el dolor. Además, para esta próxima prueba contará con una ventaja extra. Recordemos que Alberto abandonó el concurso sin vida. Solo quedan cuatro participantes y es posible que, si seguimos a este ritmo, el concurso no llegue a mañana por la noche.

Caronte entró en pantalla, pero a oscuras.

—Pues sí, Némesis. Alberto murió, quizá con honor, al menos con algo de dignidad. El pueblo votó quién debía sufrir más a lo largo de esta tarde, y con un 58% de los votos decidió que fuese Rubén por haberse rendido el primero —tosió de nuevo, con sangre que la cámara captó con naturalidad—. Compañera…

—Rubén Casas, el más odiado por el momento. Tu castigo en el cuarto juego constará por quedarte inmovilizado.

Rubén lloraba. Rogaba a la audiencia, pero de poco sirvió.

La cámara siguió con Némesis, que llevaba un mono oscuro, de cuero, algo abierto en el canalillo, mostrando escote.

—La siguiente prueba la hemos llamado “La cámara de presión”. Y mientras nuestros azafatos, los guardaespaldas de Caronte, llevan a los concursantes a sus respectivas cámaras, os voy a explicar las reglas del juego. Está inspirada en accidentes de buceo, en submarinos hundidos y en cámaras hiperbáricas que fallan. Cada cámara es hermética. La presión del aire aumentará progresivamente. Comenzaremos en atmósfera uno. Una presión normal y corriente, pero cada cinco minutos subirá 0.5 atmósferas. La prueba durará una hora, entonces llegaremos a las nueve atmósferas, equivalente a estar a ochenta metros bajo el agua, pero sin equipo de buceo.

Caronte apareció en plano de nuevo. Esta vez se iluminó un foco encima de él. Visiblemente débil, tosiendo y con una mascarilla de oxígeno que se quitaba para hablar. Había empeorado drásticamente a lo largo del día.

—Síntomas… Dolor de oídos, sangrado nasal, dificultad para respirar, pérdida de consciencia embolia… y muerte —hizo una pausa para respirar—. Pero tienen una opción. Cada uno tiene un botón. Si lo pulsan, su presión bajará 0.3 atmósferas. Alivio inmediato, pero —sonrió levemente— esa presión no desaparece, se redistribuye entre las otras tres cámaras. Cada uno recibirá +0.1 atmósferas adicionales.

Némesis volvió a cámara. De fondo se escuchó toser a Caronte, pero Iván Roca fue raudo y puso el micrófono del ideólogo del show en silencio.

—Resumiendo, tu alivio es su castigo. Pueden pulsar cuantas veces quieran, pero cada vez que lo hagan, contará para el final de la prueba. Quien haya pulsado más veces el botón perderá, y el castigo será definitivo. Estrategia, resistencia, egoísmo, solidaridad. Todo importa. Elijan sabiamente.

Caronte volvió a plano. Se quitó la mascarilla y dijo unas palabras finales antes de comenzar el juego.

—Rubén Casas. El pueblo te eligió. Tu castigo: comenzarás como si ya hubieses pulsado tres veces el botón.

Marcos Villar hizo un plano general de la ubicación de la prueba, ya con los concursantes preparados en sus cámaras, sentados en cuatro sillas cuadradas, separados por dos metros entre ellos, entre una subcámara y otra, formando un cuadrado, dentro de una habitación hermética de 6x6x3m de alto, paredes de acero reforzado, como si fuese un submarino, con la puerta sellada bajo un cierre hidráulico. Cada silla contenía un botón rojo grande en el reposabrazos, una pantalla digital frente a cada concursante, indicando como muestra la presión actual, así como cuántas veces pulsará cada uno de ellos, un contador individual de pulsaciones, visible para todos ellos, una cuenta atrás preparada, marcando sesenta minutos, manómetros visibles —agujas que suben = presión aumenta—, y una veintena de cámaras en el interior, con ángulos múltiples fijos y primeros planos.

—Silvia Montero, tu ventaja extra por haber ganado la prueba anterior, durante la mitad de la prueba, treinta minutos, quince minutos sin que la presión suba. Tendrás menos necesidad de pulsar al inicio.

