El juego de amarte Capítulo 21
94%

Capítulo 21

Una semana.

Habían pasado siete días desde que Lena se había marchado y Logan seguía despertándose cada mañana con la absurda sensación de que ella continuaba a su lado.

Después abría los ojos.

Y no estaba.

La cama volvía a ser demasiado grande.

El dormitorio, demasiado silencioso.

El vestidor conservaba algunos huecos vacíos entre sus trajes, aunque Lena había vuelto una mañana cuando ellos no estaban y se había llevado casi toda su ropa. En la mesilla aún permanecía uno de sus bolígrafos y, junto a la ventana, había un vaso que Logan no había permitido que nadie retirara.

Era ridículo.

Durante semanas había protestado porque Lena dejaba vasos en cualquier sitio.

Ahora aquel era lo único que no quería que nadie moviera.

La casa también había cambiado. O tal vez no.

Quizá había vuelto a ser lo que siempre fue.

Ordenada.

Impecable.

Silenciosa.

Horrible.

Marta preparaba el desayuno y la cena. El servicio de limpieza mantenía cada habitación perfecta. La señora Wolf cuidaba de Leo durante su horario y se marchaba puntual todas las tardes.

Todo funcionaba.

Y nada estaba bien.

Logan había regresado al trabajo con la intención de enterrarse bajo reuniones, informes y operaciones que no le permitieran pensar.

No había funcionado.

Se quedaba mirando los planos sin comprenderlos. Contestaba de mala manera. Paul había empezado a entrar en su despacho con la prudencia de quien se aproxima a un animal herido.

Incluso había perdido una negociación.

No una importante.

Pero la había perdido.

Y Logan Cole no perdía negociaciones.

Aquella mañana estaba sentado frente a Leo en la mesa de la cocina.

El niño removía los cereales sin comérselos.

Logan llevaba varios minutos mirando una taza de café que ya se había enfriado.

Ninguno hablaba.

La cocina permanecía demasiado limpia. No había tres tipos de yogures abiertos.

Ni una chaqueta de Lena sobre una silla.

Ni apuntes de Derecho ocupando media encimera.

Ni nadie diciéndole que dejara el teléfono boca abajo.

Logan ni siquiera había llevado el teléfono a la mesa.

Ya no hacía falta que Lena se lo recordara.

—Me dijiste que no hablara de Lena.

Logan levantó la vista y Leo seguía mirando el cuenco.

—No dije exactamente eso —aclaró Logan.

—Sí.

—Dije que necesitaba un poco de tiempo.

—Ha pasado una semana —le recordó el niño.

Logan apretó los labios y pensó que para él era como si hubiera pasado un año entero.

—Ya.

Leo dejó la cuchara.

—Tengo que hablar de ella.

—¿De qué quieres hablar?

El niño levantó por fin la cabeza.

—De cuándo vas a ir a buscarla.

Logan sintió una punzada en el pecho.

—Leo…

—¿Cuándo? —insistió Leo con un tono que prácticamente le exigía que fuera de inmediato.

—Es complicado.

—No.

—Hay cosas que todavía no entiendes.

—Siempre dices eso cuando no sabes qué decir —replicó Leo, tras meterse una cuchara de cereales en la boca.

Logan lo miró y Leo cruzó los brazos.

—La echas de menos —murmuró Logan.

—Sí —asintió el niño, triste.

Logan decidió ser sincero también. No tenía sentido mentirle.

—Yo también.

—¡Pues claro!

—Pero no es solo eso.

—¡Por supuesto que no! —El niño miró alrededor y añadió—: Esto es un rollazo sin ella.

Logan casi sonrió. Casi. Y preguntó con un nudo en la garganta:

—¿El ático?

—Todo, tío, todo.

—Ya.

Leo señaló la mesa y le siguió explicando a su tío:

—El desayuno es aburrido. La piscina es aburrida. Tú estás siempre de mal humor. La señora Wolf tampoco se ríe tanto. Marta dice que nadie se come los postres.

—Eso no es culpa de Lena.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque antes los comíamos con ella.

