3
19 de octubre, 22:58h.
Caronte y Némesis salieron en pantalla. Esta contó a cámara que tenían más de seis millones de espectadores únicos entre todas las plataformas de streaming. La mujer comenzó hablando del sistema de recompensas por cada prueba ganada.
—Los espectadores podrán votar sobre la recompensa que el ganador de cada prueba tendrá en su propio beneficio. Podréis votar entre: comida completa, que no podrá repartir, los demás participantes tendrán un café por la mañana, una tortilla francesa al mediodía, y un vaso de leche con tres galletas para cenar. La comida completa tendrá tres platos, típicos asturianos, que para eso estamos aquí. Fabada asturiana, escalopines al cabrales y arroz con leche. Pero puede que no queráis que coman más que el resto y tengan otro tipo de privilegio. Para ello está el poder que tenéis extra desde vuestro móvil u ordenador. Podréis elegir también que tenga hasta el final del concurso, el día 20, pasado mañana, a las 22:00h, un colchón. Son las dos recompensas para los ganadores.
—Pero eso no es todo, también podréis votar entre qué privilegio adicional para la siguiente prueba tendrá el ganador.
—Sí, Caronte, y para ello hay cuatro propuestas. Todo esto se activará en cuanto termine la primera prueba, lamentablemente esta noche no se conocerán los resultados y podréis seguir votando hasta mañana un poco antes de las 12 del mediodía, que será cuando comience la segunda prueba. Los privilegios son: un objeto extra, en función de la prueba, tiempo extra, que determinaremos y tendrá una duración de entre treinta y sesenta segundos adicionales, información previa, tendrá una pista extra sobre la prueba que no sabrán sus compañeros, o una posición ventajosa, eso querrá decir que estará más cerca de la meta.
—Y aún hay más, también habrá votaciones cada cuatro horas, la primera empieza ya.
—¿Quién merece sufrir más? El más votado perderá un privilegio, quedarse sin agua durante cuatro horas, permanecer de pie hasta la siguiente prueba, un hándicap adicional en la prueba, como llevar un peso extra, o tener menos tiempo o estar atado de manos.
—Gracias, Némesis —Caronte tosió fuerte, pero esta vez la cámara no pinchó en otra dirección—. Ya está todo dicho, vamos con la primera prueba.
Némesis bajó por la plataforma y enseñó el plató.
—A la primera prueba la hemos llamado “El laberinto del tiempo”. Las celdas individuales se abrirán, y ojo, concursantes, porque si no estáis atentos, tenéis mucho que perder. Vuestro objetivo es salir del laberinto, y para ellos tenéis dos horas. El primero en salir gana el primer juego. El espacio ocupa gran parte de la planta baja de la estructura que nos acoge, son casi dos mil metros cuadrados divididos con paredes móviles de tres metros de altura. Los ocho entráis juntos, la única salida está marcada con luz verde. Hay más de cincuenta pasillos, sin apenas iluminación y con trampas menores. Hay suelo electrificado en algunas zonas, paredes que se mueven, no os matarán, pero sí os pueden aplastar los dedos, en algunas secciones podéis caer a un pequeño pozo que os cubriría de agua congelada hasta las rodillas, en otras saldrá una niebla artificial que os cegará la vista durante unos segundos, todo esto, decorado con gritos, llantos y susurros que no sabréis si son reales o creados por nuestro sonidista. Como pistas ocultas tendréis marcas en algunas paredes, pero ojo, pueden ser flechas reales, pero también falsas que os lleven a alguna trampa. Podéis colaborar entre vosotros, competir, sabotearos mutuamente, incluso agrediros, pero no os lo recomiendo, perderíais tiempo. Caronte…
—El tiempo comienza ya. Tenéis tres horas para salir del laberinto.
Las celdas individuales se abrieron a la vez. La aventura comenzaba…
Una nueva cuenta atrás se instauró como fija en una de las pantallas de la nave. Cuarenta y ocho horas.
Tiempo atrás…
Darío Santamaría tuvo un desmayo en una fiesta. Se recuperó enseguida y terminó la noche estable, disfrutando. No fue el único, pero sí el primero, el que, sin saberlo, le advertía de algo que no iba a ser bueno. Corría el verano del 2025, y celebraba que una de sus empresas, la más pequeña, salía a bolsa. Pero un par de semanas después sufrió otro desmayo, más severo. Estaba en una de sus casas pasando unos días, y fue su servicio privado, empezando por Marcelo, uno de sus mayordomos, quien llamó al doctor Peralta.
Darío fue hospitalizado en la clínica privada de Alejandro Peralta, a la espera de los resultados de los análisis, en la zona de observación. Posteriormente viajó hasta Oviedo su médico personal, el doctor Fermín Albiol. El diagnóstico, fulminante. Un cáncer de páncreas, incurable, con ramificaciones en la zona renal. Con un poco de suerte duraría un año y medio, aunque ese tipo de enfermedades atacan rápido, y más cuando el paciente es joven. Y Darío tenía entonces cuarenta y un años.
