Capítulo 22
A Logan no le sorprendió para nada la llamada de su sobrino y replicó:
—Habla con todo el mundo.
—Eso parece.
—¿Qué te ha contado? —quiso saber Logan.
—Que Lena se ha marchado.
Logan apretó la mandíbula y no le quedó más remedio que confirmarlo:
—Sí.
—Y que tú estás fatal.
—No estoy fatal —se apresuró a negar Logan.
Edward lo observó de arriba abajo y dictó sentencia:
—Tienes barba de varios días, la camisa arrugada y parecen haberte golpeado.
—No me han golpeado.
—Una pena. Quizá habría sido útil.
Logan lo miró molesto y Edward casi sonrió.
—El niño está preocupado —le contó.
—Se le pasará.
—¿A él o a ti? —replicó Edward, mordaz.
No respondió. No podía hacerlo. No tenía ni fuerzas.
Edward recorrió otra vez el salón con la mirada y comentó:
—La ausencia de esa joven se nota mucho.
—Bueno…
—El ático ha vuelto a parecer un museo.
Logan soltó una risa breve.
—No sabía que te hubiera gustado el cambio.
—Yo tampoco.
—La juzgaste desde que la viste.
—Hice mal —reconoció Edward, bajando la mirada.
Aquel reconocimiento lo sorprendió, porque parecía sincero.
Edward se acomodó en el sillón y le contó con la mirada empañada:
—Me recordó a alguien.
—¿A quién?
—A Dora.
Logan esperó un instante y luego repuso:
—No sé quién es.
—Mi madrastra.
—No sabía que tuvieras una.
—Mi madre murió cuando yo era pequeño.
La voz de Edward cambió, perdió parte de su dureza y prosiguió:
—Mi padre se casó de nuevo un tiempo después. Dora era todo lo contrario a él.
—¿En qué sentido?
Edward pareció recordar algo que llevaba muchos años guardado.
—Mi padre era rígido. Estricto. Todo tenía una hora, una norma y una manera correcta de hacerse. Dora era…
Buscó la palabra.
—Una campanilla.
Logan alzó las cejas.
—¿Una campanilla?
—Divertida. Ruidosa. Caótica. Se reía demasiado alto. Cantaba mientras cocinaba y jamás encontraba las llaves.
—No parece el tipo de mujer que habrías elegido para criarte.
—No la elegí.
Edward bajó la mirada hacia sus manos.
—Pero gracias a ella mi mundo no fue gris.
Logan se quedó rígido, porque entendió bien de lo que estaba hablando:
—Mi padre me proporcionó educación, disciplina y todas las oportunidades que el dinero podía comprar. Dora me enseñó a disfrutar de ellas.
Una sonrisa pequeña apareció en su rostro y siguió rememorando:
—Me llevaba a saltar sobre charcos, aunque después mi padre se enfadara por cómo quedaban los zapatos. Me dejaba comer postre antes de la cena. Me enseñó a montar a caballo y a reírme de mí mismo.
—No parece que esa última lección funcionara demasiado.
Edward lo miró, asintió y replicó con ironía:
—Nunca he dicho que fuera un alumno perfecto.
Logan sonrió por primera vez en días.
—La quise como a una madre —continuó Edward—. Y siempre le estaré agradecido por haberme dado una infancia feliz después de perder a la mía.
Miró hacia el pasillo y, con la voz tomada por la emoción, admitió:
—Creo que Lena es la Dora de Leo.
La frase golpeó a Logan en pleno pecho.
No respondió.
No pudo.
Edward mantuvo la mirada y le pidió con una sinceridad que Logan no le había visto nunca:
—No le quites a mi nieto la oportunidad de tener una Dora en su vida.
Logan se pasó una mano por la cara.
—Lena se ha ido porque yo la dejé ir.
—Entonces ve a buscarla.
—No es tan fácil.
—¿De verdad que Logan Cole se arredra ante un reto difícil?
—Mi vida ahora es Leo.
Edward se inclinó hacia delante y habló para que lo entendiera:
—Ya no sois solo dos, Logan.
—¿Qué?
—Sois tres.
El silencio se instaló entre ambos.
—Y vas a hacerlo fatal si sacas a Lena de la ecuación —añadió Edward—. Sin ella es cuando vas a mandarlo todo al garete.
Logan lo miró y Edward se encogió de hombros:
—Aunque ya sabes que yo estaría encantado de quedarme con Leo.