Logan bajó la mirada hacia el café y Leo continuó:

—Tú sabes que estábamos mejor cuando estaba aquí.

—No te lo voy a negar.

—Entonces ve a buscarla —replicó el niño, señalando la puerta.

—No puedo.

—¿Por qué?

Logan no respondió. ¿Cómo podía explicarle a un niño de nueve años que había tenido delante exactamente aquello que llevaba toda la vida sin saber que necesitaba y, en cuanto lo tuvo, se asustó?

¿Cómo podía decirle que Lena le había ofrecido su amor y él había sido incapaz de cogerlo?

—Le hice daño —admitió.

Leo frunció el ceño y replicó, como si la solución fuera obvia:

—Pues pídele perdón.

—Quizá no quiera verme.

—¡Claro que quiere! —saltó Leo.

—No puedes saberlo.

—Sí puedo.

—¿Cómo?

—Porque me quiere.

La respuesta fue inmediata y segura. Después, Leo volvió a coger la cuchara y le aseguró a su tío:

—Y también te quiere a ti, aunque seas bastante tonto.

Logan arqueó una ceja.

—Gracias.

—Es verdad.

—No tienes que ser tan sincero a primera hora.

—Tú me dijiste que no mintiera.

—Ese consejo empieza a volverse contra mí.

Leo volvió a remover los cereales.

—¿La quieres?

La pregunta lo dejó petrificado y solo pudo murmurar:

—Leo…

—Solo tienes que decir sí o no.

Logan miró a su sobrino.

El niño llevaba una semana más callado. Más serio. Había dejado de proponer planes. Ya no preguntaba cuándo volvería Lena porque, después de los primeros dos días, Logan le había pedido que le diera tiempo.

Y Leo se lo había dado.

Hasta aquella mañana.

—Sí —respondió finalmente—. La quiero.

El niño asintió, como si acabara de confirmar algo que sabía desde hacía mucho tiempo.

—Pues ya está.

—No, no está.

—¿Qué falta?

Logan abrió la boca.

No encontró nada.

Leo apartó el cuenco.

—Ve a por ella.

En ese momento apareció la señora Wolf en la cocina.

Llevaba el bolso colgado del hombro y una lista doblada entre las manos.

—Buenos días.

—Buenos días —respondió Logan.

La mujer miró alternativamente a los dos.

No hizo ninguna pregunta.

Como siempre.

—Leo y yo tenemos que comprar algunas cosas para la vuelta al colegio —explicó—. Zapatos, cuadernos y la mochila nueva.

—Mi mochila todavía sirve —protestó el niño.

—Tiene una cremallera rota.

—Solo un poco.

—Y una mancha de pintura que no ha salido.

Leo miró a Logan.

—La del grafiti.

—Ya lo sé.

La señora Wolf recogió el cuenco.

—¿Estás preparado?

—Sí.

Leo se bajó de la silla.

Antes de marcharse, se acercó a Logan y le dijo con una mirada cómplice:

—Piénsalo.

—Eso hago.

El niño negó con la cabeza.

—Ese es el problema.

Logan lo observó salir de la cocina.

La señora Wolf se detuvo junto a la puerta.

—Señor Cole.

—¿Sí?

La niñera parecía debatirse entre hablar o respetar la discreción que la caracterizaba.

Finalmente habló:

—Leo no es el único que la echa de menos.

Logan sostuvo su mirada y solo pudo farfullar:

—¿Usted también?

—Sí. ¿Y quién no?

Eso fue todo.

La mujer se marchó.

Unos segundos después, las puertas del ascensor se cerraron y Logan se quedó solo.

Salió a la terraza.

El calor de finales de agosto empezaba a notarse desde primera hora, pero allí arriba corría una brisa ligera.

Logan avanzó hacia la piscina.

No había bajado demasiado durante aquella semana.

La primera vez que lo hizo, se encontró mirando el agua y esperando que Lena apareciera detrás de él para empujarlo.

No apareció.

El grafiti ocupaba la pared del fondo.

Los planetas.

Las estrellas.

El dinosaurio astronauta.

Saturno, que Logan había terminado bajo la supervisión de Leo.