La puerta se cerró herméticamente y la prueba comenzó con una presión inicial de una atmósfera. La sensación inicial fue normal. El primer aumento, a los cinco minutos, subió a 1.5 atmósferas. Comenzaban las primeras presiones leves en los oídos, como cuando un avión despega. Las respiraciones se antojaban más complicadas, con algunas molestias visibles, pero sin dolor… aún.

Diez minutos. La presión subió a 2.0 atmósferas. Comenzaba el dolor moderado en los oídos, y algunos ya trataban de ‘destaparse’ tragando o bostezando aposta. La respiración comenzaba a ser más complicada.

Rubén comenzó a quejarse.

—Esto… Esto empieza a doler…

Nadie pulsó el botón durante los diez primeros minutos. Minuto quince. La presión subió a 2.5 atmósferas. Un dolor más fuerte en los oídos de los participantes, con los primeros sangrados nasales, de Rocío y de Javier, un aire denso que comenzaba a ser más complicado de respirar.

Rocío se limpió la nariz. Rubén, desesperado, pulsó el botón.

—No puedo, no puedo aguantar, lo siento…

Pulsación número cuatro para Rubén. La pantalla se actualizó.

Rubén 2.2 atm, bajando 0.3, Silvia 1.1, su primera subida antes del minuto veinte. Rocío 2.6 atm, y Javier 2.6 atm.

El incendiario sintió un alivio ante el enfado de sus compañeros. Silvia intentó hablarle, decirle que si seguía pulsando alguien moriría, pero nadie pudo escucharla, a excepción del público. Álex mostró la tablilla y había en aquel momento más de sesenta millones de espectadores viendo el streaming.

Veinte minutos. La presión subió 0.5, con redistribuciones. Rubén tenía 2.7 atm, Silvia 1.6, y Rocío y Javier 3.1.

Rocío se excusó con las manos, pidiendo perdón a sus compañeros, y pulsó el botón, bajando su atmósfera en 0.3, pero subiendo la de los demás un 0.1 adicional. Javier se frustró.

—Tengo 3.2, joder, más que cualquiera de los demás.

Veinticinco minutos. 0.5 más de presión. Javier sentía ya un dolor extremo que le impedía respirar. Comenzó a sangrar de los oídos, y su nariz también volvió a bombear sangre. Rubén volvió a pulsar ante los gritos de sus compañeros.

La presión cambió. Rubén 2.9 atm, Rocío 3.3, Silvia 2.3, y Javier 3.8 atm.

Javier no pudo más y pidió perdón a sus compañeros. El dolor empezaba a ser más insoportable. La presión le bajó instantáneamente a 3.5, subiendo un 0.1 la de los demás. No sintió el alivio esperado y sufría más que estos.

Treinta minutos. La presión subió 0.5 atm adicionales. Rubén volvió a pulsar. Javier explotó.

—¡Deja ya de pulsa hijo de puta! ¡Nos estás matando!

Rubén lloraba, pedía perdón, no lograba soportar la presión. Todos sufrían, sangraban, Javier llegó a tener lágrimas rojas en los ojos. Jadeaban por la falta de respiración. Comenzaron los mareos y las náuseas.

Treinta y cinco minutos. 0.5 adicional. Rocío, con 4.5 atm, no pudo más y pidió perdón a sus compañeros, pulsando el botón. El alivio no fue tal, pero sí notó la ligera bajada. Seguidamente, Rubén volvió a pulsar el botón ante el enfado aún mayor de sus compañeros, que le insultaban.

Seis pulsaciones para Rubén, una para Rocío y Javier, y cero para Silvia, que observaba sin decir nada.

Silvia comenzó a tener signos de debilidad en el minuto cuarenta, cuando la presión volvió a subir otro 0.5 atm. Miró el botón y dudó. Caronte, por el altavoz, le habló.

—Silvia, puedes pulsar, no tengas vergüenza…

—No, todavía no…

Cuarenta y cinco minutos. Rubén volvió a pulsar el botón. Sabía que el juego estaba perdido, pero aún podía aliviarse. Tres pulsaciones antes del minuto cincuenta. Su presión bajó a 3.9 atm, aliviándole, mientras sus compañeros estaban al borde del colapso. Silvia tenía una presión de 4.9 atm, Rocío de 5.5 y Javier, 6.0 atm.

Roció pulsó el botón por tercera vez, y Javier, desesperado, hizo lo mismo. Cincuenta minutos. A diez del final de la prueba. Todos tosían, sangraban, Javier vomitó, los mareos eran constantes entre los concursantes.