Logan soltó una carcajada inesperada.
—No tiene gracia.
—Un poco sí.
—Aparte de por Fred, al que deseo pronta mejoría: ¿has venido desde Canadá para decirme que recupere a mi novia?
—He venido porque mi nieto está preocupado por ti y porque yo no supe hacer algo parecido cuando todavía podía.
La sonrisa desapareció en los labios de Edward.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Logan, arrugando el ceño.
Edward respiró profundamente.
—Nunca le dije a George que lo quería.
Logan permaneció callado y Edward siguió hablando:
—Ni una sola vez.
—Edward…
—Lo daba por supuesto. Creía que él lo sabía. Pagaba sus estudios, lo ayudaba cuando lo necesitaba, estaba orgulloso de sus logros. Para mí, eso era demostrarlo.
Bajó la mirada.
—Ahora daría toda mi fortuna por poder abrazarlo cinco segundos y decirle: «Te quiero, hijo».
Logan sintió un escalofrío.
—Tú todavía puedes decirlo —continuó Edward—. No desperdicies esa posibilidad por miedo.
—Puede que sea demasiado tarde.
—Solo hay una forma de saberlo.
Se levantó y se dirigió hacia la puerta:
—¿Te vas? ¿No esperas a Leo?
—Será después. Tengo que visitar a mi amigo.
Logan también se puso en pie y Edward añadió algo más antes de marcharse:
—Y tú tienes algo bastante más importante que hacer que ponerte con cosas del trabajo.
Logan lo acompañó hasta la puerta.
—Edward.
El hombre se volvió y Logan le dijo con la mano en el pecho:
—Gracias.
Edward asintió y replicó con una sonrisa mordaz:
—No me obligues a volver mañana.
Logan abrió la puerta.
—Maldita sea.
—¿Qué?
—Que tienes razón.
Edward sonrió.
—Soy el abuelo de Leo. ¿A quién crees que ha salido ese chico tan listo?
Logan ni se lo pensó. Cogió su coche y él mismo condujo hasta casa de Lena.
No había ni un segundo que esperar.
Y si salía mal…
Al menos lo habría intentado, pero todos tenían razón.
Esa casa no podía pasar un día más sin Lena.
Ni él tampoco…
Llegó a su casa, aparcó en un lugar que no parecía muy seguro, pero le dio lo mismo y entró en el portal.
El ascensor del edificio de Adele funcionaba.
Logan se quedó mirándolo durante unos segundos antes de entrar.
Había ordenado reparar aquel aparato durante la reforma, pero nunca lo había utilizado.
Mientras subía hasta el tercer piso, se preguntó qué demonios iba a decir.
Había ensayado varias frases en el coche.
Ninguna parecía suficiente.
Llamó a la puerta.
Adele abrió.
Su expresión cambió apenas lo vio.
No parecía sorprendida.
Tampoco contenta.
—Logan.
—Buenos días.
La mujer se quedó en el umbral y replicó al momento para no hacerle perder tiempo:
—Lena no está.
El corazón le cayó al estómago de solo pensar que se había ido a otro estado o quizá a otro continente:
—¿Dónde está?
—Ha ido a hacer unas fotocopias para la universidad.
Logan respiró. No se había marchado de la ciudad. No sabía por qué había pensado que podía hacerlo.
—¿Puedo esperarla? —le rogó.
Adele lo observó durante varios segundos y solo quiso saber una cosa:
—¿Para qué has venido?
—A hablar con ella.
—Eso no responde a mi pregunta.
Logan sostuvo su mirada y supo que había llegado el momento de decir la verdad:
—He venido a decirle que la quiero.
La expresión de Adele se suavizó ligeramente. Solo ligeramente, pues con las palabras aún no bastaban y le confesó:
—Mi hija lleva una semana sin dormir bien.
Logan bajó la mirada.
—Lo imagino.
—No. No lo imaginas.
La mujer abrió un poco más la puerta, pero todavía no lo dejó pasar.
—Apenas come —confesó con la voz temblorosa—. Llora cuando cree que no la veo. Y sigue preguntando por Leo, aunque sepa que le hace daño.
A Logan la culpa le cerró la garganta y solo pudo farfullar:
—Lo siento.
—Su padre la abandonó cuando era pequeña. Después tuvo que despedirse de amigos, colegios y casas cada vez que nos mudábamos.