Y, en uno de los extremos, un pequeño corazón que Lena había dibujado casi al final.

No formaba parte del diseño.

Leo había dicho que se parecía al tatuaje que Lena tenía en la mano.

Ella se había reído y había añadido una pequeña estrella junto a él.

Logan se acercó.

Pasó los dedos por la pintura seca.

Recordó aquella tarde.

La gorra hacia atrás.

La mancha azul en su cara.

La risa de Lena.

El modo en que lo había mirado cuando él le limpió la mejilla.

Recordó sus besos.

Sus manos.

Su cuerpo en la cama.

Su voz diciéndole que lo quería.

Y a sí mismo respondiendo que no podía.

Un nudo brutal le apretó el estómago.

Había sido un cobarde.

Lena le había ofrecido algo real y él se había refugiado detrás de Leo, de su hermana, del duelo y de una supuesta falta de tiempo.

Como si amar a Lena fuera a quitarle algo a su sobrino.

Como si no hubiera visto, durante todo aquel mes, que ocurría exactamente lo contrario.

Con ella, Leo era más feliz.

Él era más feliz.

La casa estaba viva.

El teléfono comenzó a vibrar en su bolsillo.

Logan lo sacó.

Era su madre.

Dejó que sonara. No tenía ganas de hablar. Y la llamada terminó.

O eso creyó, porque volvió a empezar a sonar inmediatamente. Y aceptó la llamada.

—Mamá —respondió al fin.

—Buenos días a ti también.

—Tengo prisa.

—Es sábado.

Logan miró la hora.

Había perdido completamente la noción de los días.

—Tengo trabajo.

—Claro.

—¿Qué quieres?

—Saber cómo estáis.

—Bien.

Su madre guardó silencio.

—Logan.

—¿Qué?

—No sabes mentir.

—Dirijo una empresa. Sé mentir perfectamente.

—A mí no.

Logan volvió a mirar el corazón del mural.

—Leo está bien.

—No te he preguntado únicamente por Leo.

—Yo también estoy bien.

—Otra mentira.

—Mamá…

—¿Sabes algo de Lena?

Apretó el teléfono.

—No.

—¿No la has llamado?

—No.

—¿Y a qué esperas?

—Se fue.

—¡Ya sé que se fue!

—Entonces no entiendo la pregunta.

—Quiero saber cuándo vas a ir a buscarla.

Logan soltó una risa sin humor, porque ya no podía más:

—Parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo esta mañana.

—¿Leo también te lo ha dicho?

—Sí.

—Ese niño es más sensato que tú.

—Gracias.

—Logan, tienes que hacer algo.

—No puedo —zanjó seco, para que terminaran con aquello de una vez.

—¿Por qué?

Él guardó silencio.

Su madre esperó.

No lo presionó.

Y aquello fue peor porque se vio soltando la verdad:

—Porque no estoy preparado —dijo finalmente.

—¿Para amar a alguien?

—Para empezar una relación.

—No es lo mismo —aseguró la madre.

—Ahora mi vida es Leo.

—Leo es parte de tu vida. No toda tu vida.

—Me necesita.

—Claro que te necesita.

La voz de su madre se suavizó para decirle otra verdad de esas que Logan necesitaba escuchar:

—Pero no necesita que te conviertas en un hombre incapaz de ser feliz por él.

Logan cerró los ojos.

—No sabes lo que siento.

—No, hijo. Sé exactamente lo que sientes.

La frase lo hizo abrirlos.

—He perdido a mi hija.

Hubo una pausa.

—Alexia era mi vida. Mi niña. Y no existe un solo día en el que no me despierte deseando que todo hubiera sido una pesadilla.

Logan apoyó una mano sobre el muro.

—Mamá…

—Déjame terminar.

La voz le temblaba, pero no se quebró.

—El dolor no desaparece. No se vuelve pequeño. Aprendes a vivir alrededor de él. Aprendes a levantarte, aunque siga ahí.

Logan bajó la cabeza, pero su madre prosiguió:

—Alexia era luz. Era alegría. Era una mujer que llenaba cualquier habitación en la que entraba. ¿De verdad crees que querría vernos sobreviviendo a medias para demostrar cuánto la queríamos?