Los primeros días fueron de incertidumbre, de sopesar su vida, sus negocios, de darse una vuelta por su cabeza pensando que pudo haber sido padre, mujeres no le habían faltado, y sin embargo, fue un tema que no le importaba demasiado. Pero cuando alguien sabe que va a morir pronto, el entorno cambia, y las decisiones también.
Hace años conoció a una mujer, se llamaba Valeria, Valeria Cortés. Fue su guardaespaldas durante unos meses, e hicieron una amistad de por vida. Ella acabó en el ejército, y fueron perdiendo el contacto. Pero en uno de aquellos momentos de no saber qué hacer con la corta vida que le quedaba, se puso en contacto con ella. Le ofreció participar en algo épico. Quería dejar su huella en el mundo, un legado insólito. Perfiles diferentes, malas personas. Una oportunidad de redención. Ante millones de espectadores. Sus planos en un principio eran asumibles, pero contenían demasiadas grietas. Val se encargaría de hacerlo realidad, sin límite de dinero, todos cobrarían unas cantidades de ocho ceros, pero con una contra que podría trastocar el plan: ninguno acabaría libre tras ese despliegue televisivo. No había posibilidad de escapar. Cometerían crímenes, de manera indirecta, tal vez en primer grado, pero serían ricos, millonarios, de por vida.
Val comenzó a moverse. Tuvo una entrevista con un tipo muy peculiar que había sido despedido de un canal privado después de cosechar éxitos de audiencia históricos con realities que consistían en encerrar a unos desconocidos en una casa y hacerles pruebas, otros donde una mujer debía escoger entre diez machos dominantes que la querían penetrar a toda costa. No habría marcha atrás. Quien aceptase, debía mentalizarse de todo. Millonario, pero unos años entre rejas. Cada año en prisión, diez millones de euros. Todo estaría firmado ante notario, con un depósito fijo que distribuiría la mujer, que sabía que tendría la peor parte en todo esto, pero que lo asumía y lo aceptaba.
Tudela Veguín, Oviedo. Marzo 2025.
Darío reunió a todos los que Val había reclutado. Expertos en showtime televisivo, porteros de discoteca, peritos y obreros, y su médico personal.
—Os he reunido a todos aquí, en esta nave, la que será la protagonista de todo este circo mediático que estamos preparando. Quiero que todos ustedes trabajen codo con codo con Val. Cuando llegue el momento debemos estar preparados para hacer historia. Me queda algo más de medio año de vida, pero me he encargado personalmente de administrar todo, vender mis acciones, y con toda la suma recalculada, a excepción de mis casas, que serán tasadas y repartidas tras la venta con las partes y porcentajes aceptados que ustedes han firmado, tendrán otro plus. Cada uno de ustedes son imprescindibles. Han tenido tiempo para meditar todo, no quiero que llegado el momento tengamos alguna baja, eso nos debilitaría, por ello, si hay alguien que quiera echarse atrás, no habrá represalias, de hecho, lo comprendería.
El hombre miró a uno de los que él llamaría ‘guardaespaldas’ en el juego. Este parecía tener dudas.
—Sí, Fernando, ¿verdad? ¿Alguna duda?
—No, señor, no tengo dudas. Solo problemas. Me he sumado a esto porque tengo una hija, Sheila, de siete años. Está enferma, pero tiene cura. Es un cáncer de sangre, leucemia, aquí nos prometieron mucho, pero no le dan más de un año de vida y la única solución es llevarla al Texas Children’s, el mejor centro en Estados Unidos para que pueda vivir muchos más años.
—Y supongo que necesitas el dinero antes de tiempo por esa urgencia. Me parece bien. Quien necesite algo por adelantado, que hable con Val.
Fernando lloró. Un tipo duro, grueso, un armario de casi dos metros, posiblemente ciento cincuenta kilos, llorando de esa manera. Darío empatizó mucho con él, en el juego sería el jefe de seguridad, lo tenía claro.
—Y por último. Encontrarán la nave, denlo por hecho. Val la compró hace unas semanas a través de una empresa fantasma, oficialmente la tenemos como ‘proyecto de rehabilitación industrial’, así que evitaremos sospechas, y hemos contratado a un equipo de seguridad más allá de los guardaespaldas que hará imposible que la Policía pueda entrar hasta que la cuenta atrás del final del juego se pare. Pero tampoco podremos salir. Pase lo que pase, seremos rehenes nosotros también.
Madrid, 8 de octubre.
Metástasis avanzada. La muerte acechaba a Darío. Dos semanas de vida, con un poco de suerte. Albiol le miraba con pena, pero él sonreía. Había tenido una vida corta, sí, pero había sido casi plena. No se había casado, pero había tenido muchas amantes. No había sido padre, pero sí apadrinó a muchos niños africanos, que no curaba ese vacío, pero sí lo disimulaba.
Ya sabía que su juego lo haría con una mascarilla, con oxígeno, sin apenas poder ponerse en pie, pero quería disfrutar, quería hacer su propia película, menos ficción, más realidad, quería su propia purga, su puzle, su showtime. Parecía que ya únicamente era eso lo que le importaba en su vida, no morirse sin montar el show. Y lo tenía muy cerca de hacerlo real.