Adele mantuvo la voz firme.
—Y ahora ha tenido que despedirse de un niño al que adora y del hombre del que se ha enamorado.
Logan cerró los ojos un instante.
—No quería hacerle daño.
—Casi nadie quiere.
—Lo he hecho.
—Sí.
—Y no volveré a hacerlo.
Adele lo estudió y replicó negando con la cabeza:
—No me prometas cosas a mí.
—No.
—Prométeselas a ella.
Logan asintió.
—Si has venido porque te sientes solo, márchate.
—No.
—Si has venido porque Leo la echa de menos, márchate.
—Tampoco.
—Si has venido porque necesitas que Lena vuelva a poner orden en tu vida…
Logan casi sonrió.
—Ella nunca puso orden.
Adele alzó una ceja.
—Eso es verdad.
—He venido porque la amo.
La mujer guardó silencio. Finalmente, se apartó.
—Pasa.
Logan entró. Y se fijó en que el apartamento estaba muy avanzado.
La cocina era nueva, pero seguía siendo la cocina de Adele. Los muebles se habían restaurado, las paredes tenían un color más luminoso y la ventana del salón cerraba correctamente.
Sobre el escritorio de Lena en el salón había montones de apuntes.
Su chaqueta para cuando refrescaba colgaba del respaldo del sofá.
Ver aquellas cosas le produjo el mismo dolor que volver al dormitorio vacío.
Adele señaló una silla.
—Puedes esperar.
—Gracias.
—No lo agradezcas todavía. Me voy a la cocina.
Logan se sentó.
Pasaron diez minutos.
Después quince.
Cada ruido del pasillo lo hacía levantar la cabeza.
Cuando finalmente oyó abrirse el ascensor, se puso en pie.
Adele también lo oyó.
Entonces, se secó las manos en un trapo, cogió el bolso y le dijo a Logan:
—Necesito comprar algo urgente.
Logan la miró.
—¿Ahora?
—Urgentísimo. Zanahorias. Sin zanahorias el guiso de carne me sale malísimo.
Sonó el timbre y Adele le pidió que abriera la puerta.
Logan lo hizo con el corazón que se le salía por la boca y Lena apareció al otro lado con una carpeta y varias fotocopias entre los brazos.
Se quedó inmóvil, sin poder creerlo. Sus ojos encontraron los de Logan y el mundo se detuvo.
Adele pasó junto a ella.
—Voy a comprar.
Lena ni siquiera la miró.
—¿Qué?
—Luego vuelvo.
La mujer cerró la puerta desde fuera.
Logan y Lena se quedaron solos.
Durante unos segundos ninguno habló.
Ella estaba más pálida.
Tenía el pelo recogido y ojeras bajo los ojos.
Aun así, seguía siendo lo más hermoso que Logan había visto nunca.
—¡Hola! —saludó él.
Lena apretó las fotocopias contra el pecho.
—Hola.
—¿Puedo…?
Miró hacia el salón.
—Ya estás dentro.
—Sí.
Ella dejó la carpeta sobre la mesa.
No se acercó, tan solo le preguntó en un tono de voz cortante:
—¿A qué has venido?
Logan respiró profundamente y todas las frases ensayadas desaparecieron.
—Llevo una semana intentando respirar.
Lena frunció ligeramente el ceño y disimuló como pudo las ganas de llorar que tenía.
—Y no puedo —añadió Logan.
Ella no dijo nada. Él, consciente de que se estaba jugando lo que más le importaba, continuó:
—No duermo. Apenas trabajo. Leo pregunta por ti todos los días y la casa…
Se interrumpió.
—La casa está vacía.
Los ojos de Lena brillaban con fuerza.
—Pero no he venido por la casa.
—¿No? —inquirió ella, alzando una ceja.
—Ni porque Leo te eche de menos. Aunque te echa muchísimo de menos.
Logan avanzó un paso, le clavó la mirada y masculló:
—He venido por mí.
Ella no retrocedió.
Tampoco se acercó. Y dejó que él siguiera hablando…
—Mi madre me ha dicho que no he aprendido a permitirme ser feliz. Edward me ha contado que hubo una mujer que convirtió su infancia en algo bonito después de perder a su madre. Y Leo me ha dicho que soy bastante tonto.
A Lena se le escapó una pequeña risa entre lágrimas. Porque no pudo evitar llorar…
—En eso tiene razón —murmuró ella.