Él ni abrió la boca. Su madre continuó por él:

—No querría un hermano sobreviviendo, Logan. Querría un hermano viviendo.

El nudo de su estómago subió hasta la garganta.

—Me parece que eres un hombre que, después de perder a su hermana, ha aprendido a sobrevivir —continuó su madre—, pero todavía no ha aprendido a permitirse volver a ser feliz.

Logan se sentó en el borde de una tumbona, con los ojos vidriosos.

—No sé cómo hacerlo.

—Empieza por dejar de huir.

—Lena debe de odiarme.

—Probablemente está herida.

—Me dijo que me quería y yo no tuve el valor de estar a su altura.

—Entonces díselo.

—¿Qué? —masculló Logan, más perdido que nunca.

—La verdad.

Logan miró el mural.

—El ático sin ella es horrible.

—Lo imagino.

—Está vacío.

—Entonces imagina cómo debe de sentirse ella.

Cerró los ojos y dejó hablar a su corazón:

—Me ha dejado un hueco en todas partes. En la casa. En la cama. En…

No terminó.

Su madre sí.

—En el corazón.

Logan soltó el aire y admitió, haciendo esfuerzos por no romperse:

—Sí.

—Habla con ella desde ahí.

—¿Y si no quiere perdonarme? —inquirió Logan, con una ansiedad tremenda de solo pensar que aquello podría suceder.

—Tendrás que respetarlo.

Aquello era lo único que nadie parecía decirle.

No podía presentarse y asumir que Lena volvería porque él finalmente había comprendido algo que ella ya sabía.

—Pero no dejes pasar otro día sin intentarlo —añadió su madre—. Alexia y George ya no pueden decirnos todas las cosas que se quedaron sin decir. Tú todavía puedes.

Logan tragó saliva.

—¿Crees que Alexia estaría orgullosa de mí?

—Creo que estaría furiosa porque has dejado marchar a Lena.

A pesar de todo, Logan sonrió. Porque su madre tenía razón. Su hermana le habría montado un pollo tremendo.

—Eso también.

—Y después te obligaría a ir a buscarla.

—Sí.

—Pues haz caso a tu hermana.

El timbre del ático sonó.

Logan miró hacia el interior y le dijo a su madre agradecido por la conversación que habían tenido:

—Tengo que dejarte.

—¿Vas a ir?

Él se quedó callado.

—Logan.

—Voy a pensarlo.

—No pienses demasiado.

Colgó.

El timbre volvió a sonar.

Edward Whitmore esperaba al otro lado de la puerta.

Logan lo miró sorprendido.

—¿Qué haces aquí?

—Buenos días a ti también.

—Leo no está.

—Lo sé.

Edward llevaba un traje gris claro, aunque aquella vez no parecía preparado para una reunión. Tenía el rostro más cansado de lo habitual.

—Pensaba verlo esta tarde —explicó—. Fred, mi viejo amigo, se ha puesto enfermo y he venido a visitarlo. He decidido pasar antes por aquí.

Logan se hizo a un lado y le pidió con un gesto de la cabeza:

—Pasa.

Edward entró, miró alrededor y después lo miró a él.

—Tienes un aspecto espantoso, Logan Cole.

—Gracias —murmuró Logan.

—No era un insulto.

—Lo parecía.

—¿Has dormido? —preguntó Edward, entornando la mirada.

—Algo.

—Mientes peor que tu sobrino.

Logan cerró la puerta.

—¿Querías algo?

—Hablar contigo.

—¿De Leo?

—También.

Edward se dirigió al salón y Logan lo siguió.

El hombre se sentó en uno de los sillones y contempló la estancia.

—La casa está distinta.

—Está igual.

—Tú sabes que no.

Logan permaneció de pie. Edward señaló el sofá de enfrente.

—Siéntate. Me pones nervioso.

—No sabía que eso fuera posible.

—A mí también me sorprende.

Logan se sentó, bufó y le preguntó entre dientes:

—¿Qué ocurre?

Edward entrelazó las manos y respondió:

—Leo me ha llamado varias veces esta semana…