Rubén miró a sus compañeros. Ya no se compadecía, ya no sentía remordimientos. Volvió a pulsar el botón. Siete veces más las tres de castigo, diez pulsaciones.

Silvia no podía más. Cincuenta y cinco minutos. Entonces pulsó por primera vez el botón.

La presión subió tanto que Javier volvió a vomitar, y Rocío también. Rubén terminó de colapsas, nervioso, y apretó de nuevo el botón. Una vez, otra, y otra. Trece pulsaciones, Rocío tres, y Javier y Silvia una. Faltaba un minuto, cuando Rubén volvió a apretar el botón. Némesis entonces salió en antena.

—Rubén, catorce pulsaciones de botón. El tiempo se está acabando. El incendiario está aliviado, tiene una presión de 3.7 atm, mientras sus compañeros pasan de seis, como es el caso de Rocío, con 6.0 atm, y Silvia, con 6.2. Javier, con 7.3 aguanta como un valiente.

Javier aguantaba como podía, al borde del desmayo, pero con numerosos efectos secundarios. Los gritos hacían entrever que su tímpano había sufrido más de lo esperado. Había vomitado, y los sangrados se habían vueltos constantes, pero el tiempo se terminaba.

—Tres, dos, uno… Prueba terminada. Estos son los resultados finales. Rubén ha excedido todos los límites, el egoísmo puro contra sus compañeros. Rocío ha pulsado tres veces el botón, y Silvia y Javier, una. Desde vuestros teléfonos móviles podréis votar. ¿Qué hacemos con Rubén? Tenéis dos opciones, ejecutarlo en directo, sí, lo que habéis escuchado, ejecutarlo. O por el contrario, dejarlo con un castigo para la siguiente prueba. Los ganadores del cuarto juego han sido Silvia y Javier. Ambos disfrutarán de una merienda completa, y un descanso hasta la siguiente prueba, la quinta, que tendrá lugar mañana a las 10:00h de la mañana.

Pasaron cinco minutos y los resultados aparecieron en pantalla. Caronte, muy débil, los leyó al público.

—Rubén Casas Ferrero. El público tiene mucho que contar, nuestro compañero en redes sociales nos contará qué opina el pueblo.

La sombra de Álex apareció en pantalla, en penumbra y con la voz distorsionada.

—Tenemos comentarios de todo tipo, MarujaAnónima piensa que el juego está llegando demasiado lejos, PericoCentenario dice que Rubén es la persona más egoísta que ha visto en su vida, capaz de haber dejado que Javier muriese sin importarle lo más mínimo, ¿así cómo quiere que lo perdonemos? Muerte. Némesis…

—El pueblo es soberano… Con un 92% de los votos, desde vuestras pantallas habéis votado. ¿Rubén merece salvarse o morir?

Caronte volvió con un primer plano.

—Ese 92% piensa que Rubén –la pantalla se dividió, quedaron pinchados en ella Caronte y el incendiario— merece… ¡Muerte!

La cámara se centró en Rubén.

—Pues que os den bien por el culo, nadie merece morir, pero tendré que decir que lo siento, por egoísta, por el incencio, por todo…

—Rubén, ¿unas últimas palabras?

—Hice lo que pude, pero no fue suficiente. Lo siento.

Los mercenarios entraron. Rubén fue llevado a una sala contigua, donde lo esposaron sentado a una silla. La cámara lo enfocó de frente. Uno de los guardaespaldas del streaming sacó un pequeño maletín metálico. Lo abrió y sacó una jeringuilla con un líquido que inyectó en el cuello del incendiario. La muerte fue rápida, bastante humana. La cabeza de Rubén cedió y en menos de dos minutos estaba muerto. El médico le tomó el pulso, dando el ‘Ok’ al programa.

—Rubén Casas. Muerto. Quedan tres. Como gesto humano, también se les va a dar asistencia médica a los tres supervivientes, analgésicos y curas, y, por esta vez no habrá votación sobre el más odiado, no habrá castigo para la siguiente prueba, la quinta, queda menos para el final. Nosotros nos despedimos, dejaremos toda la noche las pruebas repetidas, y volveremos a conectar con vosotros a las 09:50h de la mañana.

La cámara se fundió a negro para, posteriormente, meter un bucle editado por realización.

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