—En todo.
Logan dio otro paso.
—Creía que amarte significaría distraerme de Leo. Que no podía empezar otra vida cuando todavía estaba intentando aprender a cuidar de él.
Negó lentamente con la cabeza y siguió reconociendo:
—Pero tú no me alejaste de Leo. Me acercaste a él.
Lena se llevó una mano a los labios. Y él quiso que también supiera algo que era muy importante:
—Conseguiste que yo volviera a casa. Que aprendiera a parar. Que entendiera que querer a un niño no es contratar a las mejores personas para cuidarlo, sino estar.
Logan sintió que también se le llenaban los ojos de lágrimas y soltó al fin:
—Y convertiste esa casa en un hogar.
—Logan… —musitó ella, retirándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—Déjame terminar.
Ella asintió. Y él confesó, sintiendo que no podía querer más a esa mujer:
—La noche que me dijiste que me querías, yo ya te quería.
Lena cerró los ojos y negó con la cabeza:
—No lo sabía.
—Yo tampoco quería saberlo.
Lena abrió los ojos y admitió, sintiendo un nudo tremendo en el estómago:
—Me hiciste mucho daño.
—Lo hice mal, Lena. Muy mal.
—¿Y? ¿Qué pretendes? Porque no puedes venir ahora y esperar que todo desaparezca.
—No lo espero.
Logan se acercó hasta quedar frente a ella y confesó con una sinceridad que desarmó a Lena:
—Tu madre me ha pedido que no vuelva a hacerte daño.
Las lágrimas volvieron a aflorar a los ojos de Lena y él habló muy emocionado:
—No puedo prometerte que nunca discutiremos. Ni que no meteré la pata. Ni que no intentaré controlar cosas que no me corresponden.
Ella soltó una risa temblorosa.
—Eso sería imposible —susurró ella.
—Pero puedo prometerte que no volveré a huir.
Logan alzó una mano, no la tocó todavía… tan solo esperó y afirmó:
—No estoy aquí porque esté solo. Estoy aquí porque te amo.
Las lágrimas resbalaron finalmente por las mejillas de Lena.
—Te amo, Parker.
La voz se le quebró, pero necesitaba decir algo más:
—Te amo cuando hablas demasiado. Cuando dejas vasos por todas partes. Cuando discutes conmigo delante de mis empleados y cuando consigues que mi sobrino me lleve la contraria con mejores argumentos.
Lena empezó a reír y llorar al mismo tiempo.
—No sabía que había dejado un hueco en tu casa —murmuró Lena.
—Un hueco terrible.
Logan rozó su mejilla y admitió, mirándola con un deseo infinito:
—Y no te cuento en mi cama…
Le limpió una lágrima con el pulgar y, esta vez mirándola con amor, añadió:
—Y en mi corazón.
Ella cerró los ojos contra su mano.
—Cuánto has tardado en venir, Cole.
—Demasiado —reconoció él.
—Muchísimo.
—Joder…
—Eres idiota —le dijo Lena al fin, con una sonrisa de pura felicidad.
—También.
Lena se mordió los labios y soltó con más rabia de la que realmente sentía:
—Te odio un poco.
—Lo merezco.
—Y te quiero demasiado.
Logan dejó de respirar y farfulló con la garganta tensa:
—¿Eso significa…?
Ella no le permitió terminar. Se lanzó contra él.
Logan la abrazó con tanta fuerza que los papeles cayeron al suelo y hundió el rostro en su cuello.
Lena se aferró a su camisa.
—Te amo —dijo—. Te amo tanto.
—Perdóname.
—Te perdono.
—No he terminado de pedirlo.
—Estás tardando demasiado para ser tú —musitó Lena, entre risas.
Logan se rio contra su pelo. La besó, pero no fue un beso de tres segundos. Ni de cuatro. Ni hubo nadie cronometrándolo.
Fue un beso desesperado, lleno de una semana de ausencia, de miedo, de culpa y de todo lo que ninguno de los dos había sabido decir a tiempo.
Cuando se separaron, Lena apoyó la frente contra la suya.
—¿Y ahora?
Logan la miró.
—Ahora vuelves a casa.
Ella sonrió entre lágrimas.
—¿A cuál?
Él le acarició la cara.
—A la nuestra.
Lena volvió a besarlo.
Y, esta vez, Logan supo con absoluta certeza que no pensaba dejarla marchar jamás.